Cómo comunicar mejor y perder el miedo a exponerse: los consejos de Franco Pisso para desarrollar la marca personal

2026/10/16

En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, Franco Pisso, docente universitario y especialista en comunicación, reflexionó sobre el poder de la oratoria, la marca personal y las habilidades sociales. Explicó por qué saber comunicar una idea puede marcar la diferencia entre un proyecto que queda en el papel y uno que logra concretarse. Además, defendió la premisa de que hecho es mejor que perfecto y compartió herramientas para superar el miedo, enfrentar la resistencia y animarse a salir de la zona de confort.

También habló sobre cómo construir vínculos genuinos a través de la curiosidad y la escucha, la importancia de adaptar la comunicación a cada persona y la función del lenguaje no verbal. Se refirió al propósito, el bienestar y la necesidad de dejar de vivir pendientes del qué dirán. A partir de su propia experiencia, contó cómo encontró su vocación en la docencia y cómo el estudio de la comunicación de Jesús lo acercó nuevamente a la fe. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.

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Franco Pisso es abogado, docente universitario, escritor y especialista en oratoria y comunicación. Se desempeña como profesor de Oratoria Jurídica y Argumentación en la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA) y se hizo conocido por divulgar herramientas de comunicación efectiva, persuasión y lenguaje no verbal a través de YouTube y otras redes sociales, donde reúne una amplia comunidad de seguidores. Es autor de libros como Francotiradores y Pissoteando mitos, y creador de Oratoria para Inconformistas (OPI), una formación orientada a desarrollar habilidades comunicacionales. En 2024, recibió el reconocimiento de Docente y Comunicador Distinguido de la ciudad de Rosario por su trayectoria en la enseñanza y la divulgación de la comunicación.

Franco Pisso sostiene que comunicar una idea permite ordenar proyectos, conectar con otras personas y llevar propuestas más allá del papel (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Por qué te parece importante la comunicación?

—Porque somos seres sociales. Somos seres que, sin un otro, no podemos vivir ni crecer. Desde bebés no somos autónomos. Esa carencia de autonomía requiere, sí o sí, que nos podamos comunicar entre nosotros para decir “te necesito”, “me siento mal” o “no sé qué me pasa”. Y si nos vamos un poquito para atrás, necesitábamos decir que teníamos que cazar un mamut y nos entendíamos de alguna forma, con otro tipo de modismos. La comunicación, lógicamente, fue mejorando para que las palabras suplan esa clase de movimientos o sonidos e, igualmente, podamos coordinarnos y ordenarnos, porque la comunicación sirve para eso.

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—Muchas veces, la diferencia no está en tener una buena idea, sino en saber comunicarla. ¿Qué puede cambiar en la vida de una persona cuando aprende a expresar mejor lo que piensa y lo que quiere?

—Es interesantísimo esto porque está repleto de gente con grandes ideas que nunca fueron comunicadas, nunca salieron a la luz ni del papel, porque siempre tuvo demasiado miedo al qué dirán. Entonces, por las dudas, no dice nada. Pero la realidad es que, cuando uno empieza a expresar lo que siente o lo que piensa, o logra poner en palabras las ideas que tiene, el mundo empieza a ordenarse en base a las ideas y a los proyectos que uno tiene.

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En esta clase de conocimiento, hecho es mejor que perfecto, porque la perfección acá es lo opuesto a lo humano. Nosotros buscamos la perfección en el desarrollo de una idea, por ejemplo, pero es imposible alcanzarla. Siempre es mucho mejor estar apasionado por tu idea y poder transmitir esa pasión para conectar con la otra persona. Cambia muchísimo, rotundamente, cuando una persona realmente sabe aplicar y poner esas herramientas a disposición, en comparación con quien tiene una grandísima idea, le apasiona, pero no sabe llevar o trasladar eso que siente a la otra persona.

—¿En qué casos de tu vida profesional o personal aplicás esto de “hecho es mejor que perfecto”?

—En casi todo. Con mi primer libro, ninguna editorial me quería tomar, a ninguna editorial le interesaba sacarlo, y yo fui a una imprenta de las que hacen fotocopias. Le dije: “Hola, tengo mi libro en un pendrive y me gustaría que me lo impriman”. Y el tipo me miró como diciendo: “¿Qué te pasa, flaco? No se hace así esto”. Y le dije: “No me importa, quiero que lo imprimas así como salga”. Así validé la idea, por ejemplo. Validé que había personas a las que les interesaba aprender sobre comunicación. Esto fue en 2017 o 2018. Hecho es mejor que perfecto, en esta disciplina, es un principio fundamental.

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Tenés que animarte a ir a rendir, a tener este podcast y a poder decirle a alguien: “Che, me gusta estar en tu compañía”. ¿Cómo lo decís? Al principio no es tan relevante. Después hay que ir puliéndolo. No estamos hablando de ingeniería civil, porque si “hecho es mejor que perfecto” se aplica a la ingeniería civil, se caen los puentes y los edificios. Acá estamos hablando de algo blando y, básicamente, realizarlo hace que ganes confianza, porque hacer esta clase de cosas no es divertido ni lindo, pero te va a generar cada vez más confianza. Evidentemente, estás haciendo algo que no querés, algo que hoy en día, encima, es muy complicado, porque todo el mundo únicamente quiere hacer cosas que quiere.

Una mujer con traje claro sostiene un micrófono junto a un atril mientras el público aplaude al fondo.
La comunicación permite expresar necesidades, ordenar proyectos y transformar ideas en acciones cuando se deja de lado el miedo a la opinión ajena (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Alguien que entra a tu canal de YouTube, ¿qué se va a llevar? ¿Qué va a aprender?

—Yo espero que se lleve algo para la diaria. Muchas veces, lo que intento hacer es agarrar coyuntura, temas que considero relevantes o sobre los que esa persona puede llegar a tener algún tipo de interés, y explicar la parte teórica o mostrar cómo se realiza eso a nivel práctico para que lo pruebe. Porque no existen los 10 pasos mágicos para comunicar increíblemente bien. Eso es muy vendible. Un libro con ese título sería espectacular, un best seller.

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Pero no pasa así, no sucede de esa manera. En YouTube, te doy las herramientas para que saques de ahí. Lo probás: funciona. Lo probás: no funciona. Pero siempre hay otras herramientas. Y yo espero que, cuando me vean, se vayan un poquitito mejor, porque mi naturaleza es la del profesor. El profesor, para mí, es un sujeto que actúa como si fuese un trampolín. Yo no quiero ir con vos hasta la estratósfera o hasta donde vos quieras ir. A mí me interesa impulsarte a que lo logres. Y eso es lo que intento hacer. A veces me sale mejor o peor, pero esa es la búsqueda.

