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En el canto XII de la Odisea, después del episodio de las sirenas y de las vacas del Sol, la cóncava nave de Ulises naufraga y se ahogan todos los navegantes, excepto el héroe, cerca de las costas de Sicilia, donde ahora naufragan tantas barcas de migrantes que provienen de la costa libia. Las muertes de nuestros mares cruzan los mitos de la antigüedad griega para confundirse con las tragedias de la actualidad europea.

Nos referimos al centenar de muertos de la costa de Ceuta como si fueran escoria, basura carnal de una masa anónima que, habiendo vulnerado las fronteras de España, ha tenido que retroceder con el rabo entre las piernas. Eran jóvenes a la aventura, eran hombres que anhelan una vida digna, eran familias haciendo equilibrios sobre las rocas, soñando con una casa con cocina y una cama para los niños.
Un centenar de cadáveres han compartido el ‘sapore di sale’ con los bañistas
Todos estos ochenta mil aventureros, fugitivos del hambre o ilusionados por el smartphone que pinta una Europa de película, han sido seguramente manipulados por intereses políticos (la satrapía alauí) y geopolíticos: Trump y Netanyahu harán pagar cara la disidencia de Sánchez; y resulta curioso que los españolistas Abascal y Feijóo reaccionen contra el presidente de su país, mientras aplauden los mecanismos de subversión internacional con los que se perforan las fronteras de España para chantajearla.
Pero volvamos a los que cruzaron la frontera. La mayoría de los relatos ignora que esta gente, además de dignidad humana, tenía sueños. También ellos ambicionan lo que ven en la tele: un verano con sombrillas de playa y una buena paella marinera.
Siguiendo la tónica de los últimos 10 o 15 veranos, estas vacaciones han comenzado con una tragedia. En la otra orilla del Mediterráneo, pero a las puertas de los lugares más populares de la Andalucía del ocio y el solaz (Sotogrande, Puerto Banús, Marbella), a tiro de piedra de esta costa que desde África solo parece llena de biquinis, alegría y cócteles bajo la luna, un centenar de cadáveres han compartido el sapore di sale, sapore di mare. Mientras unos se tostaban protegidos con perfumadas cremas, otros se ahogaban en medio de las olas que ya Homero veía tintadas de color de vino, color de sangre. Mare Nostrum, Mare mortuum.