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A medida que dejas atrás Altea y te sumerges en la estrecha carretera que bordea la costa, el peñón de Ifach emerge a lo lejos como testigo de tantos relatos. Podríamos hablar de su conexión mística con Es Vedrà, en Eivissa, que junto a la zona mallorquina de Sóller forma el llamado “Triángulo de las Bermudas mediterráneo”. O las historias de sirenas que nadaban en sus aguas a pesar de las amenazas de un malvado genio convertido por el dios Neptuno en esa enorme roca.
Un aura de misterio que siempre nos atrae a esta localidad magnética donde evocar la magia de todos esos veranos entre tápers y sombrillas, pero también abrazando la naturaleza y el arte.

Porque a Calpe venimos por la luz de sus playas, pero nos quedamos un poco más levantando la mirada hacia los edificios de Ricardo Bofill, o saboreando los platos de nuevos baluartes gastronómicos.
Calpe: un ‘Xanadú’ mediterráneo
“En Xanadú hizo Kubla Khan / construir una maravillosa cúpula del placer; / Donde Alf, el río sagrado, corría / A través de cavernas inconmensurables para el hombre / Bajando hacia un mar sin sol.”
(Poema Kubla Khan de Samuel Taylor Coleridge)
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Cuentan que el arquitecto Ricardo Bofill se inspiró en este poema sobre la residencia de verano del emperador chino Kubla Khan para bautizar el edificio Xanadú, o la versión mediterránea de una pagoda cuyos colores se integran con los pinares de Calpe. Es la esencia de ese otro refugio de luz y placer que podría conversar con la energía que exhala la arquitectura de Bofill.
Junto a Xanadú, el antiguo club social de La Manzanera parece emerger de las memorias de antiguos veranos a la fresca. Y la icónica Muralla Roja, edificio inspirado en la casba marroquí - aquí remodelada bajo las paletas cromáticas del Mediterráneo -, susurra sobre el mar mientras sus vecinos te recuerdan que la propiedad es privada, si bien existen visitas guiadas gestionadas por el Ayuntamiento.

Un patrimonio que confirma esa conexión entre el Calpe mediterráneo y el resto del mundo a través de formas, colores e influencias que nos acompañan durante parte del recorrido.
En el corazón del pueblo, los flamencos tiñen de rosas las enormes salinas a las que se asoma el skyline. Y en el casco antiguo, las calles encaladas dejan entrever murales de arte urbano hasta alcanzar el Torreó de la Peça, una torre vigía del siglo XV concebida para proteger a la población de los antiguos ataques de los piratas berberiscos que asolaban la costa.

Hay restos de una antigua villa romana cuya factoría de salazones excavada en la propia roca pasaría a convertirse en los baños de la Reina, una piscina natural donde nadar por la historia. Playas como la de la Fossa o El Racó, ideal para la práctica de esnórquel o el placer de sentir el pareo pegado. Es la esencia marinera que envuelve las calles, las terrazas de gaviotas o su lonja, donde puedes presenciar en directo la tradicional subasta de pescado. Una forma más auténtica de descubrir Calpe a través de otra mirada más allá del azul de sus playas.
Aunque si buscamos disfrutar de la naturaleza, podemos decantarnos por el sendero ecológico hacia las playas de Benissa. Solo entonces, mientras regresas por la carretera o levantas la mirada desde una callejuela, descubres que todas las brújulas de Calpe siempre apuntan hacia un peñón de Ifach rodeado por un cinturón vegetal que protege playas de cuento.
Podrías plantearte reservar tu entrada para subir los 332 metros hasta la cima burlando a las gaviotas - aunque este plan siempre es mejor reservarlo para primavera u toño, lejos de las altas temperaturas estivales-. O perderte entre los pinos donde las playas invitan a chapotear y la perspectiva nos confirma el motivo por el que las sirenas eligieron venir a un pueblo de Calpe.
Porque como en aquella residencia de un emperador chino que inspiró a Bofill, siempre volvemos para reconectar con la luz y el placer de los pequeños momentos.
Delicatessen
Restaurante Onami
En el corazón del AR Diamante Beach Spa Hotel & Convention Centre, una nueva apertura llega para unir la narrativa gastronómica del mar de Japón y el Mediterráneo. Onami es la audaz propuesta del chef Diego Laso, quien presenta aquí una propuesta gustativa basada en la cocina kaiseki y servida en una barra para ocho comensales.
Una experiencia única donde una representación de la ceremonia del té marca el inicio de un viaje gastronómico en el que el producto local se funde con los recetarios nipones. Un menú que conmueve gracias a su ostra con gazpacho de melón happodashi, la corvina con salsa de halófilas y cebollitas glaseadas en soja, o una selección de nigiris entre los que destacan el de gamba blanca de Calpe o el de anguila kabayaki, toda una caricia al paladar.