Arribes, el Duero más salvaje entre viñedos y cañones que enamoró a Unamuno

2026/10/16

Uno a veces se pregunta si una tierra está hecha de las historias de la gente que vive allí. De sus sueños, de lo que comparten, de lo que han dejado atrás por el camino. Como las que guarda Arribes, una comarca entre las provincias de Salamanca y Zamora, justo pegado a la frontera con Portugal, se esconde un territorio que casi nadie conoce y que vive a su ritmo. Ese modo de vida tranquilo con el que tanto soñamos y que muy pocos se atreven a buscar de verdad. Las Arribes o Los Arribes, según se esté del lado salmantino o del zamorano.

La gente de aquí ha aprendido a convivir con una tierra que no se lo pone fácil, aunque es generosa con quien la cuida. Hay quienes jamás se han movido de su casa; otros se marcharon y, con el tiempo, sintieron la necesidad de volver. Y también están esos que llegaron casi por casualidad, sin saber muy bien por qué, y acabaron quedándose. De toda esa mezcla de historias nacen emprendedores valientes y pequeños negocios artesanales, proyectos que no buscan hacer fortuna, sino vivir con calma, en armonía con el lugar y con uno mismo.

No buscan hacer fortuna, sino vivir con calma, en armonía con el lugar y con uno mismo

“Es uno de los paisajes más bellos, más abruptos y más impresionantes de España”. Así lo describía Unamuno en Por tierras de Portugal y de España. Y la verdad es que cuesta encontrar una descripción mejor. El Duero transita, a lo largo de casi 100 km, entre paredes rocosas que, en algunos puntos, alcanzan los 200 metros de altura, y profundos cañones cuyas laderas se llenan de vegetación mediterránea: encinas, enebros, almendros, olivos y viñedos. Una vista sorprendente que contrasta con el resto del territorio.

La Ruta del vino DO Arribes se convierte en un viaje por el territorio a través de los relatos de sus vecinos, que cuentan que no solo se trata de un territorio, sino que es también una forma de vida. Además, permite descubrir pueblos encantadores, experimentar la vida tranquila y, sobre todo, conocer las historias de quienes viven aquí.

David y Susana ofrecen visitas guiadas por el Duero con un barco cero emisiones en la estación EBI de Miranda do Douro

David y Susana ofrecen visitas guiadas por el Duero con un barco cero emisiones en la estación EBI de Miranda do DouroL.Bernaus

Como David y Susana, una pareja divertida y comprometida que está al frente de un proyecto medioambiental en el que utilizan buques hidrográficos de cero emisiones para realizar cruceros por el río Duero. Los visitantes disfrutan de un recorrido único, tranquilo y respetuoso con el entorno, mientras que la venta de los billetes genera unos ingresos fundamentales para contribuir a la conservación del medio ambiente y al mantenimiento de la estación EBI de Miranda do Douro. El recorrido, además, es instructivo y está acompañado por un guía que ayuda a descubrir la zona protegida y sus pequeños tesoros. En silencio, se observa la fauna y la flora de este rincón tan especial. Y, para terminar la experiencia con buen sabor de boca, un autoservicio permite degustar los vinos generosos de Oporto.

A partir de esta pequeña introducción, ya podemos adentrarnos de lleno en el mundo del vino y en la gastronomía que acompaña esta ruta por tres localidades distintas: Fermoselle, Fornillos de Fermoselle y San Felices de los Gallegos. Y, como hay que dormir en algún sitio, ahí es donde entra La Alquería, en Mámoles, un alojamiento con mucho encanto y, sobre todo, con mucha historia detrás. Esta antigua posada rural, levantada con gruesos muros de piedra, fue hace unos 200 años un bar frecuentado por contrabandistas. Y la verdad es que el edificio ha sabido conservar buena parte de ese carácter: hoy cuenta con cinco habitaciones de diferentes tamaños para albergar a familias enteras. 

La Alquería, en Mámoles, un alojamiento con mucho encanto

La Alquería, en Mámoles, un alojamiento con mucho encantoL.Bernaus

Detrás de todo esto están José Antonio y Lole, un matrimonio que un día se marchó a estudiar y a trabajar fuera, pero que acabó volviendo al lugar del que había salido. Y ya llevan 30 años al frente de la casa. Reciben a sus huéspedes como si fueran de la familia, sin más, sin grandes lujos. El comedor de la casa es, en realidad, el comedor de todos: aquí se sirven los desayunos y las cenas. Y qué desayunos: ¡deliciosos! Buena parte de lo que llega a la mesa procede de productos locales y de la propia casa. Tienen huerto, gallinas y hasta burros zamoranos.

