Cuando Paco de Lucía hizo que España sonara de otra manera

2026/08/30

No sé si me he pasado. Con lo tímido y pudoroso que era Paco de Lucía (1947-2014), ¿qué pensaría si estuviera aquí para ver que he exhumado de los archivos de La Vanguardia esta foto que le tomaron en 1969, cuando empezaba a acompañar a Camarón de la Isla, con quien grabaría siete discos magistrales?

--Pero Ignacio, ¿por qué me haces esta faena?

Como Paco también era un hombre sabio, seguramente se perdonaría haber posado así a los 22 años, con el pecho al aire, el pañuelo coqueto al cuello y las chanclas “me da todo igual”; y a mí me perdonaría que hoy le recordemos con este estilismo un poco absurdo, porque hasta en este juvenil error estético se percibe ese… (¿cómo llamarlo? ¿modesto orgullo?)... ese estar en el mundo en serio, que le caracterizaba y que nos parece tan admirable como encantador.

Tocaba con una precisión de geómetra y con una pena profundamente andaluza”

Ángel Antonio Herrera

Casi tanto como su legado musical. “Tocaba con una precisión de geómetra y con una pena profundamente andaluza”, escribió Ángel Antonio Herrera.

El disco que le proyectó más allá de los círculos de aficionados al flamenco para convertirle de la noche a la mañana en una estrella internacional se publicó en 1973 y se titulaba Fuente y caudal. Dice la leyenda que, en el momento de grabarlo, al productor le pareció que quedaba demasiado corto y a última hora le pidió alguna otra pieza para completarlo. A partir de la melodía de la conocida canción de Bart Howard Fly me to the moon, que cantaban, entre otros, Frank Sinatra y Ella Fitzgerald, Paco de Lucía compuso la rumba Entre dos aguas. A veces los creadores dan más en el clavo cuando improvisan soluciones casuales o de compromiso que cuando son muy concienzudos. Ahora Entre dos aguas la tocan, bien, regular o mal, hasta los músicos del metro.

Quizá fue pensando en esa rumba que el señor Herrera, periodista y poeta, escribió sobre Paco de Lucía otra frase que no puede ser más veraz e histórica: “Cuando tocaba, España dejaba de parecer un teatro de pandereta fácil y luna de cartón, y se convertía en una música antigua, feroz y limpia…” Porque yo recuerdo que al escucharla por primera vez en un programa de Televisión Española, donde compareció con una chaqueta a rayas y respaldado, entre otros músicos, por Pepe Ébano al bongó, cambié por completo de opinión sobre el porvenir. Me explicaré.

Paco de Lucía, Palamós, 1969

Paco de Lucía, Palamós, 1969Archivo fotográfico Colita

Era 1976. Acababa de morir Franco. Se estrenaba una nueva época y la verdad es que no sé qué clase de Xanadu esperábamos, pero el espíritu del tiempo, para algunos, quedaba bien retratado en la película de aquel año El desencanto, donde los hijos del poeta laureado Leopoldo Panero, permanentemente ebrios sin alegría, exhibían impúdicamente un ánimo vital decadente y crepuscular, acorde con el título.

Precisamente entonces salió Paco de Lucía en TVE, tocando la estupenda rumba con tanto aplomo, tanto virtuosismo, tanta seriedad y ensimismamiento, que sentí que de la pantalla emanaba una orden de seriedad, trabajo y confianza. Si aquel guitarrista de 28 años tan técnico y veloz como Sabicas y tan creativo como Niño Ricardo era capaz de aquello, si aquel logro era posible y contemporáneo, entonces se podían intentar otras cosas valiosas, entonces la prematura rendición que emanaba de El desencanto era banal. Había que ponerse serios. El modelo, el ejemplo de excelencia, era Paco de Lucía.

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En fin, yo recuerdo que lo sentí así. Él siempre atribuyó su excelencia a su tremenda disciplina, en la que le educó su padre, también guitarrista, en años de hambre (literal), pero también desde niño fue consciente de que esa disciplina iba acompañada por un talento musical innato. No tuvo infancia. A los nueve años ya iba, con su hermano Pepe, por los escenarios del mundo, respaldando con sus guitarras a bailarines y cantantes. A los 14, grabaron sus primeros discos bajo el nombre artístico Los chiquitos de Algeciras.

Gratitud eterna a Paco de Lucía por su arte y por su ejemplo. De unos años en que me tocó viajar con cierta frecuencia en aviones de Iberia, recuerdo que cuando íbamos a aterrizar en el aeropuerto de Barcelona o en el de Madrid, los altavoces emitían Entre dos aguas. Aunque desvirtuada por el ruido estático, invariablemente los primeros compases me arrancaban una sonrisa y me hacían pensar: “Ya estoy en casa.” Lo vuelvo a sentir cada vez que lo escucho.