Adolfo Couve: el doble regreso de una voz única y radical de la narrativa chilena - La Tercera

2026/08/02

El arte lo era todo para Adolfo Couve Rioseco (1940). Lo más parecido a un llamado divino. Probablemente, se sentía como un barbudo iluminado predicando el evangelio de las cosas bellas. “La renuncia mía hacia el arte es total. No tengo vida personal interesante. Lo único que me apasiona es el camino religioso y me fue dado a través de la belleza. El arte para mí es uno de los tantos caminos para llegar a Dios, camino de conversión, camino hacia la Luz”, comentó en una entrevista de 1980. Renuncié a todo. He invertido todo mi tiempo en mi obra y en realidad no me he preocupado de mí. No tengo un lugar agradable para vivir, estoy yendo de un sitio a otro todo el tiempo".

Pintor de formación, con estudios en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile y becado en las prestigiosas academias l’Ecole des Beaux Arts de París y The Arts Student League en Nueva York, Couve tuvo una primera etapa enfocado en las artes visuales. Sus motivos más bien eran clásicos: paisajes, retratos, naturalezas muertas y figuras humanas. Incluso fue profesor de Historia del Arte y de Estética en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Pero la pintura no le bastó. Tal como Enrique Lihn, cruzó la vereda y decidió incursionar en la literatura.

“Lo hice cuando me di cuenta que el lenguaje nos era ajeno a los hombres, que era una cosa prestada. Pasó mientras leía La tierra baldía, de Elliot. Me sonaba a sagrada. Me dí cuenta que era maravilloso construir paisajes interiores. Vi que dibujaba mejor con la palabra que con el pincel. Me dí cuenta que el verbo, la palabra, era más para mí. Escribí varios libros. Tenía más facilidades innatas para la pintura, pero supe que debía seguir este camino. Es muy peligroso hacer uso del talento natural. El hombre debe escoger lo que más le duela”, agregó en la citada entrevista.

En 1965 debutó con el poemario Alamiro, pero en 1971 elevó la apuesta y decidió dedicarse únicamente a escribir. En 1983 retomó la pintura, pero sin dejar de lado a la literatura. Fue publicando una serie de novelas y vio el éxito con los volúmenes Balneario (1993) y La comedia del arte (1995). Ahí se hizo un nombre dentro de la literatura chilena.

“Yo como pintor he sido bastante flojo, irregular, tengo facilidades, pero no me he dedicado mucho y no me he jugado como me he jugado en La Comedia del Arte. No se puede ser dos cosas, es muy difícil porque son distintas actitudes. La pintura me ayudó a escribir y la literatura me ayudó a pintar. Yo pinto mis carboncillos, mis cosas, las guardo pero no las muestro, están bien hechas, son esenciales, me dan gusto a mí, pero con lo que yo salgo afuera a pelear es con estos libros. Con la pintura me iría bastante mejor, estaría contento y saldría a hacer paisaje”, dijo en charla con Cristián Warnken, en La belleza del pensar.

La comedia del arte significó quemar las naves. Fue el momento en que Couve recibió la atención de los medios y la crítica. Relata la historia de una extravagante pareja formada por Alonso Camondo, un pintor cuarentón venido a menos, y Marieta, su modelo; el triángulo de amor bizarro lo completa un fotógrafo llamado Sandro. En un tono que alterna la comedia y el desasosiego, la novela explora lo decante, los tiempos pasados mejores, pero sobre todo, una mirada sobre el mundo del arte. Esto, en un desvarío libre, torrentoso. La escribió “sin fijarme tanto en la forma”, como dijo al diario La Época, en octubre de 1995. La historia se sitúa en la costera Cartagena, ciudad donde Couve se había radicado.