—¿Qué referentes de distintos ámbitos, desde el deporte y la política hasta los medios, destacás hoy por su capacidad para comunicar?

—Depende. Es que es todo tan subjetivo en este tema de la comunicación que, por ejemplo, cuando veo la despedida de Messi —y yo soy Messifan—, está Messi terminando su carrera, hablando ahí, emocionándose frente a 80.000 personas que había en el Monumental. ¿Messi habla bien o habla mal? Messi habla desde el lugar de Messi, de la manera en que habla Messi. Y yo no espero ver a Messi diciendo: “Hola a todos, ¿qué tal? Muchísimas gracias por haber venido”. No espero eso; sería muy raro. Entonces, Messi habla bien desde el lugar en que yo creo que habla Messi.

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Muchas veces, el problema está cuando yo espero que alguien hable bien y ese alguien no habla; cuando yo espero que un líder me diga exactamente lo que tengo que hacer y ese líder no lo hace. Tengo un montón de referentes. Marcelo Bielsa es uno de ellos. A mí me encanta cómo habla. Hay jugadores de fútbol que hablan bárbaro, hay políticos, economistas y personas de los medios que hablan increíble. Te podría decir realmente un montón, pero tienen que ver con lo que yo espero que haga un periodista, un economista o un futbolista. Y acá la vara es muy de cada uno y, sobre todas las cosas, depende de las aptitudes de cada uno. Uno no espera que una persona que tiene tartamudez se comunique de la misma forma. Sería un error conceptual grave, al menos a mi criterio.

Franco Pisso citó la despedida de Messi ante 80 mil personas en el Monumental y sostuvo que cada figura comunica desde su propio lugar (REUTERS/Matías Baglietto)
Franco Pisso citó la despedida de Messi ante 80 mil personas en el Monumental y sostuvo que cada figura comunica desde su propio lugar (REUTERS/Matías Baglietto)

—Hablás de marca personal y una de las cosas que decís es que, para volverse una persona interesante, primero hay que estar interesado. ¿Podrías profundizar?

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—No sé si fueron las películas, la cultura o en qué momento pasó eso de: “Creo que tengo que hablar un montón. Le quiero contar a la gente todo lo que he atravesado hasta llegar hasta acá”. La realidad es que a nadie le importa lo que vos tuviste que atravesar, a nadie le interesa. Es horrible, pero, al mismo tiempo, es liberador, porque a nadie le importa si yo sufrí mucho o no. A la gente le interesa que yo esté hablando de ellos o que intente pensar en ellos.

Y cuando vos entendés esto, por ejemplo, a nivel social, tenés que ir a una reunión y no conocés a nadie. Te podés poner a hablar de vos, pero es mucho mejor y más efectivo si preguntás de manera realmente interesada. Porque otra cosa es fingir interés, y eso tiene patas cortas. Es como: “A ver, contame un poco, ¿qué estás haciendo?”.

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Y no te interesás y, a la primera, tirás: “Vos sabés que yo hago esto”. Ya sé que, en realidad, esto es un approach pensado para llegar hacia mí. Pero la realidad es que el interés genera mucho eso, porque los seres humanos amamos hablar. Entonces, si hacés hablar al otro, si el otro te cuenta sus experiencias y a qué se dedica, esa persona genera mucha más empatía que si solamente te escucha. Porque la escucha es un esfuerzo consciente. Nosotros gastamos energía para escuchar de manera real al otro. Entonces, cuando hay otro que me está escuchando, está gastando mucha más energía. Por ende, a nivel biológico, también es mucho más redituable hacer consultas, preguntas, interesarte y, sobre todo, hacer preguntas abiertas, que son las que hacen que la persona pueda desarrollar.

—Cultivar intereses diversos te vuelve una persona más interesante. ¿Qué lugar ocupan la curiosidad y la apertura hacia otros temas?

—Cien por ciento. Hay un concepto que me gusta mucho, que desarrollé en un cursito gratuito que tengo: el concepto de mesas. Cuando te interesás y curioseás cosas que están fuera de tu ámbito, eso te va a permitir sentarte en mesas que no son las tuyas, en las que no te sentás comúnmente. Si veo tenis y me gusta ver a Alcaraz, ver cómo termina la carrera de Djokovic, eso me va a permitir hablar con personas con las que normalmente no hablaría porque no estamos en el mismo mundo, pero sí compartimos ese interés. Esto pasa mucho en las empresas. Uno empieza a hablar con gente que está mucho más arriba jerárquicamente cuando empieza a compartir otras cosas.

Te lo cruzás en un evento deportivo o cultural. Conectás por otro lado y eso te permite sentarte en muchas mesas. Por eso es tan importante la lectura, la cultura en general, mirar películas, series y estar un poquito al tanto de lo que está pasando, al menos a nivel mundial. Está muy bueno porque te permite generar conexiones genuinas. Muchas veces sentimos que únicamente tenemos que leer de lo nuestro, profundizar y ser especialistas. Y yo banco eso. Es muy importante que tengas un eje que ordene tu vida, pero todo lo otro es lo que va a generar que puedas abrirte, conocer gente nueva y vincularte con personas con las que no te vincularías si no fuese por ese otro interés.

Primer plano de un hombre sonriente, con chaqueta azul y camisa, gesticulando con las manos mientras habla con una persona. Fondo de oficina borroso con ventana.
Pisso plantea que las preguntas abiertas, la curiosidad y la escucha consciente favorecen vínculos genuinos y permiten conocer a otras personas (Imagen Ilustrativa Infobae)

—A veces, las buenas ideas vienen de gente que puede conectar distintas disciplinas. Es unir cosas que estaban distanciadas y poder darles un mismo foco. ¿Cómo lo ves?

—Tal cual. La creatividad, de hecho, es eso. Por ahí, al principio de mi canal de YouTube, cuando empecé a estudiar comunicación, hace muchos años, me introdujeron a la serie estadounidense de televisión Lie to Me, y yo dije: “Che, mirá qué interesante”. Vi la serie y eso se me borró de la cabeza, porque en la maestría en oratoria, que es la que hice yo, la comunicación no verbal es una partecita, porque hay otras cosas que son mucho más profundas y transformadoras.

Y después lo vinculé, muchos años después, y dije: “Che, qué interesante podría ser empezar a explicar en YouTube casos reales, pero traer esa cosa ficticia que pasa en Lie to Me. Yo no soy el chavacito de la serie, lo de Lie to Me no existe. Pero puedo traerlo y hacerlo más académico”. Es la vinculación de dos cosas. Después de eso surgió lo de YouTube, por ejemplo. Es cultura mezclada con YouTube, en este caso, y decir: “Cómo esto se puede vincular”, pero también con la cara y con mi estilo más metodológico ahí.

