
Los carteles aparecieron sin aviso. Primero en distintos puntos de la Ciudad de Buenos Aires, después en el Gran Buenos Aires y en ciudades del interior. No hay logo de agrupación, no hay número de lista, no hay cargo que acompañe el apellido ni una promesa detallada: solo un nombre, una consigna y un año que en el mundo boquense funciona como fecha de largada. Es el primer gesto público de una candidatura a la presidencia de Boca Juniors que, hasta ahora, se había movido en voz baja.
El nombre es el de Carlos Abriata y, a la mayoría de los socios, probablemente, no les dice mucho todavía. No tuvo cargo en la dirigencia, no viene de ninguna agrupación y hasta hace poco circulaba sobre todo entre dirigentes y allegados al club. Esta nota reconstruye quién es a partir de lo que se puede ver: su trayectoria, su perfil público y el discurso con el que se está presentando.
PUBLICIDAD

Abriata nació en Tartagal, en el norte de Salta, e hizo la mayor parte de su carrera fuera del país, en el mundo de los negocios y, en particular, en la industria del deporte global. Es CEO de FANTIX y socio de SECUTIX, empresas de tecnología de ticketing, accesos y experiencia del espectador que trabajan con FIFA, UEFA y CONMEBOL, entre otros clientes. Según su propia descripción, los últimos años los dedicó a construir la tecnología con la que se venden las entradas de algunos de los eventos deportivos más grandes del mundo.
Ese antecedente parece explicar buena parte de su candidatura: no tuvo cargo en el club y no aparece fuertemente ligado a ninguna de las estructuras que se disputaron Boca en las últimas dos décadas.
PUBLICIDAD
Hace unos meses se instaló en Buenos Aires, aunque sigue viajando a Estados Unidos, donde todavía reside parte de su familia. Financia él mismo su campaña, un dato que presenta como garantía de independencia y que, por ahora, es también la única información pública sobre cómo se sostiene.
El tramo largo de su vida adulta, entre Estados Unidos, Asia y otros destinos, lo pasó lejos del país, y el club fue, según cuenta, la constante. La imagen que ofrece es la del hincha del interior que hace lo que puede para estar cerca: kilómetros de colectivo cuando vivía en Salta, horas de vuelo cuando vive afuera, ciudades cruzadas por el día para encontrar una conexión que le permitiera ver el partido.
PUBLICIDAD

Es una historia que repite con frecuencia, y que resume en una frase pensada para la pregunta inevitable sobre su residencia: nunca estuvo lejos de Boca, dice, sino de la Argentina.
Lo más visible de las últimas semanas está en sus redes y en la comunicación de su equipo de prensa, y tiene forma de gira. Abriata recorrió el Real Madrid, el Barcelona, el Inter, el Manchester City, el Everton y la Fiorentina, donde lo recibieron presidentes, vicepresidentes y equipos comerciales, y desde donde compartió fotos y videos de recorridas por canteras, centros de entrenamiento y estadios, y por los proyectos de renovación de esos estadios.
PUBLICIDAD

En uno de esos posteos escribió que visitar un club es entender una forma de pensarlo: formación, infraestructura, trabajo y una visión global sostenida en el tiempo. El recorrido no parece casual: en cada parada asoma alguno de los temas que después reaparecen en su discurso sobre Boca, como la cantera, el desarrollo comercial o el estadio del futuro. Queda para más adelante la pregunta de cuánto de eso es trasladable a un club de 300 mil socios, con urgencias muy distintas a las de esos clubes.
Si se leen juntos sus mensajes, el discurso de Abriata se ordena alrededor de una sola idea: los problemas de Boca son viejos, son siempre los mismos y se discuten con la misma lógica desde hace veinte años. Cambian los apellidos, se repite el método. La última Libertadores se ganó en 2007, y su lectura es que veinte años de discusiones con el mismo formato explican el resto.
PUBLICIDAD
Su tesis de fondo es que Boca fue usado. Como trampolín para carreras políticas, como plataforma para resolver cuestiones personales, como escenario para ajustar cuentas entre dirigentes que se conocen de siempre. En ese esquema el club queda de rehén: se pelea con la camiseta puesta, pero el conflicto es de otros.
De ahí que trace una distinción entre dos maneras de pelear: por Boca y para Boca, con un objetivo que el hincha entiende y comparte, o con Boca como excusa, para sostener una interna o saldar un rencor. La primera le parece necesaria, la segunda es la que, según su planteo, tuvo a la institución estancada.
PUBLICIDAD