“Aquí me la jugué el todo por el todo, porque sino habría seguido haciendo las novelas que hacía, rigurosas. Me las jugué y gané; pude haber perdido -dijo a La Época-. La belleza es una mujer mal vestida, que no se lava mucho. Y aquí se me dio toda esa belleza en forma muy plena. Aquí no hay nada lindo ni pasado en limpio, ni que brilla, ni que es prosa poética, ninguna de esas cosas que van contra la belleza. Aquí hay aspereza, dureza, dolor, hay alegría de verdad, búsqueda de la verdad. Hay elementos de conocimiento, que son la verdadera belleza”.

31 años después, La comedia del arte volverá en una nueva edición del Fondo de Cultura Económica con fecha para septiembre. “Es una obra central dentro de su narrativa. También una de sus novelas que en su época más alcance tuvo, a nivel de lectores. Y desde una perspectiva formal, para el propio Couve, como alguna vez lo dijo, fue un quiebre con el estilo escritural que venía practicando. Después de la visita de los paisajes de la infancia, el escritor indaga en los alcances del arte, vuelve, como siempre, a la provincia y escribe una obra que pone en tensión su propia escritura”; comenta a Culto su editor Roberto Santander.

¿Por qué esta novela sigue siendo considerada una de sus obras fundamentales? Santander explica: “Es como si su ya destacada obra anterior fuera una preparación para esta novela, un desembarco donde expone su intimidad y el poder de la ficción para reflejar ciertas verdades. Esta novela utiliza la parodia como solo lo puede hacer un escritor curtido, que maneja la palabra como pocos”.

Santander agrega que la gracia de volver a leer a Couve es que el lector se enfrenta a una escritura que no se parece a nada. “La voz narrativa de Couve es de un estilo único y muy personal. Quizá podría decirse que rescatar a Couve y volver a ponerlo en circulación es la manera que las nuevas generaciones se acerquen a estos escritores considerados marginales dentro del canon, escritores con una obra única y sin similitudes, de gran autenticidad, que es como son los grandes escritores de la narrativa chilena. Voces distintas, que parece que no tienen un símil, que surgen quién sabe de dónde pero que sentencian novelas universales”.

Para Santander, la dimensión de Couve como artista visual de alguna manera se cruza con su narrativa en La comedia del arte. “Dentro de su obra narrativa es complejo de dimensionar, ya que los alcances son múltiples y se ha escrito bastante al respecto, pero dentro de La comedia del arte en específico hay una clara y contundente puesta en tensión sobre el rol del arte, el oficio y la vida. En su obra, las referencias a pintores, cuadros, estilos, es habitual encontrarlas. La pintura, entendida como un oficio, para Couve fue, si lo queremos ver así, un escenario”.

Un pintor sin cabeza

Sin embargo, por mucho que recibiera reconocimiento por La comedia del arte, Couve llevaba la procesión por dentro. Arrastraba una depresión que en 1998 hizo que no volviera a dar clases y a aislarse. Se suicidó el 11 de marzo de 1998 a los 57 años. Poco antes, había dejado listo un manuscrito. Su última novela.

Se llamaba Cuando pienso en mi falta de cabeza, y es una especie de continuación de La comedia del arte. Publicada de manera póstuma en el 2000, acá, nuevamente encontramos a Camondo, a quien los dioses han castigado con la pérdida de su cabeza, así que se lanza a buscarla. Escrita en fragmentos, Camondo se va preguntando sobre el sentido de la vida, aunque tiene un aire de despedida y una visión del mundo del arte bien desilusionada.

“Adolfo Couve revive en el papel”, titulaba la nota de La Tercera del 12 de marzo del 2000. “La precisión de relojero que desplegó el fallecido autor en sus anteriores escritos se fragmenta ahora en un mundo onírico y extremo en Cuando Pienso en Mi Falta de Cabeza”, y daba cuenta de la noticia. “Fragmentadas, oníricas, irreverentes, las letras póstumas de Couve dan cuenta de un espíritu atormentado por un mundo que no tiene acomodo posible. Su principal personaje ha perdido nada menos que la cabeza, como luego la perdería Couve en el acto desesperado de ahorcarse un 11 de marzo de 1998: ‘Era un verano tórrido, setecientos mil turistas colmaban las playas; en lugar de arena había cabezas, ¡cuántas cabezas! ¿Dónde había Marieta dejado la mía de cera? ¿En algún museo o bajo tierra? ¿Han visto mi cabeza?, me daban ganas de gritar en el mercado, la garita de los buses, la terraza, los muelles del puerto; indagar en los prostíbulos: capaz que una cabrona vieja me tuviera en cama, el cuerpo armado con una almohada’... dice en el libro”.