—Dijiste que cambiás mucho de opinión. ¿Te acordás qué fue lo último?

—Pasa que cambio tanto de opinión. Con la fe, por ejemplo. Yo fui creyente durante mucho tiempo. Después, con la muerte de mi vieja, dejé de creer. Más tarde, me volví a acercar a la fe por un estudio que hice para un libro y cambié rotundamente de opinión. Pero a mí no me molesta no ser congruente con quien fui. Yo elegí las cosas que elegí de la mejor forma en que creí que las tenía que elegir.

Pero voy con cosas más banales, qué sé yo: estudiar Derecho. Yo me recibí de abogado sin querer ser abogado. Después dije: “Che, ¿para qué estudié esto?”.

Y ahora digo: “Che, qué bueno que estudié esto, aunque no me dedique”. Es como que voy mutando y no me molesta para nada. Me parece que no enamorarte de tus ideas te da una cintura para decir: “Estoy creciendo”. Pasa que hoy en día, viste, si vos llegás a decir algo que contradice lo que dijiste antes, es como: “¿Qué estás haciendo?”. A mí no me molesta, la verdad. Siento que estoy creciendo. Uno crece muchas veces, profundiza y, muchas veces, dice: “Che, estaba equivocado”. Me parece que también es propio del desarrollo.

Ilustración de un cerebro con líneas azules y verdes, nodos interconectados, y una bombilla brillante encima con destellos dorados sobre un fondo claro.
Franco Pisso afirmó que cambiar de opinión forma parte del crecimiento, y recordó cómo revisó su relación con la fe y con su formación en Derecho (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Te escuché decir que tu filósofo preferido es Steven Pressfield. ¿Qué encontraste en él?

—Es un filósofo contemporáneo que escribió mi libro favorito, o uno de mis dos libros favoritos. Hay un libro muy conocido, que es El arte de la guerra, y hay otro libro, que es La guerra del arte, de Steven Pressfield. Están cambiados el orden. Y Pressfield, en ese libro, habla del concepto de resistencia, que para mí es uno de los conceptos filosóficos más hermosos que he escuchado en mi vida. Es el concepto de que la resistencia es universal, es inabarcable, es esa sensación de no poder hacer aquello que debe ser hecho. Él es escritor y dice: “Yo, todas las mañanas, a las nueve, me encuentro con la resistencia. Me encuentro con esa resistencia de decir: ‘No sé qué escribir, no sé cómo hacerlo, no puedo, me da fiaca’”.

Usa otras palabras, obviamente. Pero se refiere a esa resistencia de decir: “Hay algo que debe ser hecho y yo me voy a encontrar con esa barrera todos los días, me voy a encontrar con esas pocas ganas, con eso. Pero esto debe ser hecho. Y, para cumplir con lo que yo sé que tengo que hacer, tengo que atravesar la resistencia”. En el libro cuenta, sobre todo en la primera parte, que esta resistencia afecta a todas las personas por igual. Cada uno tiene su propia batalla, su propia resistencia. Esa resistencia aparece en todos los aspectos.

Él, por ejemplo, trae a colación —ahora que se hizo famosa de nuevo y que es una gran obra— La Odisea. Habla de lo que pasó con los vientos, algo que no sale en la película. Estaban a punto de llegar, abren una bolsa de vientos en La Odisea y vuelven un montón para atrás. La resistencia, dice él, se profundiza mucho más cuando estás a punto de lograr los resultados. Como que las cosas se empiezan a poner cada vez más complicadas cuando estás cerquita del resultado.

Y me parece algo hermoso porque nos pasa a todos de diferentes maneras. Muchas veces sentimos que, por ahí, el universo nos está hablando: “En realidad, entonces, no me tengo que recibir o no tengo que ir a esta entrevista de trabajo, porque mirá cómo llueve”. A mí me gusta más este concepto de resistencia: que si está lloviendo, si la cosa está complicada, es porque, quién sabe, estamos a nada de lograr el resultado. Hay que ponerle un poquito más. Así que es un concepto que amo y se lo traslado a mis alumnos porque me parece fantástico.

—Todos sabemos que hay cosas que queremos hacer y que pueden mejorar nuestra vida, pero muchas veces nos cuesta pasar a la acción. ¿Qué estrategias te funcionaron para enfrentar esa resistencia y transformar las intenciones en hábitos concretos?

—Soy una persona que, cuando tiene que hacer algo, lo hace. Y me gusta mucho hacer cosas que no me gusta hacer. Es un concepto un poco raro, pero creo que se va a entender rápidamente. Cuando me siento a escribir un libro, tengo otras 400 cosas que tengo que hacer: tengo que grabar videos, quizás hacer una consultoría, viajar porque tengo alguna empresa que me está contratando. Y escribir el libro es lo que menos resultado inmediato me da, no sé si voy a poder hacer algo bueno, pero sé que lo tengo que hacer.

Y, frente a esa resistencia, lo que más me sirve es sentarme y decir: “Yo lo voy a hacer igual. No me interesa si tengo ganas o no. No me importa lo que diga mi cuerpo, lo que diga mi voluntad, porque entonces estoy siendo verdaderamente libre cuando elijo hacer aquello que no quiero hacer”. Porque, si únicamente elijo hacer las cosas que quiero hacer, haría cualquier pelotudez. Yo soy libre cuando elijo hacer aquello que no quiero hacer.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
El especialista describe la resistencia como la barrera que aparece ante tareas pendientes y propone atravesarla para sostener hábitos y proyectos (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Es hasta contraintuitivo, ¿no? La palabra libertad juega ahí en un sentido que no siempre es el que usamos comúnmente. ¿Coincidís?

—Tal cual. A los chicos y a la gente que cursa conmigo siempre les hago hacer un ejercicio muy sencillo: llamar a alguien con quien hace al menos dos años que no hablan. Llamarlo por teléfono. No sabés la cantidad de gente que no puede hacer el ejercicio. Porque, obviamente, el ejercicio tiene sus pequeñas dificultades: no podés avisar que vas a llamar, tenés que llamar de una. Tiene que ser alguien con quien realmente no tengas una conexión, ni siquiera alguien a quien le mandes reels por Instagram. Les digo que tienen que pensar que alguien se murió. O sea, cuando llamás, la persona tiene que decir: “Che, ¿qué pasó? ¿Qué está pasando?”.