A ese diagnóstico le suma números de socio. Entre el 65 y el 70 por ciento de lo que ingresa al club lo ponen los socios con la cuota y los hinchas con la camiseta, y sin embargo el que pone es, en su descripción, el último que se entera: Boca como una caja negra. Hay casi 300 mil socios, unos 120 mil habilitados para votar, y en la última elección votaron 50 mil. Los 70 mil que faltaron son el público al que dirige buena parte de su campaña.
Su argumento es que no faltaron por desinterés sino porque dejaron de creer que el club tiene algo que ver con ellos. Y su ejemplo favorito es el de la entrada: para él el problema no es cuánta gente entra, sino quién decide quién entra.
PUBLICIDAD
La respuesta a ese diagnóstico es la amnistía de rencores, la propuesta con la que busca diferenciarse del resto de los aspirantes. La define como una invitación y no como un perdón: no pregunta de dónde viene cada dirigente ni con quién estuvo, sino qué quiere para Boca. Apunta a los dirigentes de todos los espacios y también a los que hoy no participan, esos hinchas con éxito en lo suyo que miran el club desde afuera. Para los que ya están adentro, además, funciona como una segunda oportunidad: la de quienes estén dispuestos a cerrar heridas para empujar todos en la misma dirección.
Abriata tampoco es la única figura que hoy se piensa como alternativa a la conducción de Juan Román Riquelme: en el espacio opositor circulan otros nombres, y todavía no está claro si esas candidaturas terminarán confluyendo en una sola antes de la elección.
PUBLICIDAD

Abriata evita, de todos modos, la etiqueta de opositor y prefiere presentarse como un candidato del futuro, sin compromisos con el pasado y con todos los compromisos con lo que viene, dice. Eso no lo ubica en un lugar neutral frente a la conducción actual: no está alineado con Riquelme y su posición frente al presidente es de exigencia. Sostiene, además, que a diferencia de otros posibles candidatos, él quiere que Boca gane siempre y salga campeón, más allá de quién esté en el sillón presidencial. Es una afirmación que sus eventuales rivales podrían discutir, y que solo el tiempo va a probar.
Sobre Riquelme evita la descalificación personal y separa dos figuras: el ídolo y el presidente. Del ídolo dice que no va a hablar mal nunca, porque lo que hizo con la camiseta no se lo saca nadie. Del presidente sí habla, y con datos: tuvo el voto más grande de la historia del club, los recursos, la cancha llena y nadie enfrente que pudiera decirle que no, y aun así, como presidente, Boca no ganó un título.

La última Libertadores se ganó con Riquelme adentro de la cancha, y desde el sillón todavía no. Le pide lo que él mismo les exige a los jugadores: resultados, trabajo y dar la cara. Y le cuestiona, más que a la persona, un estilo: decisiones rápidas, tomadas en soledad y sin explicar.
El lema que atraviesa la campaña, vivir para Boca, condensa una distinción que Abriata explica así: vivir a lo Boca es una manera de pararse en la vida (pelear contra la adversidad, no dejarse estar, dejar todo), algo que dice haber aprendido en la cancha y que busca transmitirles a sus tres hijos. Vivir para Boca, en cambio, es una decisión, y es lo que le pide a quien conduzca el club: que Boca sea el fin y no el medio, que no sea la escalera de nadie ni el negocio de nadie.

Esa decisión, dice, tiene un costo: está dispuesto a poner en pausa su actividad profesional durante los próximos años para dedicarlos al club, sostiene que está en el momento justo para hacerlo y paga de su bolsillo la campaña, incluido el equipo de comunicación. Son, por ahora, afirmaciones sin verificación externa, como buena parte de la biografía con la que se presenta.
Lo que sigue todavía es incierto. La fecha de la elección en Boca sigue lejana, no está claro si el resto de los candidatos que se dicen distintos a Riquelme lograrán unificarse, y la amnistía de rencores que propone Abriata depende de una adhesión que hoy no existe. Los carteles instalaron un nombre. Falta, todavía, casi todo lo demás.