Ceuta, retrato de una ciudad herida

2026/10/17

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18/10/2026

Actualizado a las 01:28h.

Abdesalam Buyema, médico de Urgencias en el Hospital Universitario de Ceuta, fue un ilegal precoz. Le pasaron al otro lado de la alambrada de Melilla, junto a su hermano, cuando tenía 2 años, previo soborno a un legionario. De modo que su edad oscila porque en España comenzó de cero —«bueno, me añadieron seis meses más para que entrara en el colegio», precisa—. Y como suele ocurrir en estos casos conoció a alguien, una matrona, que le dijo que se acordaba perfectamente de verlo nacer (se ríe). Digamos que tiene 58 años y cuatro hijos de su primer matrimonio. El segundo fue con Susana Ascaso, de 57 años, comandante médico militar en excedencia y ahora también en urgencias.

Ella también tiene cosas que contar porque se hizo cargo de una sobrina adolescente y huérfana que perdió a sus padres (se suicidaron con un año de diferencia): «Es una niña normal, ha crecido sin traumas, ahora tiene 26 años, y está haciendo un máster de 'big data'». A él le llaman Bulli y a ella Susi, «igual que dos elefantas que vimos en el zoo de Barcelona», bromean. Una es cristiana y el otro musulmán. Él se sacó la carrera de Medicina en Granada, aunque primero tuvo que hacer Enfermería porque no tenía beca al carecer de nacionalidad española y sabe lo que es que a un cristiano con un 8 en una asignatura le pongan un sobresaliente y a él un notable. Y que al quejarte digan 'claro, es que él va a ir a la universidad'.

Vista superior del centro de acogida temporal de Loma Colmenar, cerca de la frontera

Vista superior del centro de acogida temporal de Loma Colmenar, cerca de la frontera.

(Txema Rodríguez)

Susana heredó las dos vocaciones de su padre -«siempre me ha gustado estar en el Ejército», dice- y lo ha vivido de forma intensa. En Afganistán, Kosovo, Líbano o la Antártida. «Me han tiroteado, me han lanzado bombas… De todo». Luego, tras morir su padre, regresó a Ceuta y en 2011 conoció a Abdesalam.

Comparten muchas cosas y no están de acuerdo en muchas otras. Han vivido de cerca, como nadie, el episodio más duro de la historia reciente de la ciudad. «Éramos cuatro médicos para todo. Era imposible, ingobernable. Nos llegaban sin parar ambulancias con ahogados, asfixias, hipotermias, luxaciones, personas inconscientes, fracturas horrorosas, familias enteras con niños pequeños. Cuando ves eso sientes una pena horrible y fueron quince días seguidos, a saco», relata el médico que se pone en la piel de aquellos que tratan de buscar una vida mejor.

Ambos creen que quienes cruzaron la frontera de forma ilegal tendrían que regresar, pero recuerdan que «anduvieron cinco días deambulando por las calles sin comer». También comparten la idea de que la 'generación chancla' (Abdesalam dixit) llegó a Ceuta engañada y gracias al efecto amplificador de bulos de las redes sociales, unido a la decisión de Marruecos de abrir la frontera.

Dice Susana que conocen a gente que dejó su trabajo para venir y que, pese a todo, no cree que «se haya tensado la convivencia entre nosotros, aunque haya cambiado la actitud que tenemos hacia ellos, porque nadie quiere sentirse inseguro, ver pobreza y suciedad a las puertas de su casa. Está claro que hay que cubrir sus necesidades básicas, pero como española y cristiana también veo que no podemos mantener esto,no podemos asumirlo, no podemos abarcarlo. También hay españoles sufriendo que parecen invisibles ahora mismo».

La zona cercana a la frontera siempre está concurrida y llena de gente que deambula por allí

La zona cercana a la frontera siempre está concurrida y llena de gente que deambula por allí.

