Los temporales que afectaron a distintas zonas del país durante los últimos días volvieron a poner en evidencia la vulnerabilidad de las ciudades frente a eventos climáticos extremos y la necesidad de anticiparse a sus impactos. Expertos plantean avanzar hacia una planificación basada en evidencia, infraestructura resiliente y modelos como las ciudades esponja, mientras ciudades costeras adaptan sus planes a un clima más extremo.
Un sistema frontal dejó calles anegadas, problemas de conectividad y afectaciones en distintos puntos del territorio durante los últimos días, y volvió a poner en el centro del debate la capacidad de las ciudades chilenas para enfrentar fenómenos meteorológicos extremos. ¿Están preparadas para un clima que se vuelve cada vez más incierto?
Para los expertos, el desafío pasa por construir infraestructura más resistente, así como por anticiparse al riesgo desde la planificación del territorio: saber dónde se puede construir, qué zonas deben protegerse y cómo diseñar barrios, espacios públicos e infraestructura capaces de resistir y recuperarse frente a eventos extremos.
El director alterno de CIGIDEN y académico de la Universidad Técnica Federico Santa María, Jorge León, explicó que una de las principales brechas está en que todavía no existe un conocimiento suficientemente detallado de los riesgos a los que están expuestos los distintos territorios. “El problema se puede asociar a la falta de conocimiento o desarrollo en los tres componentes del riesgo: tanto la amenaza como la vulnerabilidad y la exposición”.
El investigador advierte que esta falta de información dificulta anticipar los impactos de fenómenos como las inundaciones. “Como no conocemos bien las amenazas en muchos territorios de Chile, no tenemos nociones de lo que podría pasar, no las medimos con precisión y no podemos evaluar la otra componente del riesgo, que es entender bien lo que está expuesto a esas potenciales amenazas”, señaló.
A esto se suma la vulnerabilidad del entorno construido. “Todos los elementos del ambiente construido —las edificaciones, las redes viales, los espacios públicos— tienen niveles de vulnerabilidad diferentes frente a esa misma amenaza. Y en muchos casos lo que hemos visto es que, lamentablemente en Chile, la mayoría de los elementos del ambiente construido tienen una alta vulnerabilidad, es decir, no están preparados para ser resilientes frente a esa amenaza”, comentó León.
Por eso, el investigador plantea que Chile debe avanzar desde una cultura centrada en responder y reconstruir hacia otra basada en la prevención. “El primer paso para avanzar hacia una cultura de prevención, en vez de una cultura de respuesta, es enfatizar la importancia de los diagnósticos; es decir, tenemos que conocer el territorio que habitamos y entender que ese territorio está sujeto a niveles de incertidumbre cada vez más grandes desde el punto de vista de los fenómenos ambientales que pueden ocurrir en él”, planteó.
La necesidad de anticiparse es aún más urgente en el contexto del cambio climático. Consultado por La Tercera, el decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad del Desarrollo, Pablo Allard, advirtió que los patrones de precipitación están cambiando y que las ciudades deben prepararse para lluvias más intensas. “En el caso de Chile, con el último temporal que afectó la zona central y el Norte Chico, quedó en evidencia que tendremos menos frecuencia de precipitaciones, pero estas serán más intensas y prolongadas”, advirtió.
“Lo que afectará en forma importante la capacidad de nuestras ciudades no solo de almacenar estas aguas como reservas para el consumo humano, sino también de manejar los sistemas de drenaje urbano para conducir los excedentes de agua sin que se produzcan anegamientos e inundaciones”, agregó.
Ciudades esponja para enfrentar las lluvias
Una de las opciones que Allard plantea es avanzar hacia el modelo de las “ciudades esponja”, que busca que las ciudades sean capaces de absorber, almacenar, infiltrar y reutilizar parte del agua de lluvia. “Cada techo, cada calle o pavimento lo que hace es evitar que las aguas lluvias sean manejadas en su origen para irrigar el suelo y percolar a las napas”.
Su propuesta es incorporar sistemas urbanos de drenaje sostenible que combinen urbanismo, paisajismo e hidrología. “El objetivo es dotar la ciudad de ‘nuevas capas’ permeables en tejados y pavimentos que se comportan como sumideros filtrantes que emulan el ciclo natural del agua”.
Esto significa utilizar pavimentos porosos, plazas de agua, acequias y lagunas de infiltración, además de reconocer el valor de humedales, quebradas, ríos y esteros como parte de la infraestructura de adaptación. “Una ciudad esponja es un nuevo modelo de construcción urbana para el manejo de inundaciones, que fortalece la infraestructura ecológica y los sistemas de drenaje”, sostuvo Allard.
“Chile debería avanzar en una política de manejo de drenaje urbano de aguas lluvias en que ríos, esteros, canales, lagunas y humedales incorporen diseños de ingeniería y paisajismo que integren los principios de ecología del paisaje, incorporando sistemas de manejo del agua en su origen”.
Valparaíso y Viña del Mar se anticipan a nuevos escenarios
El desafío de adaptar las ciudades a un clima más extremo es clave en Valparaíso y Viña del Mar, que combinan una geografía compleja con exposición a inundaciones, deslizamientos, incendios y otros riesgos. Desde el Centro de Acción Climática de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, José Tomás Videla, director de Adaptación, y Cristina Bonilla, de Desarrollo de Proyectos, advierten que la vulnerabilidad de estas ciudades no puede explicarse solo por el cambio climático.
“También es el resultado del proceso histórico de urbanización del Área Metropolitana de Valparaíso, que ha extendido la ciudad hacia las laderas, quebradas y zonas de interfaz urbano-rural-forestal, en un territorio de alta complejidad geográfica”. En distintos sectores, agregan, “la ocupación formal e informal avanzó más rápido que la actualización de los instrumentos de planificación normativos, la infraestructura, la conectividad y los servicios urbanos”.
Por eso, plantean que ambas ciudades deben avanzar hacia una planificación territorial basada en evidencia climática y que incorpore escenarios futuros. En Valparaíso, uno de los desafíos está en actualizar un Plan Regulador Comunal vigente desde 1984, incorporando el cambio climático y una mirada integrada del territorio. En Viña del Mar, se desarrolla una modificación completa del Plan Regulador Comunal, actualmente en la etapa de definición de la Imagen Objetivo, proceso que incorpora los riesgos socionaturales y el cambio climático mediante su Evaluación Ambiental Estratégica.
Esa planificación normativa debe ir acompañada de inversión y gestión preventiva. Entre las medidas que identifican están la mantención de quebradas, el drenaje de aguas lluvias, el manejo de escorrentías y la estabilización de taludes, además de vías de evacuación seguras y accesos para los servicios de emergencia. “La resiliencia exige combinar planificación normativa, indicativa, información climática y medidas de gestión territorial que vayan en relación con la inversión preventiva y la capacidad de respuesta”, concluyeron.