Cómo hablarle a un familiar con demencia sin pelear ni angustiarse

2026/08/18

Columnista invitada (*) | Pautas concretas para sostener la calma y evitar discusiones que no llevan a ningún lado.

María Luciana Ojeda

18 de agosto 2026, 09:12hs

La edad, por sí sola, no es sinónimo de enfermedad. (Foto: Adobe Stock)

La edad, por sí sola, no es sinónimo de enfermedad. (Foto: Adobe Stock)

Cuando un padre o una madre empieza a olvidar cosas o cambia su carácter, el vínculo familiar se pone a prueba. Recibir el diagnóstico de salud mental de un familiar cae, casi siempre, como un baldazo de agua fría: se trata de una enfermedad irreversible, sin cura, y ese dato solo ya alcanza para desarmar a cualquiera.

Pero desde la consulta puedo decir que hay algo que sí está en manos de la familia, y es entender bien qué tipo de deterioro cognitivo está atravesando esa persona.

Saber que los olvidos son parte de un proceso de la enfermedad —y no un capricho, una cargada o una falta de atención— cambia por completo la forma de reaccionar. No es lo mismo pelearse por algo que se olvidó como si se tratara de una discusión entre pares, que entender que del otro lado hay un cerebro que ya no procesa la información como antes.

Entender el diagnóstico cambia la manera de reaccionar. Una evaluación clínica bien hecha permite determinar, con bastante precisión, qué le está pasando a esa persona y armar una estrategia a partir de ahí. Cuando esa información falta, es fácil caer en el reproche: “Ya te lo dije”, “te estás haciendo el que no te acordás”. Y ese tipo de intercambio no hace más que angustiar a los dos lados del mostrador.

Existen distintos tipos de olvidos. (Foto: Adobe Stock)

Existen distintos tipos de olvidos. (Foto: Adobe Stock)

Señales que conviene empezar a mirar con atención

Lo importante es tener los ojos bien abiertos frente a situaciones que se repiten y que, un año atrás, no pasaban. Pueden ser detalles menores —perder cosas que después aparecen, justificar un olvido con cualquier excusa— o señales de mayor peso, como perderse yendo al kiosco de la esquina, no reconocer a un hijo, o repetir lo mismo a la mañana y a la tarde como si fuera la primera vez.

Tampoco hay que esperar solo cambios de memoria: a veces el primer indicio es un cambio de carácter, alguien que deja de hacer lo que hacía siempre o empieza con conductas que no tenía, como salir de noche cuando nunca lo hacía o usar un vocabulario que no era el suyo.

Hay que prestarles atención a los olvidos. (Foto: Adobe Stock)

Hay que prestarles atención a los olvidos. (Foto: Adobe Stock)

Vale aclarar algo: la edad, por sí sola, no es sinónimo de enfermedad. La mitad de las personas que llegan a los 85 años tiene algún problema cognitivo, y eso no equivale automáticamente a una demencia, aunque sí influyen patologías asociadas como la enfermedad coronaria, la hipertensión o el colesterol elevado.

Estrategias que alivian la convivencia día a día

Ante la irritabilidad de la persona con deterioro cognitivo, conviene responder con más calma, no con la misma moneda: cuanta más tensión de un lado, más templanza hace falta del otro para que la situación no se convierta en un caos. También ayuda desdramatizar: en etapas avanzadas, el ambiente emocional se percibe aunque no se entiendan los detalles, así que una reunión distendida cuida el vínculo mucho más que una corrección constante.

Marcar el error todo el tiempo —“ya te dije”, “te volviste a olvidar”— angustia a ambos por igual; suele ser mejor relativizarlo y seguir adelante. Y hay algo que insisto mucho con las familias: aprender a manejar estas situaciones sin entrar en el remolino de la discusión es un entrenamiento que después sirve para cualquier otro vínculo, personal o laboral.

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Respecto a los síntomas psiquiátricos que pueden aparecer —apatía, irritabilidad, rigidez, desconfianza, incluso alucinaciones o delirios—, discutir con la persona para “hacerla entrar en razón” casi nunca funciona y muchas veces empeora el cuadro. Frente a alguien que no se reconoce en el espejo, por ejemplo, a veces es mejor taparlo antes que insistir en una explicación lógica que solo genera angustia. Tampoco hay que perder de vista la autonomía: dejar que decida lo que puede decidir, aunque sea elegir la ropa o la comida, sostiene la dignidad de la persona en cualquier etapa.

No hay una demencia igual a otra, y tampoco existe una fórmula única. Pero sí hay algo que se repite en todos los casos: entender qué está pasando es lo que permite acompañar mejor, sin perder la calma ni la propia salud en el camino.

(*) Dra. María Luciana Ojeda (M.P. 07.257), médica especialista en Psiquiatría. Diplomada en Adicciones, con formación en Terapia Dialéctico-Comportamental y abordaje cognitivo integrativo. Fellow en Demencias y Enfermedad de Alzheimer.