Esa tiene que ser la sensación de la persona que tenés que elegir. Y es un momento de incomodidad, claramente, hasta que la otra persona atiende, te manda un mensaje o te corta y te dice: “Che, ¿qué pasó?”. Pero cuando lográs hablar por teléfono y hacés aquello que no querés hacer, vas a darte cuenta, primero, de que la otra persona va a valorar esa llamada mucho más de lo que creés. Y, segundo, de que le estás diciendo a tu cabeza: “Loco, vos no mandás acá”. Porque el instinto ahí te está diciendo: “No llames, vas a quedar como una loca. ¿Qué van a pensar de vos? Seguramente van a decir: ‘Che, necesita algo’”.

Y ahí arranca todo un proceso cognitivo de imaginación de cosas negativas que hacen que te paralices y no hagas las cosas. Esto de hablar en público o estas cosas que yo intento enseñar de comunicación tienen que ver con estos gestos, con estas cositas. Le tenés que empezar a enseñar a tu cerebro de manera clara: “Che, loco, vos no estás al mando. El que está al mando soy yo. Y si yo tengo que hablar por teléfono porque es un ejercicio que sé que me va a servir, aunque vos no quieras, lo voy a hacer igual”. En esas pequeñas cosas me parece que está la clave.

—Cuando empecé a correr, me servía recordar que, muchas veces, si sentís que no podés más, tu cerebro intenta protegerte. Entonces me decía: “Sé que me querés proteger, pero ahora me ocupo yo”. ¿De qué se trata este fenómeno?

—Estás identificando la emoción. Ya la identificación de la emoción, en el momento en que eso empieza a sucederte, es un montón. Y, segundo, un ejercicio que también sirve un montón es ponerle nombre a tu cerebro. No sé: “Che, Claudia, dejá de hincharme las pelotas”. Nombrar a tu cerebro como alguien externo a vos. Porque, en verdad, nosotros estamos hechos para subsistir y procrear. Esa es la biología humana.

Entonces, ¿por qué esta mujer está corriendo sin parar durante tanto tiempo, está gastando tantas calorías, tanta energía? “Pará, frená, porque nos morimos acá”. No sé quién te lo dijo, pero es muy cierto esto de que podés mucho más de lo que tu cabeza cree o de lo que te está diciendo que podés. Pero es propio de la naturaleza. Y, cuando sentimos eso, es como: “Bueno, ok, no pasa nada”.

Mujer lee libro en biblioteca con un cerebro digital iluminado sobre su cabeza. Mesas de madera, estanterías llenas de libros y ventanas arqueadas son visibles.
El experto propone hablarle al cerebro como si fuera alguien externo para reconocer el miedo y actuar aun cuando aparezca la incomodidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Hablás mucho de poner los miedos en su lugar, sin darles más espacio del que merecen ni permitir que determinen lo que hacemos o dejamos de hacer. ¿Qué es el miedo según tu perspectiva?

—El miedo es una de las emociones. Uno le tiene miedo a algo que aún no sucedió, porque, si uno tiene miedo, significa que la emoción está en transición. Yo tengo miedo por algo que no pasó. Por ejemplo, por la pérdida de alguien cercano. Tengo miedo a esa pérdida. Cuando esa pérdida sucede, si es que sucede, ese miedo se convierte en tristeza. Si a esa persona no le pasa nada, ese miedo se convierte en felicidad.

Entonces, el miedo es una emoción transitoria. Ese es el primer punto del que tenemos que ser conscientes, porque, si no, no nos vamos a animar, por ejemplo, a ponerle un freno a una persona que evidentemente nos está avasallando por miedo.

Después puedo sentirme bien o mal si me dejan sin laburo, por ejemplo. Pero el miedo es una emoción transitoria. Hay miedos que nos van a paralizar y otros que nos van a motivar. Y esa diferenciación de miedos, obviamente, te la estoy simplificando un montón, pero hace que nosotros podamos decir: “Le tengo miedo a grabar un podcast con Mili. Y sí, porque va a haber un montón de gente, seguramente habrá repercusiones y no sé qué”. Sí, es verdad.

Pero le tengo más miedo a perderme la chance de grabarlo. Tengo un miedo que me paraliza y un miedo que me motiva. Pero el miedo que me motiva es mucho mayor al miedo que me paraliza. Tengo miedo de hablar en una charla con cinco mil personas delante. Eso es algo que pasa de manera inconsciente en tu cabeza, pero que, si vos lo trasladás al plano consciente, es decir, te ponés a pensar: “¿Tengo miedo de ir a la entrevista de trabajo? Sí, pero tengo más miedo de no conseguir trabajo. ¿Tengo miedo de rendir? Sí, pero tengo más miedo de no poder recibirme de lo que amo hacer”.

Cuando uno empieza a hacer ese proceso racional, el miedo empieza a calmarse. Y hay algo que sirve un montón también, que es decir: “Che, vos vas a sufrir o vas a padecer esta emoción durante un tiempo: hasta mañana, durante cuatro horas. En tres horas esto se termina”. Si vos le decís eso a tu cabeza, las cosas también se calman. Ahí le estás diciendo a ese cerebro biológico: “No te vas a morir. No te vas a morir. Yo te estoy diciendo que no te vas a morir, quedate tranquilo”. O sea, esto es algo nuevo.

Si vas a saltar en paracaídas, capaz que el cerebro no te crea tanto, pero, si no, realmente estamos bien. Por eso sirve tanto, por ejemplo, tomar un poquito de agua o tomar un cafecito en una situación de estrés o ansiedad. El café no es tan recomendable porque puede generar acidez y, a nivel de comunicación, no siempre ayuda. Pero, si tomás un cafecito en una situación de ansiedad, agua, mate o lo que sea, le estás mostrando al cerebro: “Che, si me estuviese persiguiendo un tigre, yo no estaría tomando agua”. Si estás tomando agua, significa que no estás en el peligro que creés que estás. Y ahí es donde la cosa se empieza a calmar.

Hombre sentado en un escritorio en una habitación oscura, con las manos en la cabeza y el rostro iluminado por una lámpara, mirando una pantalla de computadora con datos.
Para Franco Pisso, el miedo anticipa situaciones que aún no ocurrieron y puede paralizar o motivar según la importancia que cada persona le otorgue (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Otra idea que atraviesa mucho lo que divulgás es work smarter, not harder, algo así como “trabajá de manera más inteligente, no hagas un esfuerzo de más”.

—Conozco la frase, pero me parece acertada en ciertos contextos. Hay momentos en los que considero que tenés que estar 12 horas, tenés que trabajar duro. Pero por el solo hecho de decir que podés trabajar duro. Porque, si no, estás más tiempo pensando en cómo trabajar inteligentemente que trabajando duro para ser cada vez más inteligente y trabajar. Muchas veces, la cantidad es mejor que la calidad. Si vos hacés un podcast y estás esperando al invitado perfecto, las condiciones perfectas, todo perfecto, no vas a hacer ningún podcast.

