Un equipo de investigadores suizos enterró el pasado año más de mil calzoncillos de algodón en campos y jardines para medir, dos meses después, cuánto se había descompuesto la tela: la conclusión es que, cuanto más se deshace la tela, más sano es el suelo. Otro grupo, en Singapur, descubrió que una cucaracha fabrica un cristal de proteína para alimentar a sus crías que tiene más energía por gramo que la leche de cualquier otro animal, incluida la vaca. Ninguno de los dos hallazgos cambiará el mundo mañana, pero ambos, junto a otros ocho igual de insólitos, han recogido este jueves el Ig Nobel, el galardón que desde 1991 premia investigaciones capaces de “hacer reír primero y pensar después”.
La gran novedad de esta 36ª edición no está en los premios, sino en el lugar: por primera vez en su historia, la ceremonia ha abandonado Estados Unidos. Marc Abrahams, fundador del certamen y maestro de ceremonias desde su primera edición, explicó a este diario en marzo que tomaba esta decisión porque Estados Unidos se ha vuelto “inseguro” para muchos invitados internacionales. La intención, ha anunciado, es que la cita vuelva a Zúrich cada dos años, alternando con otras ciudades europeas, “en una especie de Eurovisión”. La decisión refleja una crisis real en la ciencia estadounidense. Desde que Donald Trump inició su segundo mandato, su Administración ha cancelado proyectos, recortado presupuestos y acosado a centros de investigación centenarios como la Universidad de Harvard o el MIT, que habían acogido estos premios en otras ocasiones.

Además de premiar la capacidad analítica de los calzoncillos y la nutritiva de las cucarachas, se han premiado otros ocho estudios en áreas como la economía, la tecnología y la química y, a título póstumo, un estudio japonés de 1977 que analiza cuál es la mejor manera de sonarse la nariz. Los galardones han sido entregados esta tarde por premios Nobel de verdad: Esther Duflo, Abhijit Banerjee, Michel Mayor y Tim Hunt.
En economía, el galardón ha sido para un estudio que revela los comportamientos “poco éticos” de las clases altas. Un equipo estadounidense puso a prueba la idea de que la riqueza modera el comportamiento. Realizaron siete experimentos, donde observaron a conductores en pasos de peatones y semáforos, y realizaron juegos de laboratorio con incentivos para hacer trampas o mentir en negociaciones. La conclusión es, probablemente, obvia para la mayoría e incómoda para los privilegiados: cuanto más alta la clase social, mayor es la probabilidad de saltarse las normas. Los autores lo achacan a que esos sectores privilegiados son más codiciosos y que, además, tienen menos posibilidades de ser castigados.
Otro estudio, premiado con el Ig Nobel de Biomecánica, sitúa el origen evolutivo del beso en la boca hace entre 21,5 y 16,9 millones de años, en el ancestro común de los grandes simios, y sugiere que los neandertales también se besaban. También ha sido galardonado un nuevo diseño de urinario: combinando física de fluidos y ecuaciones diferenciales, un grupo de ingenieros ha determinado que, cuando el chorro de orina impacta una superficie con un ángulo igual o inferior a 30 grados, la salpicadura se reduce drásticamente. A partir de ahí diseñan dos urinarios nuevos, bautizados Cornucopia y Nautilus, este último apto también para niños y usuarios en silla de ruedas. Calculan que sustituir los 56 millones de urinarios de EE UU evitaría el derrame de un millón de litros de orina al día.

También hay premio para una encuesta polaca que explica por qué el olor de un bebé resulta irresistible para sus padres, pero para cuando ese bebé se transforma en adolescente, en cambio, deja de serlo.
El Ig Nobel de la Paz premia un estudio de investigadores australianos, argentinos y estadounidenses sobre la amistad. El trabajo concluye que nos gustan los “amigos viciosos”, es decir, que preferimos aliados capaces de ser crueles con nuestros enemigos, aunque sean amables con nosotros. Uno de los diez premios llega, además, con una nota a pie de página incómoda: el estudio de Biología, sobre el comportamiento defensivo de la serpiente venenosa Bothrops jararaca con crías recién nacidas, fue retractado en febrero de 2025 por violaciones éticas en el manejo de los animales.
El trofeo de este año tiene forma de una seta gigante, con el pie del hongo moldeado como un pie humano del que brotan diminutas setas entre los dedos, todo ello montado sobre una cuña que imita un trozo de queso azul. Como propina, cada equipo premiado recibirá un billete de diez billones de dólares de Zimbabue: es un guiño directo a otro Ig Nobel histórico, el de Matemáticas de 2009, que reconoció al entonces gobernador del banco central zimbabuense, Gideon Gono, por imprimir billetes con denominaciones que iban desde un centavo hasta cien billones de dólares.