(Txema Rodríguez)

Al día siguiente comemos juntos. Vienen la madre de Susana, Marisol, de 88 años, y algunos amigos. Pruebo el sama al Rigamonti, un plato exquisito. Después, me invitan a escuchar el concierto para piano y orquesta de la Orquesta Sinfónica del Estrecho en el Auditorio Revellín, espartana obra de Álvaro Siza. Pasamos de la furia invasora del 'Coriolano' de Beethoven al melancólico amor del 'Concierto para piano nº 2' de Chopin y de la juguetona sinfonía 'Italiana' de Mendelssohn al himno de Ceuta, que se añade al programa por razones obvias. La música expresa también el sentimiento de la calle.

Donde todos hallan refugio

Lejos de allí está el barrio del Príncipe, al que se sube por una cuesta a menudo empinada. Por el camino, unos policías nacionales se llevan a tres marroquíes que habían buscado refugio en un espacio entre las escaleras y un tejadillo de acceso a un aparcamiento. Los meten en el furgón, recogen unas mantas y botellas vacías de cerveza. Todos los días se producen escenas similares, pero a la zona alta de la ciudad no entran las fuerzas del orden salvo en ocasiones contadas. Las calles semejan allí un zoco atestado de vida. Otros barrios, como Hadú, La Pantera, Rosales y Loma Colmenar también sirven de refugio a aquellos que se quieren quedar, cualquier agujero sirve.

Un grupo de inmigrantes se ducha en la playa de El Guano

Un grupo de inmigrantes se ducha en la playa de El Guano.

(Txema Rodríguez)

Los jóvenes buscan resguardo en cualquier parte ahora que les han echado de la playa. Junto a la iglesia del Príncipe, un templo deteriorado cuya torre desconchada y sucia marca la precaria presencia cristiana en lo alto de este enclave de mayoría musulmana, hablo con Ahmed Enfeddal, que preside la asociación de vecinos del barrio, y nada más comenzar me equivoco. «Hablo dariya (la variedad dialectal del árabe que se habla en Marruecos), pero soy bereber, somos los autóctonos». Ahora está en el paro, aunque ha trabajado como mediador social y conserje. Tiene a toda su familia en Córdoba, adonde fue a trabajar su hija (tiene además tres varones, y se ha quedado al cuidado de su nieto de 5 años, hijo del mayor de ellos).

Defiende Ahmed que no se puede hablar de invasión y que lo que ocurrió es algo orquestado, «pero los que cruzaron la frontera son víctimas de algo que falla en su país». No se sorprende del estado del barrio. Desde los años 80 es una zona vulnerable de «familias humildes y mano de obra barata. Siempre nos han dejado de lado, llevamos cuarenta años siendo pobres y entendemos por lo que están pasando los migrantes; ellos vienen donde no les tratan mal, donde les hemos echado una mano. Sabemos lo que es el racismo. Estoy contento con mis vecinos porque han mostrado empatía y solidaridad con la gente».

El representante vecinal quita hierro a las quejas ciudadanas. «Claro que hay gente de todo tipo, que se emborrachan, pues como todo el mundo, ¿es que ellos no tienen derecho? Pero no son terroristas. Se desfasan porque en su país no lo pueden hacer, ¿qué futuro tienen?». Hablamos después de los niños, una de las 'patatas calientes' del asunto. Cuenta que en los primeros días hacían un censo con los pequeños, que llegaron a contar 4.862 y luego pararon... «Es un asunto vergonzoso, no se ha respetado ningún convenio internacional. Dicen que han habilitado recursos cuando lo que han hecho es meterlos en un almacén en el que han puesto baños y unas duchas; si no tenemos medios llévalos a la Península porque aquí todavía hay niños durmiendo en la calle».

La opinión de tres mujeres

En el centro de la ciudad, durante el día, todo parece normal. Aunque los comercios han reforzado la seguridad y de vez en cuando se ve algún grupo de chavales sin rumbo fijo. He quedado allí con tres mujeres. Ghita Mohamed es musulmana y su marido es guardia civil, sin hijos, tiene 50 años, trabaja como auxiliar administrativo y preside la Asociación Profesional Náutica. Una descripción rápida. Nos vemos junto a una escultura de bronce de Eva Laverón titulada 'Solidaridad', que rinde homenaje a los inmigrantes y a Ceuta como lugar de acogida. Vienen también Yoti, que es hindú, y Maleni, cristiana. Se conocen bien, como todos aquí, al margen de sus creencias. Ghita se define como «musulmana light» porque sus padres, dice, nunca creyeron que el hábito hace al monje. «Son gente culta y sé que no tengo que taparme para practicar mi religión».