Nota de La Tercera del 12 de marzo del 2000. Biblioteca Nacional Digital.

Hoy, Cuando pienso en mi falta de cabeza ha sido reeditada por Ediciones UDP y ya se encuentra disponible en las librerías nacionales. Sus claves las comenta el editor, Felipe Gana: “Hay un hecho extraliterario que recorre todo la novela, es que es una obra póstuma y final, cuando Adolfo Couve decide ponerle fin a sus días ya había dejado termina y publicable Cuando pienso en mi falta de cabeza, y así se puede entender como una despedida. Muchos ensayos y crónicas comentan esto. Una escritura de esta forma, tan al límite, es una de las claves para leerla. Otra, es su desilusionada visión del mundo del arte, la biografía de Camondo (tanto acá como en La comedia del arte) es un perfecto ejemplo de su perspectiva”.

“La veo como una escritura más enajenada, como dice Felipe Joannon en el prólogo: ‘Suelta todas las amarras, nos enfrentamos a un relato desenfrenado...’, así, cada una de sus partes puede leerse como una novela en sí, y estas atraviesan géneros, según los distintos críticos: gótico, de aventuras, de carretera, etc.es una novela que reflexiona sobre el mundo del arte, la vida del artista y las crisis de los creadores. También sobre las posibilidades y los límites de la escritura y la novela”.

Para Gana, que la novela esté ambientada tanto en Cartagena como en el campo, dice mucho. “La locación de esta novela, entre Cartagena y Cuncumén, me parece espectacular. Los personajes marginados, el circo, las mujeres desesperados, Camondo decapitado recorriendo los caminos rurales entre el mar y la cordillera de la costa y su extraordinario final entregan el escenario alegórico e ideal de una obra y una vida que se cierra con esta novela”.

¿Por qué Couve sigue siendo tan vigente? Responde Felipe Gana: “Esta novela, y también las que escribió sobre su infancia, siguen teniendo una increíble actualidad. En esta, en particular, los géneros, lo temático, la técnica, tiene mucho que ver con lo que se está escribiendo ahora. Esto se refleja en lo caleidoscópico y fragmentario de su escritura; en los espacios marginales y la utilización del circo como escenario y personaje; pero, quizás su rasgo más actual, es el empleo del horror y lo gótico, tan en boga en la novela latinoamericana de hoy”.

Por su lado, Santander agrega: “Creo que en Couve hay una consciencia del rol del escritor, pero desde el oficio, desde el arte de narrar. Y, por sobre todo, del rescate de la ficción y lo que él denominaba los temas universales. Hasta cierto punto diría que en Couve hay una apuesta más por la ficción -que todo cabe ahí-, y de cierto modo eso me parece que opera más como una advertencia a la escritura de hoy que como un diálogo. Me cuesta, pensando a la rápida, encontrar continuadores de la obra de Couve. Tampoco tiene por qué haberlos, pero sí resulta importante leerlo para encontrar vestigios de una escritura que no renegaba de la capacidad de la ficción para recrear otros mundos posibles sin perder la capacidad de confrontar la existencia”.

“Ambas novelas o ambas comedias, si queremos, se pueden articular como un proceso de continuidad, pero también resisten la lectura por sí mismas. La lectura de las dos obras amplía el sentido, sin lugar a dudas, y permite una lectura panorámica. Yo no las consideraría como un anverso y reverso, sino más bien como una panorámica extendida de una historia que tiene alcances insospechados”.