Una vez en camino, hay que parar en El Hato y el Garabato, un nombre que proviene de una de las expresiones que Sancho Panza pronuncia en Don Quijote de la Mancha. Equivaldría a dar todo lo que uno tiene, y esa era precisamente la situación de quienes fundaron la bodega: cuando empezaron, no tenían mucho y lo dieron todo. Se trata de una pequeña bodega fundada en 2015 por José Manuel y Liliana, ambos ingenieros de montes. Son dos aventureros, apasionados del vino y emprendedores hasta la médula que, después de haber vivido en lugares como Australia, Portugal o California, decidieron volver a Formariz para recuperar el viñedo familiar de José Manuel. 

José Manuel y Liliana gestionan la bodega El Hato y el Garabato

José Manuel y Liliana gestionan la bodega El Hato y el GarabatoRuta vino Arribes

En total, son 12 hectáreas de viñedo muy viejo, con variedades autóctonas como Juan García, Bruñal, Bastardo, Doña Blanca y Puesta en Cruz, entre otras. Trabajan sin intervención, con agricultura ecológica y en vaso, y los viñedos están repartidos en 30 parcelas distintas. El minifundio los protege de las plagas, cuentan ellos mismos. Liliana, por cierto, es la vicepresidenta del Consejo Regulador de la DO Arribes del Duero, y se le nota, y mucho, por el entusiasmo que pone cuando habla de los viñedos, de Arribes y de esta ruta.

Tras disfrutar de sus vinos, el camino continúa hacia Fermoselle, conocido como el pueblo de las 1.000 bodegas. Y es que el subsuelo de este lugar esconde algo realmente especial: un entramado de galerías excavadas en la roca que antes conectaban las bodegas donde se elaboraba —y todavía se elabora— el vino. Sus arcos romanos están protegidos y no se pueden tocar ni modificar. 

Un ajibe de la época medieval en la Bodega Bruneo

Un ajibe de la época medieval en la Bodega BruneoL.Bernaus

Bodega Bruneo es una de esas bodegas. Es pequeña, con una producción bastante limitada, de unas 4.000 botellas anuales. Comenzó su andadura en 2016, cuando sus dueños, que son de Madrid, decidieron buscar un rincón donde poder dedicarse a lo que realmente les apasiona: hacer vino. Trabajan con tres variedades: Bruñal y Juan García, las tintas, y Malvasía castellana, la blanca. Las recogen a mano para crear caldos monovarietales. Además, se puede bajar a las cavas y descubrir cómo son por dentro. Es interesante ver cómo aún se conservan los aljibes de siete escalones. Estos no solo servían para acumular agua, sino que también eran el lugar donde los judíos que no se convirtieron al catolicismo realizaban en secreto su rito de purificación.

Otra bodega interesante es Frontio, la de Chus, aunque en realidad se llama Thyge. Pero es que no hay otra forma de pronunciar su nombre, así que todo el mundo lo conoce como Chus. Es un danés con aires de vikingo que, harto de una vida monótona, lo vendió todo y llegó a Arribes en 2016 con la idea de «trabajar por la mañana, dormir la siesta y jugar a las cartas» (aunque nunca ha jugado a las cartas, la verdad). Al principio estaba solo y compró sus primeros viñedos sin tener ni idea de nada. Menos mal que tuvo la ayuda de José Manuel y Liliana para poder elaborar vino. Ya en 2018 compró una antigua destilería que ahora es su bodega.

Thyge crea vinos divertidos en la bodega Frontio

Thyge crea vinos divertidos en la bodega FrontioL.Bernaus

Volvió a Dinamarca y conquistó a su mujer diciéndole que era bodeguero. Ahora tiene un hijo y está totalmente integrado en el pueblo. Es muy gracioso oírle hablar, con ese acento tan suyo, y todos conocen su empeño en hacer vino, así que lo ayudan como pueden. Es, sencillamente, un cachondo. Por eso, sus vinos se llaman Follaco, Uno más, Bébeme o Bingo. Además, elabora vinos ecológicos con la menor intervención posible, a partir de uvas autóctonas.