En cambio, si lo hacés, mejorás un poquito; después, mejorás otro poquito. La cantidad de veces que lo hagas, lo duro que le des a este trabajo, va a ser algo mucho más productivo para vos desde el punto de vista, de nuevo y siempre hablando de comunicación, donde la cantidad es mucho mejor que la calidad. Yo antes daba muchas más clases que ahora, por ejemplo.

Daba horas en colegios, hacía reemplazos, estaba en posgrados. Ahora doy muchas menos, pero puedo dar muchas menos porque ya di muchas. Puedo dar mejores clases, puedo hacer mejores videos. Antes, grabar un video podía llevarme seis horas. Ahora, en 15 o 20 minutos, ya tengo el video grabado porque estuve muchas horas para llegar hasta esto. Uno tiene que trabajar inteligentemente, adhiero por eso a la frase, pero hay momentos en la vida en los que uno realmente le tiene que poner “horas culo”, le llamo yo. Sentarse en la silla y no hay otra.

—Es importante tener paciencia con uno mismo: algo que hoy te genera nervios e inseguridad, el año que viene puede resultarte mucho más fácil. ¿Hay que confiar en que, con la experiencia, las cosas se vuelvan más simples?

—Sí, por eso estoy en contra de vivir el hoy y nada más que el hoy. “Y si hoy algo te molesta, largalo y sé feliz”, y no sé qué. Todas esas frases que quedan hermosas en Instagram, quedan realmente divinas con fondito de flores. Me encanta, pero la realidad es que nosotros no nacimos sabiendo nada. Y para que aprendas a caminar, a vos te dolía la cuestión, te dolían los huesitos cuando estabas creciendo, te dolían los dientes. Todo tiene un proceso y muchas veces con los demás somos tolerantes: “Ah, bueno, sí, claro, recién arranca”. Ahora, con nosotros no: “Sos un pelotudo, no servís para nada”.

Banco muchísimo tener esa tolerancia y, como consejo, hay que empezar a tratarse un poquito más como trataríamos a nuestro mejor amigo haciendo las cosas. Si nuestro mejor amigo grabase el podcast que grabaste vos, ¿qué le dirías? ¿Que estuvo bien o que fue un desastre, que no puede hacerlo de nuevo? Como sí te lo dirías a vos. Tratémonos a nosotros mismos un poquito más como tratamos a nuestro mejor amigo, que eso es un poco más justo.

Hombre con cabello oscuro y barba corta mirando su reflejo en un espejo de baño con luces verticales a los lados y azulejos blancos.
Pisso recomienda tratarse con la misma paciencia que a un mejor amigo, para aceptar errores, aprender y afrontar desafíos nuevos (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Qué herramientas o ideas te ayudan a animarte a hacer cosas nuevas? ¿Qué principios te guían y a cuáles volvés más seguido?

—A mí me gusta mucho el concepto de meme. Es un concepto nuestro, intraoficina: planteamos algo totalmente meme, que es: “Che, ¿y si hacemos la formación con mayor cantidad de inscriptos de toda la hispana?”. Es como: “No, bueno, por el meme, vamos. Intentémoslo”. Esa cuestión utópica. A mí me divierte mucho eso.

Yo, la verdad, no soy una persona que planea qué va a estar haciendo en cinco o 10 años. No lo puedo planear. Sé que serviría un montón, pero no lo puedo hacer.

Entonces, me divierto mucho. Siento que la diversión ayuda a que el esfuerzo se deje un poquito de lado, o a hacer esfuerzos por la diversión, por querer que todo el mundo crezca, que a la empresa le vaya bien. No sé, voy por ahí, por el concepto de meme. Es decir, planteamos cosas imposibles, cosas memeables, que, cuando tengamos 90 años, les contemos a nuestros nietos: “Che, ¿vos sabés que hicimos esto?”. (Risas).

—Es como “hacelo por la anécdota”.

—Sí. Siento que, después de todo, la vida es eso. No sé si la vida se traduce en la cantidad de guita que tenés o que hiciste, sino más bien en la cantidad de personas que ayudaste, las cosas totalmente impensadas que lograste o intentaste, o la cantidad de veces que te diste contra la pared. Me parece que pasa por ahí, o al menos intento vivir de esa forma.

Primer plano de tres jóvenes profesionales (dos hombres, una mujer) de pie en una oficina moderna y luminosa, mirando una pantalla de computadora con gráficos y sonriendo.
Pisso propone intentar metas que parezcan imposibles por la anécdota, y valora los desafíos y los intentos (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Una vez dijiste: “El cementerio está repleto de gente imprescindible”. ¿Podés explayarte?

—Sí. Esa frase la saqué de un muchacho rosarino. Cuando la dijo, dije: “No, qué buena frase”. Me acuerdo de que le dije: “Te la voy a chorear, ¿eh? Y no voy a decir tu autoría”. Pero ahora sí la vamos a decir. Lo dijo Juan Junco en una charla que hicimos juntos.

Yo siempre digo que nosotros no le importamos a nadie y que esta época nos ha hecho creer que somos un clip musical. ¿Viste cuando vas escuchando una canción y decís: “Sí, soy yo el protagonista de este tema y, evidentemente, el mundo gira alrededor mío”? La realidad es que no le importamos a nadie, somos totalmente prescindibles. La vida continúa.

Por eso siempre digo: “Che, ¿tenés ganas de menear con la abuela hasta abajo en un cumpleaños de una prima? Menea con la abuela. La abuela no se va a olvidar, vos no te vas a olvidar”. Y, después de todo, ¿qué va a pasar? La gente va a decir: “No, mirá cómo menea Franco con la abue”. Está todo bien. Le dimos una importancia al qué dirán y no: la gente no se va a acordar de lo que digo, de lo que pienso. Hay que vivir un poco más liviano, porque, justamente, el cementerio está repleto de gente imprescindible que creyó que era un antes y un después. Y de eso hay uno solo: Jesús. El único que pudo vivir el tiempo.

—Otro factor interesante de tu reflexión tiene que ver con hacer en silencio, con no contar tanto lo que uno va a hacer, sino trabajarlo y mostrar los resultados.

—Pasa que, muchas veces, cuando uno habla o dice “voy a arrancar el gimnasio”, está poniendo a disposición miedos y expectativas de otros. No digas nada. ¿Querés arrancar el gimnasio? Arrancá. Y después, cuando te vean con un físico diferente, porque vos estás contento o te vean distinto, que te pregunten: “Che, ¿qué estás haciendo?”. “No, arranqué el gimnasio”. “Ah, ¿cómo? Pero no contaste nada”. “No, porque es algo que decidí”.

