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Los diputados daneses vuelven el miércoles al trabajo. En la agenda del día figura la tramitación de varios proyectos de ley, pero antes tendrán que debatir una interpelación de urgencia. ¿Qué asunto preocupa tanto a los legisladores daneses como para merecer esa atención prioritaria? ¿El recrudecimiento de la ofensiva híbrida de su vecino Vladímir Putin? ¿El envejecimiento alarmante de la población? ¿Los efectos cada vez más evidentes del cambio climático? ¿La crisis de vivienda que expulsa a los jóvenes de Copenhague?
No. El tema prioritario en la sesión de mañana en el Folketing (el parlamento danés, que forma parte de esa concentración de poder político conocida popularmente como Borgen ) será abordar la amenaza que comporta para los daneses la crisis migratoria de Ceuta.

La interpelación de urgencia emplaza al Gobierno de la socialdemócrata Mette Frederiksen a explicar cómo protegerá al país de la presión migratoria derivada de los hechos de Ceuta y de la “regularización masiva” impulsada por Pedro Sánchez. No habrá debate: pese a su filiación progresista, Frederiksen ha convertido la oposición a la inmigración irregular en el eje central de su política.
Prueba de ello es su liderazgo europeo –compartido con Giorgia Meloni– en la iniciativa para crear, fuera de la UE, centros para la repatriación de migrantes. Las primeras ministras de Dinamarca e Italia solemnizaron ayer sus motivos: “defender los valores y el patrimonio cultural cristiano de Europa”.
Ciertamente, agilizar la llegada de migrantes con papeles mientras se frena la migración descontrolada debe ser un objetivo compartido. Pero convertir la localizada crisis de Ceuta (haber accedido a la ciudad autónoma no permite circular libremente por Schengen) en un riesgo para la seguridad común desvía la atención de las amenazas reales. Amenazas compartidas por toda la UE, y no solo por los dos países que ayer decidieron arrogarse el derecho a hablar en nombre de todos. Desafíos como son la guerra en Ucrania y la hostil actitud de Putin hacia Europa; la dimisión de EE.UU. como factor de orden mundial o la eclosión del poder tecnoautoritario, esa superpotencia difusa larvada en la oscuridad y que socava ya pilares democráticos globales.

Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: 'Siete días en la Riviera'