
20 de octubre, 2026 - 05h30
Publicada en 1976, la novela de Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda, cumple cincuenta años. Su autor tenía cincuenta años al momento de publicarla. Y para más simetrías, este año se cumplen cien años de su nacimiento, de manera que la Universidad Central le rindió un homenaje la semana pasada por este centenario con una serie de ponencias que revisaron la obra y la trayectoria de uno de los escritores más importantes de la literatura ecuatoriana del siglo XX. Yo me centré en la novela en cuestión no solo con motivo de su cincuentenario, sino porque es uno de los libros con los que he ido y vuelto entre la fascinación y el desencanto, en una oscilación permanente que me ha permitido entender que se trata de un texto único para comprender ciertas crisis ideológicas y políticas del siglo pasado. Que una novela sirva para una operación de este tipo va en contra de mi propia concepción de la novela, pero la fuerza de su escritura puede desestabilizar ciertos parámetros estéticos. Y cuando señalo esto dejo en claro que no me produce lo mismo que otras novelas marcadamente políticas e instrumentales como Huasipungo, Camaradas o Las cruces sobre el agua. Creo que Entre Marx y una mujer desnuda es superior a ellas y ha permitido la transición a una concepción de novela mucho más solvente y ambiciosa, aunque para lograrlo haya debido consumirse ella misma en esa transición. Quizá ni siquiera se trate de una novela, aunque muchas de las mejores novelas no parece que lo son y rebaten las convenciones sobre el género, sino más bien de un testimonio honesto donde el lenguaje entra como protagonista para desestabilizar, a pesar del mismo autor y su ideología, el terreno de lo que se cuenta.
Para llegar a esto hay que tener presente ciertas consideraciones nada menores. Jorge Enrique Adoum esencialmente fue un poeta. Cuando va a publicar esta primera novela, ya ha realizado un itinerario poético amplio, iniciado en 1949, donde destacan ciclos poéticos como Los cuadernos de la tierra, Relato del extranjero o Informe personal sobre la situación. Su padre era libanés, de creencia maronita, educado en Francia, autor de decenas de libros de temas místicos y esotéricos. Adoum contó con una formación cosmopolita desde muy joven, y no fue menor la condición de extranjería de sus raíces libanesas. Quizá esto lo llevó a ese cuestionamiento por unas raíces escurridizas: ¿cómo aferrarlas?, ¿cómo ganarlas?, ¿cómo evitar perderlas? Estas preguntas son parte importante de los problemas de identidad que marcan nuestro país y que Adoum profundizó en su novela. Hay que tener en cuenta su llegada a este nuevo género a una edad tardía. Todo el bagaje poético iba a incidir de manera notable en una escritura de prosa que respondía a una necesidad vital. Aunque no estuviera afiliado a ningún partido, era un escritor de izquierda que, como sugiere su problemático título, osciló entre Marx y lo que puede representar la figura de una mujer desnuda, tanto en la individualidad como en el sentido estético. Si bien su novela tributa el peaje del amor que es propio del género, va mucho más allá y plasma, con el quiebre del lenguaje, las incertidumbres de un escritor que no se sabe ni de aquí ni de allá, sea físicamente al haber vivido mucho tiempo en el extranjero, sobre todo en París, aunque volvió a Ecuador en sus últimos años y murió en Quito. Pero sus incertidumbres son más amplias, y es aquí donde la novela de Adoum me resulta de una honestidad brutal, a riesgo de su fracaso como novela estricta.
El sentido estético y del lenguaje del poeta Adoum es tan fuerte, que aunque había escrito poesía política y claramente intencionada respecto a la construcción nacional de un país, al entrar a la novela se produce una especie de transubstanciación que parecería querer librarse de esos fardos pesados del compromiso político, no para rechazarlos en bloque, no habría podido, sino para ganar un margen de libertad crítico que enseñe una virtud que los fanatismos no suelen tener: la capacidad autocrítica, el sentido del humor hacia uno mismo, el de alguien que no se toma demasiado en serio, aunque luego recaiga por momentos en la misma radicalidad. Son esos atisbos de humor, donde el lenguaje baila con una libertad al coste de la trama, los que me hacen notable esta novela que podría no ser vista como tal (el mismo Adoum la subtituló “Texto con personajes”), sino como un descargo ideológico y testimonial. Sus planos paralelos, sus digresiones, su arbitrariedad en la trama, se articulan como una supuesta novela en la que se quisiera hacer una biografía de Joaquín Gallegos Lara, biografía que nunca llega o apenas se asoma, porque si bien Adoum admiraba al escritor, no se rindió a un panegírico. Todo este despliegue le da esa condición esencial que tienen las grandes novelas: lo conjetural. Adoum entra a formar parte, dentro de la tradición literaria ecuatoriana, de un espacio donde lo conjetural funda sus novelas más audaces y modernas, que ya se habían dado en esa gran novela mal leída en nuestra tradición, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, o en otras bien leídas y asimiladas como las de Pablo Palacio. Lo conjetural, lo potencial de la novela, que deje de ser el cajón de sastre de la representación, es lo que le da fuerza, una fuerza distinta, se entiende, al papel que cumplió la novela en la época del realismo ecuatoriano.
La promisoria década de 1970 también tuvo casos emblemáticos donde se dinamitó la novela. En 1974, Alfredo Pareja Diezcanseco había dado el mayor giro de los novelistas realistas al publicar La Manticora, y en 1978 aparece otra gran novela, Carta larga sin final de Lupe Rumazo. Las tres son obras de profunda reflexión sobre el arte de la novela. A partir de ese momento la novela ecuatoriana entra en un periodo de madurez que no ha hecho sino continuar con distintas manifestaciones.
Una buena noticia es que la Universidad del Azuay lanzará el próximo mes una edición de aniversario. (O)