Entonces, vos manejás expectativas y, además, no obtenés los miedos de nadie. Yo lo tuve con mi viejo. Le dije: “Che, pa, viste que yo soy abogado y soy docente. Bueno, quiero hacer videos de YouTube”.

Y mi viejo me dijo: “¿Qué?”. Mi viejo después me bancó, pero, si yo lo hubiese mantenido en silencio, no hubiese contado con una presión que él cargaba por algo que él no tenía que hacer. Y muchas veces lo que nos pasa es eso: decir: “Che, tengo ganas de viajar a tal lugar de mochilero”. “No, no vayas ahí. No, esto no”.

Son miedos de la otra persona, que no necesariamente los dice porque es mala, sino porque te quiere y te quiere cuidar. Pero son miedos del otro, no son miedos tuyos. Muchas veces creo que uno tiene que aprender a que los proyectos se trabajen solitos y, cuando ya están, ahí se cuenten. Porque, si no, uno termina abrazando miedos o creencias limitantes de los demás y me parece que no está bueno eso.

Un hombre levanta los puños en celebración con luz brillante y confeti cayendo. El fondo muestra luces bokeh cálidas. Su cara no es identificable.
Trabajar los proyectos en silencio permite evitar miedos ajenos, cuidar las decisiones propias y mostrar los resultados cuando ya estén listos (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Qué habilidades blandas sentís que son las que más se pueden aprender y que pueden tener el mayor impacto?

—Aprender de liderazgo, de comunicación en general y comunicación digital. No es lo mismo comunicar a alguien con quien vos te estás viendo que a alguien que te está viendo a vos, pero vos no lo estás viendo. Eso, hoy en día, para mí es ultraclave. Creo que los empresarios y los CEO están comprendiendo, con una claridad absurda, que tienen que empezar a exponerse un poco más, porque la gente conecta con personas y no con marcas. Tanto el liderazgo como la comunicación en general y, si podemos hablar un poquito de este manejo de grupo, que no tiene tanto que ver con liderazgo, sino que puede ser más horizontal, me parece que está buenísimo.

—¿Cuál es la diferencia entre alguien que maneja bien un grupo y un buen líder?

—El líder, en realidad, es una persona que jerárquicamente está avalada. En cambio, quien maneja un grupo puede ser una persona que pertenece, pero es el capitán del equipo. No es una persona que está jerárquicamente investida de la potestad de dar una orden. Un capitán es una persona que está adentro, que pertenece, que es uno más, que está corriendo igual que todos, pero que, al mismo tiempo, cuando hay algún lío, todos lo miran. No lleva la cinta.

Es tu compañero de laburo, pero tenés un quilombo y preguntás: “Che, ¿cómo hago esto?”. Ese es un capitán. Y tiene que saber manejar el grupo porque tiene que decir las cosas, no se tiene que enojar si no las cumplen, porque es un igual y, al mismo tiempo, tiene que intentar velar por sus intereses y por los intereses de los demás. El manejo de grupo es algo hermoso.

Un hombre de pie con una tablet habla a cuatro personas sentadas en una mesa de reuniones, en una oficina luminosa con grandes ventanales y plantas.
El liderazgo requiere adaptar la comunicación a cada persona, entender sus necesidades y buscar que el mensaje pueda ser escuchado (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Hace poco vino un deportista y decía que los mejores técnicos son los que entienden las distintas personalidades que hay dentro de un equipo y pueden hablar con cada uno en su lenguaje.

—Mucha gente dice eso de Scaloni. Yo no sé quién es la persona que te dijo eso, pero hay muchas personas que dicen: “Hay que comunicar como me gustaría que me comuniquen”. No, es falso. Porque si, por ejemplo, a mí me gusta que me puteen, yo no te puedo putear a vos. Yo tengo que intentar comunicarme como vos querés que me comunique. Tengo que hacer el esfuerzo de comunicar de la manera en que creo que vos tenés más chances de escucharme.

Si yo veo que vos te empezás a agarrar la cabeza y es evidente que te duele, no puedo dar respuestas tan largas; sería una locura. Tengo que ir más a lo concreto porque sé que capaz la entrevista se tiene que terminar porque te duele la cabeza. Eso sería adaptar la comunicación y tener esa sensibilidad de que te importa lo que está pasando. Me interesa si Mili me está entendiendo o no. Es ese esfuerzo de entender que hay algunas personas que necesitan más datos, otras menos; algunas van a buscar una historia y otras van a esperar una respuesta más concreta, y listo.

Eso se siente un poco más, ¿no? Pero esto es por la cantidad, al menos eso creo yo. Cuando vos te empezás a encontrar con mucha gente, muchas entrevistas, muchas situaciones como estas, empezás a manejar un poquito más el timing. Son todas esas pequeñas cosas que uno va sintiendo y que, al mismo tiempo, le marcan a uno.

Y adhiero: el gran líder es el que comunica como quien escucha quiere que le comuniquen. Ahora, ¿qué pasa cuando tenemos una multitud? Ahí sí estamos en un problema, porque en la multitud pasa algo que se llama ley de disminución intelectual, donde la multitud deja de pensar de manera individual y pasa a pensar como un todo. Esa ley de disminución intelectual es más complicada. Por eso se dice que los retos se hacen de manera individual y los halagos, en público, a nivel liderazgo. Porque el reto tiene que ser al individuo, que no puede ser juzgado con la disminución intelectual de la multitud.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Un buen líder no comunica como le gustaría recibir un mensaje, adapta sus palabras a la forma en que cada persona puede escucharlas (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Analizás mucho la comunicación no verbal. ¿Qué gestos o señales te parecen más reveladores para entender a una persona?

—La realidad es que lo que yo intento hacer en YouTube es mostrar que existen gestos y movimientos faciales involuntarios, representados por contracciones en nuestro rostro. Es como cuando sacás la basura y hacés una cara de asco porque olés algo feo. Esas emociones se trasladan al rostro de manera involuntaria y, muchas veces, cuando no estás mostrando en el rostro aquello que estás diciendo, aparecen estas incongruencias comunicacionales.

¿Eso significa que hay una mentira? No necesariamente, pero sí que hay una incongruencia. Si esa incongruencia se sostiene en el tiempo y se analiza en combinación, en contexto, según qué es lo que está pasando, evidentemente hay algo que puede llegar a ser raro. Pero no existe la fórmula mágica de la mentira. Sí existen emociones que se trasladan a nuestro rostro y que, en combinación, pueden darnos algunas conclusiones interesantes.

—La máquina que a veces vemos que le ponen, los detectores de mentiras, ¿eso es falso?

—No, no son falsos, esos miden otra cosa. De hecho, hay que tener mucho cuidado a nivel metodológico, porque esto que yo te estoy contando se está revisando: avanza y retrocede por un montón de errores metodológicos de investigación del autor Paul Ekman, psicólogo estadounidense especializado en expresiones faciales, que habló por primera vez de las microexpresiones faciales.