Para comer, el Restaurante España, un negocio al frente del cual está Mar, simpática, cercana y muy habladora, es ideal. Tienen huerto propio, vino propio y aceite propio. Ella se crio con sus abuelos, que tenían la primera fonda con bar del pueblo, donde daban de comer a los trabajadores de la presa. Cocina tradicional, como la hacía su abuela. Empezó ayudando a sus padres y ya lleva 16 años sola al frente del negocio, bueno, con su familia. Podría haberse marchado; de hecho, se fue a estudiar fuera, pero prefirió volver porque el pueblo le gustaba demasiado. Ha hecho cientos de cursos para seguir formándose y, en su carta, mantiene recetas tradicionales de cuchara con algún toque vanguardista. Nos recomienda las carrilleras de ternera con base de boniato y peras con chile, y también las verdinas. Es increíble su fuerza, sus ganas y, sobre todo, su imaginación a la hora de armar la carta con productos que le traen sus propios vecinos.

Mar frente a los fogones del Restaurante España

Mar frente a los fogones del Restaurante EspañaL.Bernaus

También está el mesón Las Tres Chimeneas, especializado en brasa y leña. Es perfecto para comer, con un menú muy amplio y delicioso: mollejas de ternera, callos, morros… Y siempre está abierto para cuando a uno le entra el hambre.

A continuación, llegamos a Fornillos de Fermoselle. Dos historias más que añadir a la ruta. La primera es la de la Mermeladería Oh Saúco. Nada más entrar, se nota ese olor a canela y mandarinas que lo impregna todo. Nos recibe Teresa, zamorana de nacimiento, que volvió al pueblo de sus abuelos desde Cataluña. Allí era logopeda, pero la verdad es que las estaciones del año se le pasaban demasiado rápido, sin más, y un día lo dejó todo para vivir un sueño. Han pasado ya 26 años desde entonces y lleva 22 haciendo mermeladas de forma completamente artesanal, ella sola, sin ayuda de nadie. «No hay dos iguales», nos dice, porque las elabora según los productos de temporada y según le parece, dependiendo del día. Y todas, absolutamente todas, están deliciosas.

Teresa cocina sus recetas en la Mermeladería Oh Saúco.

Teresa cocina sus recetas en la Mermeladería Oh Saúco.L.Bernaus

De su abuela recuerda precisamente las conservas. Ahora da cursos de mermeladas, confituras y cocina vegetariana. Además, es yogui y, hace ya 33 años, tuvo que ponerse a investigar por su cuenta para encontrar una dieta equilibrada, cuando de estas cosas casi nadie hablaba. También imparte muchos talleres por los pueblos de la zona. «Me encanta compartir recetas con la gente», cuenta. Su hija, por cierto, da clases de yoga en el primer piso de la tienda. Y es que Teresa también se formó en hatha yoga en la escuela Sivananda de Madrid y, desde 2010, imparte clases por los pueblos de alrededor. También organizan retiros para grupos. Se nota que esto le gusta, y mucho, y su motivación se transmite a quien tiene delante.

La otra historia es la de la Quesería La Setera. Una irlandesa, Sara, y un leonés, Francisco, ambos biólogos, decidieron que este era un buen sitio para instalarse después de varias acampadas para observar aves por la zona. Tenían muchas ganas de crear algo, un medio de vida sostenible en el medio rural, algo que fuera suyo de verdad. Llegaron en 1993 y abrieron la quesería un año después, en 1994. Vieron la oportunidad de comprar leche de cabra para hacer quesos como los que elaboraban en casa, aunque por entonces el concepto de quesería artesana ni siquiera se llevaba. 

Sara junto a sus quesos que marida con vino propio

Sara junto a sus quesos que marida con vino propioL.Bernaus

Son autodidactas, la verdad, y sus quesos se elaboran con una curación que va de las dos semanas a los tres meses, según la variedad. Solo tienen cuatro tipos: de rulo, de pirámide, de pasta prensada y azul. Este último es espectacular y, además, desaparece rápido en cuanto sale a la venta. Hay que conservarlos en la nevera y sacarlos una hora antes de comer para que alcancen la temperatura adecuada.

Y, como si todo esto fuera poco, también elaboran vino. Al principio lo hacían solo para consumo propio, para tener en casa, pero poco a poco la gente empezó a pedirles alguna botella y, sin buscarlo mucho, se fueron animando a venderlo también. Sara combina los quesos con la mermelada de Teresa y con sus vinos de forma espectacular.

La gente de aquí ha aprendido a convivir con una tierra que no se lo pone fácil, aunque es generosa con quien la cuida

La tercera parada nos lleva a San Felices de los Gallegos, conjunto histórico-artístico, donde Dani Cangas ofrece sus servicios como guía. Dice, y lo dice con convicción, que este pueblo es único. Empieza explicando que aquí hubo un castro vetón, que luego pasó una vía romana, y cuenta que el pueblo iba y venía entre manos portuguesas y españolas porque era lugar de paso y tenía cierta importancia estratégica. Enseña el castillo, la iglesia y el museo del aceite El Lagar del Mudo, pero, sobre todo, recomienda pasear por el pueblo sin prisa, porque siempre hay algo que descubrir en cada esquina. Habla mucho, la verdad, y lo cuenta todo de una forma tan entretenida que el tiempo se pasa volando.

