De mis notas
Si el precio internacional te complica la vida, no negocies, no ajustes tu gasto, sal a la calle, que el Gobierno cede.


Hagamos cuentas rápido. En abril, el Gobierno aprobó Q2,000 millones para subsidiar la gasolina y el diésel: se ejecutó el 97% y el fondo, pensado para tres meses, se acabó en dos. Bajó el petróleo, subió después por la guerra en Oriente Medio —ya van seis alzas en lo que va de julio— y el diésel volvió a rondar los Q42.25.
La respuesta de los transportistas: bloqueos, caravanas, 200 buses camino al Palacio Nacional y los 48 Cantones dando 72 horas de plazo. La Gremial de Transporte Extraurbano advirtió de que, sin medidas, el pasaje podría subir entre 15% y 20% en cuestión de semanas. Reacción del Gobierno: ceder. El 24 de julio, Arévalo anunció un nuevo decreto —Q12 menos por galón de diésel, Q3 menos en gasolina regular— que requiere un “espacio presupuestario” de Q3,480 millones: el 21% de todo el presupuesto de Salud y casi la mitad del de Comunicaciones.
La ironía es doble, porque Comunicaciones es precisamente la cartera que debería arreglar las carreteras que hoy encarecen todo lo demás: Agexport ya ha dicho que es un “impuesto invisible” que pagan empresas y familias, porque un camión que tarda el doble por baches y desvíos traslada ese costo al precio final de los productos frescos que dependen de logística diaria y de carreteras que el propio Estado no mantiene, mientras el dinero para arreglarlas se va, otra vez, a un parche turbio y temporal en la bomba de una gasolinera. Y del otro lado esta Salud: el mismo ministerio que financia el subsidio, arrastra escasez crónica de insumos y equipos, con médicos que ya han hecho plantones exigiendo, con urgencia, los recursos esenciales que les falta. Patético.
¿De dónde viene este apetito por los subsidios? Investigando, encontré que en el 2022, con la invasión rusa a Ucrania, Guatemala ya aplicó un subsidio parecido, y cuatro años después seguimos con el mismo decreto de “emergencia”, financiado con “readecuaciones” que nadie audita del todo. Resultado: hasta los mismos gremios de transporte que meses atrás pedían el subsidio a gritos ahora dicen que “el subsidio y el combustible caro es lo mismo”; ya no les alcanza ni con eso.
El problema de fondo es la señal que se manda. Si el precio internacional te complica la vida, no negocies, no ajustes tu gasto, sal a la calle, que el Gobierno cede. Funcionó en mayo, funcionó en julio, ¿por qué no en octubre? A eso se le llama, con nombre y apellido, “clientelismo”, y Argentina, que lo practicó desde Perón, es el espejo de a dónde lleva: de ser una de las economías más desarrolladas del siglo pasado a ocupar el puesto 66 hoy. Ni Milei, con el mandato liberal más contundente que ha tenido un presidente argentino, ha podido soltar el hábito sin costo: cada recorte a los subsidios energéticos le ha significado protestas y una popularidad que se desgasta mes a mes.
El subsidio, como cualquier droga, alivia rápido, pero cobra con intereses. Baja el precio hoy, mañana hay que sacarle plata al equipamiento de hospitales y medicinas del presupuesto de Salud o a las mismas carreteras, y la “mesa técnica” que anunció el Gobierno para “evaluar nuevas acciones” ya suena a que se preparan para repetir la dosis la próxima vez que suba el barril.
El dilema futuro: la calle, el subsidio o no ceder.
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