Pero esto que vos hablás del detector de mentiras, el que vemos en las películas, también se puede falsear. Es muy sencilla la lógica. Si yo fuese una máquina de detectar mentiras, me siento en vez de un juez y digo: “Marche preso” o “Usted es inocente”. No existe eso. Tampoco es así con el detector de mentiras, que lo que hace es tomar el proceso fisiológico de tu cuerpo para ver si tenés alteraciones.

Pero, por ejemplo, si vos te ponés un alfiler adentro del zapato y, cada vez que te hacen una pregunta, te pinchás, vas a tener alteraciones fisiológicas que no tienen nada que ver con lo que estás diciendo. Hay un montón de cosas que se estudian.

De hecho, cuando yo estaba estudiando lo de las microexpresiones faciales, había muchos actores. Porque los actores, en las películas, tienen que engañarnos y hacernos creer que están sintiendo algo. Entonces, tienen que saber cómo se identifican esas emociones y cómo se ven en el rostro. Es muy interesante ver cómo esas pequeñas cosas pueden generar más o menos credibilidad.

Tres rostros ilustrados de frente con expresiones de alegría, miedo y sorpresa, mostrando cambios en boca, cejas y ojos.
Las microexpresiones faciales pueden revelar incongruencias entre lo que una persona dice y lo que muestra su rostro, aunque no prueban mentiras (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Me quedé pensando en tu vuelta a la fe. ¿Me contás un poco qué pasó para que volvieras a ser creyente o en qué creés?

—Voy a intentar no llorar porque me acaba de llegar el libro, entonces estoy demasiado sensibilizón. Yo hice un Gran Rex en el año 2022. Mi vieja ya había fallecido. Yo había arrancado con las redes e hicimos este teatro gigantesco, al menos para nosotros. Y esa noche mi novia se había ido a Rosario, mis amigos se habían vuelto también, y me quedé solo en un hotel muy lindo de Puerto Madero. Me sentí muy solo. Sentí el choque entre 3.200 personas gritando tu nombre, queriendo sacarse una foto con vos y abrazándote, y estar absolutamente solo.

Esa noche lloré muchísimo. Tenía que haber sido una de las noches más lindas de mi vida porque logramos algo increíble. Cuando volví a Rosario al día siguiente, me puse a contarle a mi vieja, que ya no estaba, todo lo que había pasado desde que ella había fallecido. Y cuando llego a San Pedro, hay una estación de servicio ahí, freno a cargar nafta, voy a buscar algo para tomar y, cuando estoy en la fila del kiosco de la estación de servicio, digo: “No sé qué estoy haciendo. Le estoy contando a mi vieja sentado acá. Hace una hora y media que estoy hablando con mi vieja. Mi vieja no está, no me está escuchando. Soy un pelotudo”.

Pero, enseguida, también pensé: “Si me está escuchando, tirame un centro”. Dejé de hablar con mi vieja, volví a Rosario, llegué a casa, vi a mi novia, que ahora es mi esposa, y me dice: “Che, ¿vos sabés que no encuentro un libro? Ayudame a buscar”. Voy a mi biblioteca, empiezo a buscar y había un libro que yo no había comprado, que era Cinco minutos con el Espíritu Santo, un librito chiquito. Y yo dije: “Yo este libro no lo compré”. Cuando lo saco, veo que me lo había regalado Analía, que es una seguidora, y cuando lo abro decía: “Para cuando me estés buscando”.

Y ahí fue como que dije: “Che, yo pedí una señal. Esto es demasiado. Yo no lo compré, mi novia me pidió que busque un libro y, de repente, leo esto. Es demasiado”.

Yo tenía la idea de escribir el libro sobre la comunicación de Jesús, que es el libro que ahora ya está casi, pero todavía no está a la venta. Y dije: “Che, creo que es el momento para sentarme a leer los evangelios de nuevo y entender la comunicación de este tipo”. La realidad es que hice y analicé 32 escenas con una profundidad absurda, apoyándome en historiadores, teólogos, especialistas en Sagradas Escrituras y médicos. Y el libro no trata sobre mi fe, trata sobre la comunicación de Jesús. De hecho, dejo bien aclarado que no me interesa ni evangelizar ni hablar del tema, porque yo no sé nada del tema. Pero me es imposible, después de haberlo estudiado tanto, no volver a creer.

Obviamente, hay un montón de gente que pensará que la Biblia es algo que es falopa o lo que sea. Yo respeto a todos. Pero hacer exactamente lo opuesto a lo que yo sé que hay que hacer en comunicación y que te salga bien es porque, evidentemente, estás carteado. Cuando toda la técnica, toda la bibliografía, te dice: “No muevas este vaso acá porque te va a salir mal a nivel comunicación”, y vos lo hacés y te sale bien, es porque sabés cosas que el resto no sabe.

Y yo no sé hasta qué punto eso está bien o no está bien, pero es contrario a todo lo que una persona que estudia comunicación recomendaría que hagas. Y el tipo hizo casi todo lo opuesto a lo que cualquier persona recomendaría. Estaban por apedrear a una mujer acusándola de adúltera. Le tienden una falacia, le tienden una trampa y él tenía que posicionarse frente a una situación. Y el tipo, en vez de hacer cualquier cosa, de plantarse, de mandarlos a cagar, de proteger, se agacha y empieza a escribir en la tierra.

Y decís: “No, ¿cómo te vas a agachar, maestro? No te podés agachar, porque si te agachás, jerárquicamente estás quedando más abajo. Los tipos pueden ser agresivos con vos”. Y después suelta una frase y no se queda esperando a ver cuál es la reacción de los tipos. Ya como que notaba que la situación estaba controlada.

Y eso es contraintuitivo, es contracomunicacional. Es decir, vos estás en una discusión, ¿cómo te vas a agachar? Te estás peleando con alguien, ¿cómo te vas a agachar? ¿En qué cabeza cabe eso? Bueno, en alguien que, evidentemente, hace algo que está fuera de los parámetros de estudio comunicacional.

Nada, y después, la verdad, con todo esto de acercarme, porque me tuve que reunir con teólogos y con curas de diferentes religiones para hacer el libro, me es muy difícil realmente pensar que a alguien le salía tan bien ser congruente.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Las creencias propias pueden cambiar con el tiempo, revisar ideas y experiencias permite crecer sin quedar atado a decisiones anteriores (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Y hay cosas, como esto que me contás del libro, de justo encontrarlo en ese momento, que son muy difíciles de explicar.