De izquierda a derecha, Ghita Mohamed (musulmana), Maleni Moreno (cristiana) y Yoti Arjandas (hindú) junto a la escultura «Solidaridad«

De izquierda a derecha, Ghita Mohamed (musulmana), Maleni Moreno (cristiana) y Yoti Arjandas (hindú) junto a la escultura «Solidaridad«.

(Txema Rodríguez)

La presencia de su familia en Ceuta se remonta al día en que su abuelo se instaló aquí, con el fin del protectorado de Marruecos. Ella cree que lo ocurrido ahora, como en 2021, «ha sido una invasión desde el minuto cero. A los que han entrado hay que aplicarles la ley, a mí se me exige mantener los documentos en regla». Ghita se refiere también al trabajo de su marido y al sufrimiento que le causa cada vez que «los dejan a los pies de los caballos, las órdenes no se dan por escrito y luego es tu palabra contra la mía». «También he tenido a mis padres dos semanas sin poder salir de casa porque nuestra seguridad y nuestros derechos se esfumaron un abrir y cerrar de ojos; con nosotros nadie empatiza».

Es una mujer vehemente que, pese a considerar que Ceuta es la gota que ha colmado el vaso de Pedro Sánchez, defiende la convivencia y el diálogo, pero -continúa- «lo que no puede ser es que unos lo digan todo sin tapujos y otros tengamos que pedir perdón, la solidaridad no es tenerlos aquí de esta manera, no vemos que haya control, trasladan la responsabilidad a la ciudadanía y no puedes hablar sin que te llamen facha».

Dos vistas del último asentamiento en las playas de Ceuta

Dos vistas del último asentamiento en las playas de Ceuta.

(Txema Rodríguez)

(Txema Rodríguez)

Hace una pausa, respira, asegura que ella también ha intentado salir adelante en otros países y si no lo ha logrado ha regresado a casa. «No me pueden vender que en Marruecos los tienen sometidos, sabemos que no es verdad que allí se mueran de hambre, pero nosotros todo lo arreglamos poniéndonos un pañuelo de Palestina». Asegura Ghita que estas personas son carne de cañón, «tienen otra cultura y no quieren integrarse, no entienden nuestras normas ni las aceptan. Estoy tirando piedras contra mi tejado, pero mis padres y mis abuelos respetaron las reglas y ahora dejamos que la gente haga lo que le dé la gana».

«Tienen otra cultura y no quieren integrarse. Estoy tirando piedras contra mi tejado, pero mis padres y abuelos respetaron las reglas y ahora dejamos que la gente haga lo que le dé la gana»

Yoti Arjandas, 62 años, es hindú y trabaja como agente inmobiliario. Su abuelo, comerciante, atraído por las ventajas del puerto franco, también fue a Marruecos, importaba mercancías de Asia, lo que antes eran los bazares. «Seremos unos 600, pero ahora nuestra juventud se va fuera a estudiar y luego ya no vuelve, se buscan la vida». La comunidad tiene un pequeño templo al que acudo a rezar con ella, reconozco la figura de la diosa de la salud y la prosperidad, Laksmi, también a Ganesha y su gran cabeza de elefante. «Te lo sabes mejor que mejor que yo», nos sonríe.

En un lateral del templo, junto a las ventanas que dan a la calle, se venera también una figura de la patrona de Ceuta, Santa María de África, y un cuadro con similar motivo mariano atestigua la amistad de la comunidad hindú con la Hermandad del Rocío de la ciudad. Llegan algunos hombres y uno de ellos pone música. Es 'Om Jai Lakshmi Mata', una de las canciones más sagradas del hinduismo, dedicada a Lakshmi. Todo se mezcla aquí. «Mi padre también iba a rezarle al Cristo», confiesa Yoti. «Nosotros respetamos todas las imágenes y religiones, mi hermano pequeño se casó con una cristiana y mi hijo también está con una».

Varios inmigrantes juegan con un balón entre tiendas de campaña

Varios inmigrantes juegan con un balón entre tiendas de campaña.

