Cuando la amnesia cultural reduzca a pocos nombres nuestra memoria literaria, el de Luis Goytisolo, fallecido este domingo, quedará a salvo gracias a Antagonía, una de las cimas de la novela española del siglo pasado. Esta suntuosa tetralogía, cuyo primer volumen, Recuento (1973), hubo de publicarse en México a causa de la censura franquista, fue jalonando con sus sucesivas entregas el proceso social y político de la Transición: Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y por fin Teoría del conocimiento (1981), logrando una síntesis ejemplar entre experimentación técnica, elaboración estilística y narratividad. El conjunto causaba la apabullante impresión de una arquitectura catedralicia, con cuatro naves principales llenas de capillas laterales y horadadas por pasadizos subterráneos, pero ni esa estructura formidable ni el denso simbolismo que la ordenaba suponían un impedimento para el lector, que podía seguir el curso vital, los proyectos y cavilaciones del escritor Raúl Ferrer, protagonista y en no poca medida alter ego del propio novelista. No le fue fácil a Goytisolo desprenderse de la poderosa fuerza gravitatoria del proyecto, puesto que títulos como Estela del fuego que se aleja (1984) e incluso La paradoja del ave migratoria (1987) no dejaron de orbitar en torno a los problemas de la autorrepresentación artística.
Intelectual burgués de izquierdas, como el autor, Ferrer recuenta sus años de formación (y sus contradicciones de clase) en nueve círculos narrativos que se inspiran en la Comedia de Dante y que lo conducen al centro de sí mismo, donde aspira a transformar su experiencia en escritura. Las circunstancias de ese propósito ocupan Los verdes de mayo hasta el mar, donde la cotidianidad conyugal de Raúl (retirado en el pueblo costero de Rosas) se mezcla con sus notas, reflexiones e inseguridades acerca de la novela que pretende escribir. Pero Goytisolo quiso crear un punto de observación externo y dio la palabra, en La cólera de Aquiles, a Matilde Moret, escritora, prima y examante de Ferrer, enredada en sus propias desazones sentimentales y literarias, porque examina críticamente su propia novela El edicto de Milán que había publicado con el seudónimo de Claudio Mendoza (que Goytisolo reciclará). Tras esta desviación que se asemeja a un juego de espejos y máscaras, Teoría del conocimiento regresaba a un Raúl Ferrer que ya ha logrado culminar su novela, que es la que leemos y que tiene mucho de la propia Antagonía: una obra que comprende un recuento testimonial de un tiempo histórico (el franquismo) y de cierta mesocracia intelectual y, por encima de eso, una indagación sobre la aventura y los dispositivos de la creación literaria, que aquí adopta la forma de una escritura (unos diarios) que, pasando de un autor a otro, parece prevalecer sobre la muerte de quienes la han hecho posible.
En Antagonía, pues, se compenetraban la novela social de denuncia a la que Goytisolo había contribuido con Las afueras (1958) con la narrativa más audaz que adoptaba la mágica maleta de trucos y procedimientos del modernismo internacional. Técnicas realistas y experimentales, novela ordinaria y metanovela encontraron un punto de equilibrio en Antagonía, al que contribuyó la apuesta del autor por una prosa sinuosa y ramificada, proustiana por momentos, que introducía en el texto innumerables matices. La trabazón interna del ciclo, además, venía reforzada por una armadura de referencias distinta para cada volumen que aseguraban la unidad y a la vez un sistemas de ecos y refracciones de sentido. De este modo, Goytisolo asignó a las cuatro novelas una imagen icónica, que fue un cuadro de Velázquez (Las Meninas, Las hilanderas, Las lanzas y Esopo en orden de publicación), un elemento natural (tierra, agua, fuego y aire), un punto cardinal (norte, este o naciente, sur y oeste u ocaso), una estación (invierno, primavera, verano, otoño), una edad humana (infancia, juventud, madurez, vejez) y una actividad (relato histórico, escritura literaria, lectura, pensamiento). Puede rastrearse el funcionamiento de esta retícula en cada volumen, pero también puede soslayarse ―quizá es lo mejor― todo este andamiaje durante la lectura. Salta a la vista, en todo caso, el propósito totalizador del autor, que aspiró a encerrar en esta obra gigantesca todo un mundo, todo su mundo, acaso todo el mundo.