Así se construye un vino de 93 puntos parker: la vendimia Cantariña triunfa entre viñas centenarias en El Bierzo

2026/08/30

A las seis de la mañana ya suena el despertador en Villafranca del Bierzo. Consuelo Ysart desayuna rápido antes de salir hacia la viña, donde tiene que estar a las siete para organizar a la cuadrilla y decidir qué uvas se recogerán ese día.

Es mediados de agosto y en Cantariña llevan ya más de una semana de vendimia, una vendimia que este año ha comenzado antes que nunca, obligada en buena medida por las altas temperaturas.

La recogida aquí no se parece demasiado a la imagen de grandes cuadrillas avanzando a toda velocidad por una extensión de viñedo. Las uvas de Cantariña se vendimian a mano, en cajas pequeñas y con una selección prácticamente cepa a cepa.

93 puntos Parker y un legado familiar de 300 años: la historia de Cantariña

Cristina Villarino

En las jornadas de vendimia siempre hay uno de los tres hermanos que participan activamente en Cantariña en la viña que se está trabajando, junto a un equipo de entre ocho y quince vendimiadores.

Consuelo Ysart es quien está hoy al frente de la cuadrilla. Antes de empezar, explica a los trabajadores qué racimos buscan: solo los que estén en buenas condiciones, sin hojas y en el punto adecuado para cada elaboración.

Consuelo vendimiando.

Consuelo vendimiando.

Cristina Villarino

Después comienza una jornada en la que el ritmo lo marca la propia viña y, este año especialmente, el calor. Hacen más descansos de lo habitual y procuran terminar entre la una y las dos de la tarde, cuando el sol ya empieza a dificultar el trabajo. "Los vinos son especiales, entonces la vendimia es muy cuidada", explica Consuelo.

Santiago, Federico y ella son los tres hermanos que participan de forma directa en el día a día de Cantariña, aunque el proyecto nació de la decisión de los cinco hermanos Ysart Álvarez de Toledo de recuperar las viñas familiares.

Un vendimiador con un racimo.

Un vendimiador con un racimo.

Cristina Villarino

La mayoría de las cepas de Cantariña pertenecieron a sus antepasados y las volvieron a trabajar directamente en 2015, después de un periodo en el que parte de las tierras había sido alquilada a otras bodegas.

La historia de Cantariña empieza mucho antes de que existiera la propia bodega. La familia lleva generaciones vinculada al viñedo berciano y conserva incluso fotografías de sus tierras de 1903. "Nuestra familia ha tenido viñas de siempre, desde antes de la filoxera", cuenta Consuelo. Su abuelo amplió parte de aquellas propiedades y, décadas después, fueron los cinco hermanos quienes decidieron recuperar ese patrimonio y volver a elaborar vino con sus uvas.

Foto de cuando plantaron Valdeobispo.

Foto de cuando plantaron Valdeobispo.

Cedida

Al principio recuperaron una pequeña parte de las viñas y, a medida que el proyecto fue creciendo, incorporaron nuevas parcelas y elaboraciones. Hoy Cantariña cuida unas 13 hectáreas repartidas entre varios parajes de Villafranca del Bierzo y su nuevo proyecto en A Freita, en Corullón. Entre las viñas familiares están El Cotelo, Valdeobispo y Viña de Los Pinos, en Las Gundiñas, en Valtuille, una de las parcelas más reconocibles del paisaje berciano.

Esta última se encuentra junto al Camino de la Virgen, un tramo del Camino de Santiago que conecta Villafranca con Valtuille de Arriba y que, al llegar al pueblo, se convierte en la calle Cantariña.

La Viña de los Pinos, Paraje de Las Gundiñas.

La Viña de los Pinos, Paraje de Las Gundiñas.

Cristina Villarino

"Cantariña significa cigarra", explica Consuelo. A su hermano Federico se le ocurrió el nombre y a los demás les gustó la idea de la cigarra como ese "bichito feliz que canta y se dedica a disfrutar". No es casualidad que acabara bautizando un proyecto cuya filosofía tiene mucho que ver precisamente con eso: disfrutar de la tierra, del vino y del tiempo compartido alrededor de una botella.

Buena parte del viñedo de Cantariña está formado por cepas viejas, algunas centenarias, pequeñas parcelas cuyo valor está precisamente en todo aquello que las diferencia de las grandes explotaciones. "Las plantas viejas son unos tesoros que nos podrían contar muchísimas cosas y tienen historias", dice Consuelo.

La cuadrilla vendimiando.

La cuadrilla vendimiando.

