No es un lugar que esconda una historia épica, pero sí es un balcón que forma parte de la vida de muchos barceloneses. El mirador de Sarrià, en la curva más exagerada de la carretera BV-1462 que une este barrio con Vallvidrera, se aisló durante la pandemia y hasta ahora ha permanecido casi siempre cerrado con una cadena y unas barreras de cemento tipo new jersey, como las que se hicieron famosas en la reciente era del urbanismo táctico. Solo las motos, de manera algo furtiva, y los ciclistas pueden aparcar en una esquina y disfrutar de las vistas. Ahora el Ayuntamiento de Barcelona tiene un proyecto entre manos para recuperarlo. No es un dineral, pero son 40.000 euros que permitirán revitalizar uno de los espacios más simbólicos de la zona. Eso sí: los futuros usos no están nada claros.
No hay baterías antiaéreas como las del Carmel y no suelen verse turistas, pero es una de las mejores atalayas de la ciudad, ya que, sin estar a un altura exagerada, poco más de 200 metros sobre el nivel del mar, desde aquí se ve buena parte de la capital catalana (con la barrera de los Tres Turons), el puerto y un pedazo de Baix Llobregat. Llegar a pie es una innecesaria aventura por el inexistente arcén de la carretera –ningún camino de Collserola llega hasta aquí aunque está justo debajo de la carretas de las Aigües– y no caben más de 12 coches. Más allá de la renovación, necesaria por el mal aspecto que tiene el lugar, lo más importante será la reapertura del espacio. En marzo se cerró de manera permanente por las restricciones de la peste porcina africana que afecta a los jabalís del parque natural de Collserola. Pero lo cierto es que desde el inicio de la pandemia del covid ya era muy difícil encontrar la valla abierta.

Las obras, asegura un portavoz del distrito de Sarrià-Sant Gervasi, duraran un mes y empezarán en noviembre. Luego seguirá cerrado, como mínimo, hasta que el Govern tenga a bien levantar el veto al pulmón barcelonés cuando los gorrinos de montaña están ya curados de lo suyo. Anulada la restricción, y con el mirador reformado, será el momento de discutir qué se hace con él. Y quién lo decide.
Restrincciones
Ahora está vallado por la peste porcina, pero por orden de la Guardia Urbana, desde el covid apenas ha abierto
El problema es que desde la Guardia Urbana hay cierto miedo a que vuelva a ser un imán para los amantes de la mala vida. En mayo del 2025, la Sindicatura de Greuges avaló el cierre del espacio tras recibir una queja de un vecino de la montaña molesto con la cadena y las barreras. La policía local alegaba motivos de seguridad y denunciaba que en la curva se producía botellón y concentración de motoristas para realizar carreras ilegales, algo, esto segundo, mucho más habitual en la Arrabassada, en Horta-Guinardó, que en esta vía que sube al único de los 73 barrios de la capital catalana que aún tiene una placa vial en la entrada, como si se tratara de un pueblo.

La rehabilitación del mirador incluye el refuerzo de la estructura y del talud que genera el balcón sobre la curva de la carretera. Se limpiará y se desbrozará el terreno forestal adyacente, se colocarán mallas de protección, nueva señalización; se limpiará la barandilla que separa del leve vacío, se reparará el pavimento dañado y se limpiará con agua a presión y se creará un nuevo elemento de protección del frente de la explanada. Todo, resume un portavoz municipal, con el objetivo de “evitar la progresiva degradación del espacio”. También desaparecerán las new jersey y se cambiarán por una estructura de madera más elegante, algo alpino, que quede bien con el entorno. La cadena para poder cerrar el mirador, aporta el portavoz municipal, se mantendrá.
Una vez terminadas las obras y levantada la restricción por la gripe porcina, el distrito, liderado por la concejal Maria Eugènia Gay, deberá desempatar con la Urbana para decidir si se vuelve a abrir de manera indiscriminada, si se cierra de noche o si se permite el acceso de pascuas a ramos como hasta ahora. En cualquier caso, quedan pocos sitios como este que hayan logrado escapar del turismo.