—Hoy me llegaron 20 libros, los 20 primeros que tengo que ver antes de mandar a imprimir toda la otra tanda que se va a vender. Hoy estoy solo en Buenos Aires de nuevo, como esa noche. Me llegan los libros estando solo de nuevo. O sea, se me pone la piel de gallina porque es demasiada coincidencia que el libro no tenía que estar listo hoy. Yo me voy mañana, me llaman de la editorial y me dicen: “Che, Fran, están listos los libros. ¿Dónde estás parando?”.

Les digo: “Estoy en Villa Crespo”. Me dicen: “El tipo está yendo para Belgrano, te los deja”. Y yo traje la caja, la puse arriba de la cama y dije: “No puede ser”. Estaba solo hace un montón de años. Igual, arranqué un proceso de soledad muy grande y ahora me llegan los libros estando solo de nuevo en Buenos Aires, pero con el libro escrito sobre este tema. Para mucha gente será coincidencia y banco. No quiero meterme ahí, pero, para mí, es como: “¿Tantas coincidencias va a haber?”.

—Este es un podcast muy inclinado al bienestar y al desarrollo personal. ¿Qué es el bienestar para vos?

—Una buena vida es la que uno vive buscando la excelencia. Es decir, buscando ser lo mejor que puedo ser en las condiciones en las que estoy. Para mí, eso es la buena vida. Cuando uno encuentra el propósito de entender al otro como el centro de su vida. Para mí, la muerte no es un día adelante, es cada día que vos no viviste siendo fiel a quien viniste a ser.

Es decir, si vos viniste a ser una persona que acerca a otras personas gracias a tu podcast, cada día que no vivas haciendo eso es un día muerto. Entonces, para mí, el bienestar o la buena vida viene cuando hacés lo que viniste a hacer, lo que sentís que viniste a cumplir, y vivís ese día al caño, como si no existiese un mañana.

Obviamente, como bienestar, uno piensa en estudio, alimentación, ejercicio, afecto, cariño y trabajo. Pero, sobre todas las cosas, es buscar ser lo más excelente que puedo ser con las herramientas que me tocan. Y, si tengo que mejorar, ponerme los pantalones y decir: “Bueno, vamos a mejorar en lo que sea que haya que mejorar”.

Hombre de dibujos animados sentado en una silla, usa laptop. Sus múltiples brazos manejan una lista, un reloj, una bombilla, café y un libro en un escritorio
El bienestar y el desarrollo personal se construyen al buscar la excelencia con las propias herramientas, cuidar los vínculos y ayudar a otros (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Creo que, a veces, lo difícil es descifrar qué es lo que uno vino a hacer, ¿no? Porque también es algo que nadie más te puede contar y que tiene mucho que ver con una conexión interior. En tu caso, ¿cómo fue el camino para descubrir eso?

—Es muy loco pensar que alguien te lo va a resolver. Nadie te conoce tan bien como vos mismo. Entonces, ¿cómo yo te voy a decir cómo alguien puede encontrarse? Me parece que eso queda fuera de discusión. Yo lo encontré dando clases en un aula, buscando ser el profe que me hubiese gustado tener, que es un poco la idea de todo esto. Me hubiese gustado que un profe me bajara conocimientos complejos de la manera más simple posible. Y te juro que, cuando yo me paré frente a un aula y les dije: “Mirá, esto funciona así”, y los vi reírse a los pibes, fue como que yo dije: “Okey, si existe el cielo en la tierra, es este”. Estoy acá, me siento increíble, me siento pleno, el tiempo se me pasa volando.

Ese es un gran indicador para aquellas personas que todavía no saben qué quieren hacer o cuál es su propósito. El tiempo es algo que marca mucho. Cuando el tiempo no se te pasa más, estás, mirás el reloj, estás en la oficina y el tiempo no pasa o sentís que va para atrás, evidentemente no sé si estás en un momento de disfrute, de goce pleno. Hay veces que los días se me pasan, pero recontra volando. ¿Por qué? Porque estoy haciendo algo que me apasiona, algo que amo, y el tiempo es un gran indicador.

Después, pensar mucho o repensarnos en lo que hicimos, lo que nos gustaba cuando éramos chicos, qué nos encantaba hacer y qué de lo que hacemos hoy nos gustaría mantener por 10 años más. Son dos preguntas que, por ahí, pueden abrir perspectivas distintas. No estoy capacitado para decirle a la gente lo que tiene que hacer, pero, como inicio, si no saben por dónde arrancar, me parece que son dos buenas preguntas.

—Voy a despedirte con la última pregunta que le hago a todos los invitados: ¿nos podés dejar algo que, en el último tiempo, te sorprendió, te conmovió, te dejó pensando o te cambió la manera de ver el mundo? Puede ser una recomendación, un libro, una película, lo que creas que tiene valor para dejar como mensaje.

—Estuve pensando en varias cosas para recomendar. La primera de todas es que no naturalicen lo cotidiano. Me parece que esa naturalización de lo cotidiano, de decir: “Bueno, tengo a mi vieja, tengo a mi viejo, les puedo dar un abrazo cuando quiera. Bueno, este domingo no voy”, es un gravísimo error. Películas, tengo infinidades que me encantan, me fascinan. Mi película favorita, que la recomiendo a todo el mundo, es Intouchables (Amigos intocables), la francesa. Hay una versión argentina; a mí me gusta más la francesa. Pero sí, Intouchables me parece increíble.

—¿Por qué es tu película preferida?

—Haciendo una especie de sinopsis, hay un muchacho que es cuadripléjico y contrata a una persona que lo ayude, que es una persona de la periferia. Y esa persona no le tiene pena. Y es hermoso. Es hermoso ver cómo muchas veces nosotros miramos con ojos de pena a la gente y lo único que quiere es que no le sientan pena. Esa película, para mí, es increíble. Lloro cada vez que la veo, me río y me parece fantástica.

Después, como libro, me parece que dejarles el de Steven Pressfield, del que hablamos antes, es una muy buena recomendación. Y, si no, les voy a dejar otra recomendación: El mejor vendedor del mundo, de Og Mandino, que me parece un grandísimo libro, que también ordena un poco las cosas y que, para el bienestar, que creo que es un poco la idea de la fórmula, me parece que va a venir bárbaro.

—Hay una frase que dice: “El secreto para tenerlo todo es saber que ya lo tenés”.

—Eso es tan así que muchas veces nos perdemos y decimos: “No sé qué necesito, no sé adónde voy, no sé qué hago, no sé nada”. Para esa gente, si realmente no se encuentra y quiere sentirse bien, hagan un plato de fideos y llévenselo a alguien que está en la calle. Yo les puedo garantizar que se van a sentir increíblemente mejor porque somos seres sociales y ayudar al otro está en nuestra naturaleza.