Ciudades vivas; ciudades humanas | El Dia

2026/08/23

Indisoluble y homogénea es la mirada de Mercedes Maiztegui cuando camina, cuando trota, cuando respira. Su prosa parece exhibir una forma única de percibir este mundo contaminado e imperfecto: inhala fuerte y traga la sensualidad de Cali, Colombia -por poner un ejemplo-. Fagocita ese aire y devuelve como exhalación oraciones como estas: “La razón es simple: no hay forma de bailar como lo hacen en esta tierra”. Una explicación que no disimula el poco interés por detallar; sino que alienta la interpretación, empuja al ¡dale, vivilo vos! ¿Qué tenés para perder?

Como esta y múltiples sensaciones más son las que desbordan a su nuevo libro Las hojas de las ciudades (2026), editado por Malisia, presentado en mayo en La Plata y que hará lo propio durante las próximas semanas en la Ciudad Autónoma.

Dividido en cinco partes -Souvenirs, Monumentos, Bolsos, Formas para un nombre, La Curva- el libro es un compendio de crónicas poéticas cuyo contenido son textos descriptivos de diferentes terruños del mundo. ¿Poemas? ¿Perfiles de ciudades? ¿Trabajo periodístico? Poco importa el encuadre aunque Mercedes Maiztegui los bautizó como “cortitos”.

Es que en los casi 100 relatos que integran la obra, la autora excede la idea de guía turística y opta por contar lo que alguna vez la rodeó, su experiencia personal. A través de la compleja tarea de observación atenta y antropológica, suma emoción y sensibilidad a las descripciones.

Así, la prosa de Maiztegui parece fabricarle un marco de carne y hueso a las ciudades para luego agarrarlo por los hombros, mirarlo a los ojos y develar el secreto que esconden sus cementos. Los objetos, entonces, cobran vida a través de los humanos, se pliegan a estos, los miran de igual a igual y logran ese carácter metafísico que se persigue desde la génesis de nuestra historia: cobrar sentido.

Sin ir más lejos, los títulos son una advertencia: “Medellín, la ciudad de la amabilidad”, entre otros. Aquí, un extracto: “Una ciudad corre a lo largo del río, al subte se entra con voluntad de combate. Provoca el vértigo de mirar arriba y encontrarse en una olla verde. Las plantas no conocen reglamentos de canteros. Se cuelan, reclaman”. La humanización, continúa. Es que Las hojas de las ciudades es una postal de cómo la gente vive aquí y allá, se alimenta de olores y sabores y se nutre de las inagotables culturas del mundo.

La lectura de la obra invita a pensar: ¿por qué esto y no lo otro? La toma de decisiones, el recorte, el lente focal observando una cara de la cuestión consiste de una labor artesanal. A podar a cada texto y darle forma como a un bonsái -cortar ramas extensas, regarlas con metáforas, elegir la maceta justa con el título- Maiztegui lo define como un trabajo espiritual cuyo único fin fue encontrar la mejor versión.

La obra tiene música, ritmo; metáforas y escenas casi fotográficas. En alguna entrevista, la autora confiesa que el objetivo fue que las piezas puedan abrir y provocar preguntas.

Hacia el final de los relatos, los títulos compuestos por nombre de la ciudad más una definición, muta a la combinación lugar más personas, como por ejemplo “En un asado, el pintadito”. Luego, en el ocaso de las páginas, aparece la sección “La curva” para exhibir una decena de relatos pandémicos.

EL APELLIDO

Maiztegui se suma a la extensa danza de nombres como Guerriero, Uhart, Felisberto Hernández, Laura Wittner, Ítalo Calvino o Chaparro Madiedo cuando se habla de literatura de la observación.

Sin embargo, a la platense poco le importa la comparación y prefiere decir que esos autores están presentes en su prosa y “en la forma de pensar la literatura como una forma de revelar una experiencia más que catalogarla”.

Mercedes, quieta, es una escritora del movimiento: exhibe cómo transpiran los parajes. Ella nació en La Plata y en 2015 publicó, también con Malisia, el libro de cuentos El horizonte de la visera. Es música y también estudió letras en la Universidad Nacional de la capital bonaerense.

Como si fuese poco, casi escondido en uno de sus relatos (“En un nombre, yo”) también se describe: “Mi nombre, antes de yo conocerlo, era uno de esos muebles que unían generaciones. En enero de 1978 mi tía Mercedes desaparece. Cuando nací, un poco después, me dieron su nombre.

Lloré mucho sin saber por qué una muerte sin nombre me diera a mí uno. No sé si es mío. Tiene la prudencia de los libros que no quieren molestar, que esperan ser abiertos, que pueden ser leídos. Ella nunca supo de mí y casi se poco de ella. Si lo que nos une son esas palabras que llaman nombre; si al final no fue tanto dolor callado lo que nos juntó como pan con mayonesa. Esta pena sigue contando nombres, muertes sin nombres y nombres sin muerte. Sigue habiendo una razón para que eso suceda y parezca edificio. ¿Se le podrá dar volados para que no esté tan hecho, tan triste, tan lunes?”.

LAS HOJAS DE LAS CIUDADES

MERCEDES MAIZTEGUI
Editorial: Malisia
Páginas: 151
Precio: $24.000

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