Cristina Villarino

Para los tres hermanos, elaborar vino es también una forma de conservar ese patrimonio. Cultivan de manera artesanal, sostenible y ecológica, sin pesticidas ni herbicidas, y en bodega buscan una mínima intervención para que el vino mantenga el carácter de la parcela.

"Si no hubiéramos hecho Cantariña, no se cuidarían las viñas de la manera que lo hacemos nosotros", explica Santiago Ysart, uno de los hermanos. El objetivo es conseguir que el vino permita mantener unas viñas que no están pensadas para producir grandes cantidades, sino para conservar su identidad y transmitirla a la siguiente generación.

Caminar entre ellas es también recorrer una parte de la historia agrícola del Bierzo. La Mencía es la variedad reina de la comarca, pero las viñas antiguas no están compuestas por una sola uva. Entre sus cepas aparecen variedades como la Palomino, mucho más asociada a los vinos de Jerez, o la Doña Blanca, conocida localmente como valenciana.

Federico, el tercer hermano detrás de Cantariña, explica que estas variedades responden a las necesidades de quienes cultivaban las tierras desde hace años. La Palomino era productiva y resistente en una época en la que las condiciones climáticas eran diferentes y las lluvias más abundantes. También aparece la Garnacha Tintorera, valorada por su capacidad para aportar color al vino, algo que tradicionalmente se buscaba en los tintos.

Federico Ysart en la vendimia.

Federico Ysart en la vendimia.

Cristina Villarino

El vino, además, siempre ha formado parte de la vida del Bierzo. "Cada familia hacía su propio vino", cuenta Consuelo. Igual que tenían gallinas o una pequeña huerta, era habitual que tuvieran unas pocas cepas para elaborar vino para casa. Hoy la comarca vive un momento de reconocimiento y cuenta con elaboradores como Raúl Pérez, Ricardo Palacios o César Márquez, además de muchos proyectos pequeños.

Consuelo destaca también la relación entre ellos: "Somos muy amigos, nos ayudamos, nos contamos". Después de las jornadas de vendimia o poda es habitual reunirse para catar vinos, intercambiar experiencias y hablar sobre cómo están evolucionando las viñas.

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De las cepas al depósito

Mientras Consuelo está a primera hora seleccionando racimos, Santiago tiene otro frente abierto en la bodega. La vendimia supone dos trabajos simultáneos: recoger la uva en el campo y procesarla después para convertirla en vino.

El primer paso es enfriar los racimos en una cámara frigorífica. Después, dependiendo de si se trata de un blanco, un rosado o un tinto, comienza una elaboración diferente. En uno de los tintos que Santiago está trabajando durante estos días, una máquina separa los granos del raspón sin romperlos y una cinta elevadora los lleva hasta el depósito, evitando el bombeo y reduciendo la manipulación.

Santiago Ysart en la bodega.

Santiago Ysart en la bodega.

Cristina Villarino

La uva permanecerá allí aproximadamente dos semanas mientras fermenta. Después se prensa para separar pieles y pepitas y el líquido que queda es ya vino, aunque todavía tendrá que esperar antes de llegar a una botella. Algunos pasan alrededor de un año en depósito; los procedentes de viñas centenarias pueden permanecer cerca de dos años entre fermentación, crianza en barrica y reposo.

Decidir cuándo vendimiar tampoco responde únicamente a una fecha. La uva necesita suficiente azúcar para transformarse en alcohol, pero debe conservar la acidez que aporta frescura y, sobre todo, tiene que saber bien.

Santiago probando el mosto.

Santiago probando el mosto.

Cristina Villarino

"Al final hay una parte de análisis, pero sobre todo de intuición", explica Santiago. Se trata de reconocer cuándo está exactamente en el punto en el que él quiere recogerla para conseguir el vino que busca.

Cada uno de los hermanos ha llegado a Cantariña desde un lugar diferente. Santiago trabajaba en un banco en Madrid y decidió dejarlo para abrir primero un restaurante en la capital y después trasladarse a Villafranca del Bierzo para dedicarse al vino.

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Consuelo vivió durante años en Chile y viajaba cada año a El Bierzo para mantener el contacto con las viñas. En 2021 volvió a vivir en España y desde entonces divide su tiempo entre Madrid y Villafranca, aunque durante la vendimia las mañanas empiezan inevitablemente entre las cepas.

Federico continúa trabajando en el sector bancario y compagina esa actividad con Cantariña, especialmente durante la vendimia, cuando la actividad de la bodega se multiplica. Los tres comparten, sin embargo, la misma idea: recuperar un patrimonio familiar y elaborar con él vinos que reflejen el territorio.

