Cuando en el patio del colegio no le invitas a jugar a canicas, un niño que ha ganado las elecciones presidenciales en Estados Unidos se venga imponiendo aranceles, lanzando misiles y criaturadas por el estilo

Que los españoles caemos mal a Trump es un fake. Cuando nos lo proponemos, somos capaces de entusiasmarlo.
Durante su primer mandato, el gran jefe de la tribu Maga elogió sin complejos nuestra eficacia. “No tenemos un país si no tenemos fronteras. Necesitamos un muro [en la frontera con México]. Mira lo que hicieron en España. Construyeron un muro y funcionó”, afirmó en un mitin en Dakota del Norte
El Gobierno español –en una pirueta conceptual muy europea– corrió a dejar claro que lo nuestro con Ceuta y Melilla no es un “muro”, que siempre queda mal visto después de Berlín. Que los nuestro es una “valla”, lo normal entre vecinos que siegan cada uno su césped, como hoy estamos comprobando.
Es cierto que a veces Trump no entiende nuestro cariño. “Son un caso perdido. Son mala gente. (...) Ganan mucho dinero a nuestra costa”, afirmó de los españoles hace tres semanas como quien habla de una ex pareja, dando instrucciones para que su administración cortara todo tipo de relaciones con España.
“No se están portando bien, pero aprenderán”, remató.
Pero no pasó nada. Cuando sufre un brote antiespañol, Trump siempre recula. Alguien le debe susurrar que el dólar español de plata fue la divisa clave para financiar al Congreso Continental, y que sin las toneladas de pólvora, mosquetes, uniformes, tiendas de campaña y medicinas que los españoles les enviaron Misisipi arriba quizá el “a por ellos” del rey Jorge III habría aplastado a los sediciosos de George Washington.
Doce días después de su embestida verbal, el mismo presidente-tupé quiso botar y gritar eufórico con esa “mala gente” de la misma manera que botan y gritan todas las tribus: en torno a un tótem, en este caso el diseñado por el escultor italiano Silvio Gazzaniga en 1971: la copa del Mundo de Fútbol.
A Trump le repele el fracaso. Necesita fundirse física y mentalmente con el triunfador, pero con los españoles no se repitió el subidón Chelsea que Trump experimentó el año pasado, cuando el equipo ganador del primer Mundial de Clubes sí dejó que lo celebrara con ellos, en el mismo MetLife Stadium de Nueva Jersey.
A diferencia de los ingleses, los futbolistas españoles lo saludaron con cortesía pero no lo invitaron explícitamente a que se uniera a su euforia. Trump lo deseaba químicamente, no lo podía disimular, pero Infantino –el jefe de la tribu FIFA– le sugirió amablemente que se apartara para que el equipo ganador –la “mala gente”– gozara sin cuerpos externos de su excitación.
El naranja no pudo ser Naranjito, y eso que en la escala del pantone no se distinguen: a Trump lo llaman orange man por el tono anaranjado de su piel, un rasgo muy llamativo producido por los autobronceadores y el maquillaje. Un color que le viene del exceso de productos con compuestos como la dihidroxiacetona o de polvos y maquillajes mal difuminados. Polvos y excesos muy propios del fascinante cabaret en el que han convertido la Casa Blanca.
“A Trump se le veía cabreado. Compartió unas palabras tensas con Infantino. Acabó saliendo del estadio por la puerta que no correspondía, volviendo locos a sus guardias de seguridad”, me comentó un amigo fotógrafo estadounidense de paso por Barcelona: lo tenía a pocos metros en el estadio.
¿Y si Torres hubiera lucido la gorra trumpista en Barcelona y Yamal la bandera palestina en Madrid?
El jefe de la tribu Maga se largó enfadado como se cabrea un colegial en el patio cuando las otras criaturas no le dejan jugar a canicas. Y esto tiene insospechadas consecuencias geoestratégicas: cuando le niegas unas canicas, los niños que han ganado unas elecciones presidenciales en EE.UU. se vengan con aranceles y quizá algún misil.
Llegados a este punto crítico, Ferran Torres casi nos salvó como nos redimió su gol en el MetLife Stadium. Apareció en la rúa de la victoria con una gorra roja Maga: Make Spain Great Again . Trump se lo agradeció en público. No todos en España eran “mala gente”.
Habría sido maravilloso que, en la rúa por la victoria del Barça en la Liga, Ferran Torres hubiese lucido por el paseo de Gràcia la gorra Maga que lució en la Cibeles. Y que Lamine Yamal, en la rúa por la victoria de la selección en el Mundial, hubiese ondeado por la Cibeles la bandera palestina que ondeó por el paseo de Gràcia.
Una gorra trumpista y una bandera palestina hermanadas en una rúa en Madrid y en Barcelona. Pura poesía.
Ocho años después del mitin en Dakota del Norte, los españoles hemos entusiasmado de nuevo a Trump con la valla de Ceuta, pero no precisamente por su eficacia. Un entusiasmo electoral : “Recuerden esa imagen. Así estaremos nosotros dentro de tres años si gana el bando equivocado”, dijo ayer.
Empiezo a sospechar que la redacción de Internacional de un diario es la resonancia magnética de un manicomio.