(Txema Rodríguez)

Le gusta hablar de la integración pese a que -dice- «desde que tengo uso de razón he escuchado que Ceuta y Melilla se los iba a quedar Marruecos, pero ésta es nuestra ciudad, tenemos aquí nuestro patrimonio, nuestras casas, nuestros negocios. Nos sentimos más españoles que los españoles, nos integramos, nuestros hijos son hindúes pero han ido a colegios de monjas y salen en la procesiones, y no pasa nada».

Hacemos una pausa. Yoti atiende algún asunto laboral, alguien que quiere alquilar un piso, y presume de manicura. En la uña del dedo anular de su mano derecha luce un esmalte que mezcla las banderas de Ceuta y España y que, por lo que dice, está triunfando entre las mujeres. Cuelga el teléfono y concluye: «¿La solución?, la solución es devolverlos, no queremos a los ilegales. Esto nos va a pasar factura».

Camino al encuentro de Maleni Moreno (50 años), economista, la cristiana de este grupo. En la puerta de Zara un segurata habla con una mujer: «Que tengas cuidado, porque tela». Un mensaje que, de diversas formas, se repite como un mantra. Nos sentamos en un banco junto a un parque infantil vacío al que luego llegan unos críos junto a sus madres. Ella y su marido, arquitecto, tienen dos hijas, ya mayores, que estudian en Sevilla. Está indignada con lo que pasó y enfadada con la actuación de España en este suceso: «No puede ser que el rey de Marruecos quiera presionar a España y utilice Ceuta como moneda de cambio. ¿Cómo nos pueden extorsionar así?».

Maleni está indignada: «No puede ser que el rey de Marruecos quiera presionar a España y utilice Ceuta como moneda de cambio. ¿Cómo nos pueden extorsionar así?»

Se lamenta de la falta de medios y pide «una frontera en condiciones y a estos mandarlos a su casa». Nos quedamos mirando a los columpios y pensamos los dos en lo mismo. «Ya lo sé, a todos nos dan mucha pena los niños, pero nadie los quiere acoger, ¿qué hacemos? ¿nos los llevamos a casa? ¿los dejamos en la calle?, no es problema de los ceutíes, sino del Gobierno». Maleni recuerda que hace tiempo, cuando las niñas eran pequeñas, compraron una casa en Marruecos, cuando atravesar la frontera costaba poco más de diez minutos y muchos ceutíes pasaban a menudo también para comprar frutas y verduras, mejores y más baratas.

También muchos marroquíes cruzaban a España a trabajar, los llamados transfronterizos, con un permiso especial, una especie de visado, que nutrió durante años a Ceuta de una mano de obra necesaria. Algunos quedan, muy pocos. Ahora se pierden horas en los trámites. Todo parece empeorar. «La gente se está radicalizando, porque nadie es tan malo ni tan bueno, pero la verdad es que no los quiero en mi ciudad. Desean casa gratis, luz gratis y dinero, pero cuando les llaman para trabajar de camareros no quieren, ellos quieren una vida mejor pero que sea gratis».

El frente legal

La procuradora Susana Román preside una asociación llamada Salvemos Ceuta en la que hay otros cuatro abogados: Fernando Márquez como secretario y Alberto Aflalo, Sonex Bhagwandas y Abselam Abderrahaman. Un cristiano, un hebreo, un hindú y un musulmán. Ella lleva la voz cantante, mujer de poca presencia física y gran energía, que fue consejera de Juventud y Deporte, competidora a nivel internacional con el esgrima que vio truncada su carrera olímpica como triatleta en Barcelona 92 por culpa de una lesión.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Sonex Bhagwandas, Alberto Aflalo, Fernando Márquez, Susana Román y Abselam Abderrahaman, integrantes de la asociación Salvemos Ceuta.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Sonex Bhagwandas, Alberto Aflalo, Fernando Márquez, Susana Román y Abselam Abderrahaman, integrantes de la asociación Salvemos Ceuta.