El vino entrando a una barrica.

El vino entrando a una barrica.

Cristina Villarino

Entre sus aproximadamente doce etiquetas hay una que tiene un significado especial. Se llama Consuelo y es un Godello de gama alta elaborado con uvas de una parcela de El Cotelo que su madre les regaló. Son tres hectáreas plantadas con Mencía y Godello sobre un suelo de arcilla calcárea especialmente adecuado para esta última variedad.

La primera añada fue la de 2022. Cuando terminó la fermentación, Santiago vio que aquel vino tenía algo diferente. Se lo enseñó a sus hermanos sin que su madre lo supiera y decidieron dedicarle una etiqueta.

"Decidimos hacer una etiqueta especial de esa viña para agradecerle lo primero habernos traído al mundo y dejarnos hacer lo que estamos haciendo", cuenta Santiago. La botella terminó convirtiéndose en una forma de devolverle parte de lo que ella había dado a sus hijos: no solo la vida, sino también una parcela que acabaría siendo importante para el proyecto familiar.

30.000 botellas

Cantariña produce unas 30.000 botellas al año y alrededor del 70% de sus ventas se realiza fuera de España. Sus vinos llegan a México, Puerto Rico, Estados Unidos, Irlanda, Reino Unido, Alemania, Suecia, Francia, Singapur y Japón, entre otros mercados.

En España se encuentran principalmente en restaurantes y tiendas especializadas, además de en la venta directa y el enoturismo. No están en los lineales de los grandes supermercados, una decisión que responde tanto a su dimensión como a su filosofía.

Un vendimiador fumando.

Un vendimiador fumando.

Cristina Villarino

"30.000 botellas para la gran distribución no son nada", explica Santiago. Prefieren que sus vinos lleguen a una mesa o a una tienda donde alguien pueda recomendarlos antes que competir por espacio en un lineal.

Tampoco tienen intención de multiplicar su producción. Los hermanos consideran que alrededor de 40.000 sería el tamaño adecuado para el proyecto. "No prevemos crecimiento ni cambiar de filosofía yendo a distribución masiva", señala Santiago.

Un vendimiador cortando un racimo.

Un vendimiador cortando un racimo.

Cristina Villarino

Los vinos de Cantariña han recibido buenas valoraciones de algunos de los principales críticos y guías internacionales. En las puntuaciones recogidas por la bodega, las diez referencias analizadas por Robert Parker se sitúan entre los 91 y los 93 puntos, con la máxima valoración para El Godello de Consuelo 2023, que alcanza los 93. También destacan La Tintorera, Viña de Los Pinos, La Blanca, Valdeobispo, Merenzao y A Freita, todos ellos con 92 puntos.

Las valoraciones son todavía más altas en Tim Atkin, donde A Freita 2023 alcanza los 96 puntos, seguido por El Godello de Consuelo 2023, con 95, y El Triángulo 2021 y Merenzao 2023, con 94. En esta misma guía, Villafranca 2022 y Viña de Los Pinos 2021 obtienen 93 puntos.

Uvas recogidas en la vendimia.

Uvas recogidas en la vendimia.

Cristina Villarino

La Guía Peñín sitúa a A Freita en 94 puntos y al Godello de Consuelo en 93, mientras que James Suckling otorga 93 puntos a Cabeza de Perro 2023, Villafranca 2022 y A Freita 2023. En conjunto, las puntuaciones muestran que las distintas referencias de Cantariña superan de forma habitual los 90 puntos en las guías y publicaciones recogidas en la tabla.

Los hermanos reciben estas valoraciones con satisfacción, aunque no trabajan pensando en conseguir una determinada puntuación. Para Santiago, "estas valoraciones son una herramienta comercial y un reconocimiento al trabajo bien hecho, pero lo importante es que los vinos tengan identidad, equilibrio y sean capaces de trasladar a quien los bebe al territorio del que proceden".

La Viña de los Pinos, Paraje de Las Gundiñas.

La Viña de los Pinos, Paraje de Las Gundiñas.

Cristina Villarino

Cuando termine la vendimia, Consuelo volverá a Madrid y Federico retomará su trabajo, mientras Santiago continuará al frente de la bodega. En las viñas, el ciclo seguirá su curso durante los próximos meses, con los trabajos de cuidado y mantenimiento que culminarán en una nueva vendimia en 2027.

Los tres hermanos mantienen así el objetivo con el que recuperaron las viñas familiares en 2015: conservar ese patrimonio, elaborar vinos que reflejen el territorio y hacerlo a una escala que les permita seguir cuidando las parcelas con el mismo nivel de atención.