Astrid Lindgren no era neutral

2026/10/04

Merodeando por la Setmana del Llibre en Català, entre la multitud de novedades, me tropecé con una vieja amiga sueca con dos trenzas pelirrojas capaz de ponerse a hacer cabriolas en un tejado: Pippi Långstrump. La tenacidad de la editorial Kókinos, que sigue dirigiendo su fundadora, Esther Rubio, ha hecho que Pippi Calzaslargas siga haciendo de las suyas en las librerías, en catalán y castellano, junto a otros de los libros de la escritora Astrid Lindgren.

Se acaba de estrenar en Filmin el documental Astrid Lindgren, diarios de guerra dirigido (también es suyo el guion) por Wilfried Hauke. Se apoya en los 17 cuadernos que escribió entre 1939 y 1945, donde iba anotando la angustia que le producía la locura de la guerra emprendida por Hitler. Por cierto, aún no se han publicado en catalán o castellano, pero esperemos que no tarden. Suecia es en esa guerra un país neutral, pero ella no lo es. Va apuntando pinceladas de su propia vida en esos años de calma tensa por el racionamiento o la llegada de refugiados daneses (muchos judíos) y muestra un rechazo visceral hacia Hitler y Stalin (en ese momento la Unión Soviética tiene un pacto de no agresión con el Tercer Reich). Ambos, en su locura imperialista, están sumiendo a Europa en el dolor.

El documental se apoya en actores que ilustran algunos episodios de su vida de manera sutil, ciñéndose a las palabras de la autora en los diarios. También en el testimonio de la hija pequeña de Astrid Lindgren, Karin, de su nieta Annika y su bisnieto, Johan.

Su hija Karin pasó todo un invierno con neumonía y por las noches su madre le leía cuentos: de ahí nació Pippi Calzaslargas

En esos años Astrid Lindgren encontró empleo en el servicio postal, donde la destinaron a la sección de censura del correo. Debía leer las cartas de los militares movilizados de manera preventiva (entre ellos, su marido) para borrar cualquier referencia geográfica o datos que pudieran ser útiles al espionaje alemán. Allí encontró historias que la conmovieron y agitaron la semilla de escritora que llevaba dentro.

Su hija Karin pasó todo un invierno con neumonía y por las noches le leía cuentos. Cuando se le agotaron, la niña le pidió que le siguiera contando y, cuando le preguntó qué historias quería, la pequeña le respondió que las de una niña que se llamase Pippi Calzaslargas. Cuando a sus 90 años a Karin le preguntan por qué ese nombre, sonríe de manera traviesa: “No tengo ni la menor idea de dónde salió”. Pero “había algo en ese nombre que a mi madre le encendió la imaginación”.

Pippi vive sola, acompañada de un mono, con la fuerza suficiente para levantar a su propio caballo moteado y un sentido del humor imparable. Presentó el cuento a la editorial Bonniers y lo rechazaron. Un año después, en 1945, la editorial Rabén & Sjögren aceptó la obra tras ganar un concurso literario. Los cuentos de Pippi Calzaslargas se han acabado traduciendo a 70 idiomas. La serie de televisión, emitida en España en 1974, mostró a los niños y niñas de la dictadura lo nunca visto: era posible no obedecer de manera sumisa las normas impuestas a la fuerza y ser feliz.

Uno se pregunta si actualmente, con nuestra actitud hiperproteccionista y la sensibilidad a flor de piel de cualquier colectivo, alguna editorial habría aceptado el manuscrito de una desconocida con una protagonista que se niega a ir a la escuela porque le parece inútil, no le interesa trabajar y ridiculiza las convenciones sociales.

En una época en que Hitler y Stalin, hombres bigotudos y despiadados, quisieron imponer su autoritarismo al mundo, Pippi representaba la libertad individual frente al gregarismo. En la Cumbre del Clima de la ONU de 2018 una muchacha sueca de 15 años llamada Greta Thunberg se subió al estrado y, sin que le impresionaran nada los representantes políticos de 200 países, les dijo que eran unos inmaduros incapaces de decir la verdad sobre el cambio climático. Ella también dejó de ir a clase una temporada. También le colgaban de la cabeza dos trenzas.