(Txema Rodríguez)

(Txema Rodríguez)

Cuenta que todos trabajan en Ceuta y comparten mucho tiempo en los juzgados, que entre un juicio y otro, después de pelearse en la sala, se toman un café y que un día, en septiembre, pensaron que desde el punto de vista jurídico se podría hacer algo y constituyeron la asociación civil, porque «lo más impactante es que no se ha hecho lo que se tenía que hacer, es alucinante, un país en el que se produce una invasión de su frontera y durante día y medio mira para otro lado, nada de nada; te compro que no supieras nada, pero... ¿no defender tu frontera?».

La asociación ha logrado, por ahora, que se admita a trámite en la Audiencia Nacional su solicitud de información sobre la inacción del Gobierno, un procedimiento ordinario por la vía contenciosa. Recuerda que en 2021 se aprobó un programa de defensa del que «no han hecho nada porque no hay contrataciones, tampoco se aplicó el reglamento europeo que permite suspender el derecho de asilo y devolver a esa gente a ese país, por lo que sea es un diálogo que España no quiere entablar con Marruecos».

Asegura la procuradora que otra de las inquietudes de la asociación es llegar a conocer qué pasó, «quién decidió no defender la frontera, ya que en Ceuta habrá como poco dos mil militares, y tampoco lo entendemos desde el punto de vista político, es indefendible; nosotros somos gente acogedora y solidaria, pero esa gente estaba manejada y llegaban en masa. Ponga usted unos tanques en la playa o explíqueme por qué no ha hecho nada», concluye.

El trauma de los niños

La playa de la Ribera es una tranquila bahía urbana de la zona sur con vistas a la frontera de Marruecos. A Natalia Bernal le gusta bajar a menudo desde su casa con su hija Paula. Aunque por ahora habla de ello en pasado. La mujer, de 51 años, trabaja como educadora en el Centro de Realojo Temporal La Esperanza, en Hadú, donde se protege a menores extranjeros. «Ya sabes que de eso no puedo hablar», me advierte. Pero me puede contar la experiencia con su niña, «traumática para los pequeños, todo el día escuchando gritos, camiones, coches de con sirenas, ambulancias. Ellos se hacen la idea de que esto es una guerra y mi hija, con 10 años, se empeñó en escribirle una carta a la ministra. Decía que quería pedirle que le devolvieran su infancia. Ya ves, se le metió en la cabeza que esto era cosa de una ministra», sonríe.

Días después Paula escribió otra carta y se la pudo entregar a los Reyes. La misiva dice: «Desde Ceuta, ciudad abandonada por el Gobierno, no por ustedes. Por favor, solucionar el problema, lo estamos pasando muy mal, están robando mucho, antes no había violencia, ahora sí, y confío en ustedes para salvarla».

Abajo, en el chiringuito sobre la arena, se celebra una fiesta de cumpleaños a puerta cerrada. Hasta el paseo llegan las animadas voces en árabe. Junto a nosotros se sientan unos cuantos chavales de los cientos que deambulan por la ciudad y Natalia se pone tensa. «Esto se nota en la vida diaria, ya no puedes dejar a tus hijos solos. Todos los que llegaron de esta manera tienen que regresar, los ceutíes no tenemos la culpa», explica. «Y que no me vengan con que somos racistas, no es verdad. Nos llevamos muy bien con los musulmanes, convivimos, compartimos cosas cada día de nuestras vidas, pero yo no tengo que ir por la calle y soportar que me miren de arriba abajo».

«No tienen disposición de buscar, solo de que les den papeles y trabajo en la península, pero no se implican»

Natalia se define como caballa hasta la médula, cristiana, practicante de vez en cuando, y enamorada de su ciudad: «Adoro este sitio, es mi hogar, mi identidad». Lamenta que el balón del problema se quede en este lado de la frontera. «A esta gente no les gustan las normas. No tienen disposición de buscar, solo de que les den papeles y trabajo en la península, pero no se implican. Nosotros tenemos miles de estudiantes que se esfuerzan cada día y no pueden hacer nada con sus vidas, no es justo». Aunque, precisa, eso no es obstáculo para hacerse cargo de los problemas. «Por supuesto que estamos en la obligación de darles todo lo que podemos, es mi trabajo… son niños y hacemos lo que tenemos que hacer».