Pero hay que seguir hasta la almazara Ahíga de los Aceiteros. Allí, Loli tiene el discurso muy estudiado y explica que la cooperativa, creada en 2004, elabora aceite ecológico propio y también para otros productores. Es una sociedad de transformación que nació con la idea de elaborar un producto de alta calidad, que se diferenciara del resto desde el principio. Buscan la mínima acidez posible y el suyo es de 0,1, así que estamos hablando de un producto de gran calidad.

Loli proviene de una familia de olivareros, muy orgullosa de su almazara

Loli proviene de una familia de olivareros, muy orgullosa de su almazaraL.Bernaus

“Tengo olivares milenarios y varias veces centenarios, y recojo la tradición olivarera y aceitera de mi familia. Al final, estoy dando valor al legado que he recibido”, cuenta. Se trata, además, de un proyecto con alma, porque su familia siempre ha tenido un arraigo muy fuerte a la tierra y al olivar. Ella se marchó a estudiar Administración de Empresas, pero nunca llegó a desvincularse del todo. Volvió con su marido y ahora se alegra de “ser una mujer rural del siglo XXI”. Es un trabajo que va de valores, de la historia que hay detrás de cada gesto. Y es importante también su labor de divulgación, no solo de su aceite, sino de todo el territorio.

Y después de tanto ir y venir, nada mejor que una comida en Mesa del Conde, otro negocio que nace de la ilusión de tres socias: Milagros, Clara y Nati, que eran trabajadoras sociales. Al terminar la carrera, se plantearon qué hacer con sus vidas y acabaron en el pueblo porque el Ayuntamiento las ayudó bastante. Lo que antes era la casa del médico y la consulta se convirtió, gracias a una concesión, en un hotel rural de seis habitaciones, además de restaurante. Y así llevan ya los últimos 26 años. Nos cuentan que ha habido altibajos: inversiones, la pandemia, hipotecas… 

En Mesa del Conde siempre usan productos de la zona para crear su carta que cambia con la temporada

En Mesa del Conde siempre usan productos de la zona para crear su carta que cambia con la temporadaL.Bernaus

Al principio no había nada, y darse a conocer ha sido posible, sobre todo, gracias al boca a boca. Esperan jubilarse ahí mismo, en Mesa del Conde. El nombre, por cierto, viene de un mirador que se llama así y fue el único que les gustó a las tres por igual. La carta va cambiando con el tiempo, pero siempre usan productos de la zona: carne de ternera morucha que cría el marido de Nati, quesos artesanos, vino y aceite de Arribes.

Como guinda final, el restaurante Tal Vez, en Hinojosa del Duero (el nombre viene de un mulo del abuelo del chef, por su energía), con tan solo dos años de vida. Lo abrió una joven pareja formada por Gonzalo, en los fogones, y Alicia, en la sala. Se conocieron estudiando hostelería en la fonda Veracruz y decidieron emprender su propio negocio. Como Gonzalo es de Hinojosa, apostaron por la calidad de vida y por un entorno realmente espectacular. 

Gonzaloy Alicia han llevado la alta gastronomía a Arribes

Gonzaloy Alicia han llevado la alta gastronomía a Arribes

Y lo cierto es que lo han conseguido: llevar la excelencia gastronómica a un pueblo de apenas 500 habitantes no es tarea fácil. Él habla de cocina tradicional, pero con un toque innovador. Los guisos de cuchara son su herencia, la que trae de casa, pero les da su toque personal, siempre con producto de temporada y de kilómetro cero. Al entrar, lo primero que recibe al comensal es una gran bodega con vinos de todo tipo, aunque, sobre todo, como no podía ser de otra manera, de Arribes. Y, como recomendación, la verdad es que no hay que dejar pasar la tarta de queso y el flan de huevo.

Raza Sayaguesa

Una raza vacuna, con la particularidad  de ser genéticamente el que más se asemeja al uro salvaje, una raza extinta que se cría para proporcionar una carne de una calidad extraordinaria, comparable a la famosa carne de Kobe.

Lidia Bernaus Jové

Redactora en el 'Magazine', especializada en viajes y estilo de vida