La victoria del miedo

El mercado central es un trasiego rítmico. Se acerca el fin de la mañana, una cualquiera, una más, y Anissa busca cualquier resto que recoger del suelo. Pasa a menudo por la planta baja. Ayer llovió y el suelo es navegable. Sonríe, saluda y habla sin parar. Los nombres de los establecimientos dicen mucho al foráneo. Perfumería Ahmed Haddu, Comestibles Pilar, Alimentación Abselam, Almadina, Dris, Hassan o Carnicería Manolo. Llega la hora de salir, pasada la una. Anissa ficha y vamos caminando hasta el colegio a buscar a su hijo pequeño, Mohamed, de 6 años. Lo tuvo con un hombre al que es mejor no nombrar y nació un 13 de marzo, en plena pandemia. «Mi hermana al niño le llama Covid», bromea.

El padre ahora está en prisión porque un día huyó de un control policial y resultó que llevaba una pistola en la guantera -«vamos, que me salió rana», sentencia-. Antes estuvo casada con Karim y tuvieron dos hijos, Haron y Safa. Murió en un accidente de tráfico cuando estaba embarazada de cinco meses de la niña. «Fue en Bilbao, hubo una época en la que se vendía muy bien la ropa de cuero de Marruecos, íbamos y veníamos mucho (...). Mi hija se parece a él».

Dos jóvenes en un asentamiento, con la ciudad de Ceuta al fondo

Dos jóvenes en un asentamiento, con la ciudad de Ceuta al fondo.

(Txema Rodríguez)

Se levanta cada día a las cinco de la mañana y baja desde la parte alta del Príncipe, dos o tres kilómetros, para coger el autobús. Anissa es ahora bastante popular en el barrio porque saben lo que piensa y lo ha manifestado en público. Es una mujer musulmana que cree que «a los invasores se los tienen que llevar. Me dicen que somos hermanos, pero son gente que han invadido mi paz y mi familia, ¿cómo van a ser mis hermanos?».

Se manifiesta encantada con su religión. «Me gusta, aunque no me tapo del todo, respeto el Ramadán, pero a los marroquíes les molesta. Amenazan con matarme, con violarme, pero a mí eso me da igual. Tendrán que aceptar que soy musulmana y mujer y puedo opinar que si Pedro Sánchez los quiere se los lleve a La Moncloa. Van a convertir Ceuta en un CETI (Centro de estancia temporal de inmigrantes)».

Camino del colegio, el Mare Nostrum, nos cruzamos con chavales, unos críos. «Los de aquí los reconocemos enseguida». Cuenta que el día anterior preparó unos bocadillos para un grupo que andaba cerca de su casa. «Acababa de llegar de hacer la compra y, claro, cómo no les iba a dar algo de comer. Son niños, como estos que vemos, hay muchos por las zonas altas de la ciudad».

Cualquier rincón de los barrios periféricos o zonas altas de la ciudad sirve de refugio ahora que han sido desalojados de las playas

Cualquier rincón de los barrios periféricos o zonas altas de la ciudad sirve de refugio ahora que han sido desalojados de las playas.

(Txema Rodríguez)

Habla de sus orígenes. Su abuelo estuvo en los Regulares, y revive aquel 30 de julio con nitidez porque fue testigo directo. «Había llevado a mi hija a un dermatólogo y estaba allí. Vimos cómo abrían la frontera y dejaban pasar a la gente». Como cada ceutí, ella tiene su teoría. Cree que Sánchez enfadó a Marruecos con su visita a Argelia y que los chavales pensaban «que iban a venir aquí y les iban a dar trabajo y las llaves de un coche…¿sabes? Todo esto ha hecho que haya piques entre nosotros».

A ella no la puedo fotografiar, el miedo hace su trabajo. La empresa para la que trabaja también presiona para que dé un paso a un lado. «Lo siento», me dice por teléfono unos días después.

A la mañana siguiente, muy pronto, subo al ferry. A mi lado, una señora mira en su teléfono un programa de Arguiñano —«se cortan los pimientos, la cebolla y la zanahoria en dados y se pochan hasta que hagan chup, chup…», escucha—. A lo lejos, la gran bandera rojigualda ondea con pereza sobre la entrada de la ciudad. Pocos lugares existen donde sus habitantes se sienten tan españoles.

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