Tenía 28 años cuando llegó a Bariloche. Se subió a un colectivo naranja sin saber demasiado bien dónde iba a trabajar y terminó en medio del bosque. “No podía entender que ahí iba a ser parte del equipo que hacía un satélite”, recuerda Darío Giussi, gerente general de INVAP. Décadas después, y desde febrero de 2024 como gerente general de INVAP, aquella experiencia personal se enlaza con una historia mayor: la de una empresa que hizo de la capacidad de asumir problemas todavía no resueltos una de sus principales características.
«Detrás de cada desarrollo hay una combinación de disciplinas»
Para explicar qué es hoy INVAP, Giussi parte de una definición que permite reunir actividades aparentemente tan diferentes como la nuclear, espacial, defensa, seguridad o los sistemas médicos. “Es una empresa de tecnología de sistemas complejos”, sintetiza. Detrás de esos desarrollos existe una combinación de disciplinas tales como mecánica, software, electrónica, química, procesos e ingeniería nuclear que, articuladas con otras capacidades construidas a lo largo de cinco décadas, permite gestionar proyectos complejos y comprender cada sistema como un todo. Especialmente porque son tecnologías de tipo “estratégico”, las usan los países, y tenerlas o no tiene gran valor no sólo económico sino también geopolítico.
Esa base explica por qué una empresa nacida alrededor de la tecnología nuclear pudo avanzar después hacia satélites, radares y otras áreas. Los productos son diferentes, pero comparten capacidades y una característica fundamental: “Son todos sistemas de misión crítica”, explica Giussi. Un satélite no puede repararse una vez que está en órbita y un reactor requiere condiciones extremas de seguridad; algo similar ocurre con un radar destinado a defensa o al control del tránsito aéreo. Esa exigencia determina los estándares de calidad, confiabilidad y disponibilidad con los que trabaja la empresa.
La necesidad como motor
La diversificación, sin embargo, no fue solamente el resultado de una estrategia tecnológica. En distintos momentos de la historia de INVAP hubo una razón mucho más concreta: la necesidad de encontrar nuevos proyectos cuando otros dejaban de tener demanda. “Cada vez que nosotros abrimos una rama distinta de ese arbolito fue porque, en gran parte, el trabajo que estábamos haciendo no tenía demanda. Entonces tuvimos la necesidad de migrar a hacer otras cosas”, señala.
Ese funcionamiento introduce una presión que Giussi reconoce como parte de la cultura de la compañía. INVAP no cuenta con un presupuesto nacional o provincial, sino que obtiene sus ingresos de los proyectos que desarrolla para sus clientes. “Cuando uno vive de lo que vende, sabe que no se puede dormir, que tiene que buscarle la vuelta”, afirma. Una exigencia que tiene, admite, “un doble filo”: genera presión, pero también puede convertirse “en creatividad y en proactividad para hacer nuevas cosas”.
Es en esa capacidad de respuesta donde ubica una parte de la explicación de los 50 años. Sin embargo, al responder dónde reside el verdadero valor de INVAP no duda: “El verdadero valor siempre es la gente. Siempre es la gente”. El conocimiento está también en procedimientos, documentación y formas de trabajo, pero son las personas las que lo sostienen y lo transmiten: “Si no tenés gente comprometida, talentosa, curiosa, dispuesta a trabajar en equipo… Acá los goles se hacen en equipo”.
Aprender haciendo
Esa acumulación de saberes tiene una particularidad: una parte fundamental se construye en la práctica. Giussi habla de “siglos de conocimiento”, entendidos como la suma de años de personas trabajando en laboratorios, concibiendo y produciendo radares, diseñando y construyendo reactores, desarrollando satélites hasta su puesta en órbita o integrando centros de medicina nuclear.
“Le damos muchísimo valor al training on the job, al entrenamiento y a lo que uno aprende en el desarrollo del proyecto, con las manos en la masa”, explica. Y detrás de cada hito que queda registrado en la historia de la compañía aparecen muchas tareas menos visibles: quienes diseñaron, soldaron componentes, realizaron cálculos de seguridad o resolvieron problemas que no estaban previstos. “No es una línea de producción”, advierte. Hacer tecnología implica también convivir con aquello que no puede anticiparse por completo: “Es imposible calcular todo. Por eso convivís con el riesgo, uno aprende a gestionar el riesgo”.
Con el tiempo, esa manera de trabajar se convirtió, según Giussi, en una cultura: evaluar riesgos, tomar decisiones y avanzar aun cuando una parte del problema todavía no esté resuelta, con la confianza de contar con las capacidades para encontrar una respuesta. En sus primeros años le tocó, por ejemplo, estudiar cómo componentes electrónicos comerciales podían soportar las condiciones del espacio porque los específicos no existían, no podían comprarse o no estaban disponibles para el país. “Había que ingeniárselas con lo que había. Esa es la buena parte del ‘lo atamos con alambre’, no lo provisorio, para nada, sino la creatividad, está muy presente”.
Competir desde Bariloche
Ese conocimiento desarrollado en la Argentina permitió después salir a competir en mercados dominados por países con recursos y estructuras de apoyo mucho mayores. Giussi reconoce que todavía puede resultar sorprendente pensar al país como exportador de tecnología compleja, aunque en algunos sectores la empresa ocupa un lugar consolidado. “En la tecnología nuclear a la que nosotros nos dedicamos principalmente somos líderes mundiales”, afirma al referirse a los reactores de investigación y multipropósito.
La competencia internacional, además, no se produce en igualdad de condiciones. Los grandes países exportadores respaldan sus desarrollos con financiamiento, capacidad diplomática y acuerdos entre Estados. En esa tarea destaca el acompañamiento histórico de la Cancillería argentina y admite que “a veces la lucha es desigual”. Por eso, ganar procesos competitivos como los de Países Bajos, Australia o Egipto tiene un significado adicional: “Es medio como que otra vez David le gana a Goliat. Mire usted lo que se puede hacer”.
El próximo imposible
Pensar los próximos 50 años supone para Giussi preservar esa capacidad de transformación antes que intentar anticipar exactamente en qué proyectos estará INVAP. Imagina una empresa que seguirá en el espacio (“profundo”), pero también abre un territorio menos explorado: “Creo que podríamos estar en el fondo del mar”, sostiene. A eso se suma inteligencia artificial, robótica, nuevos usos de la energía nuclear y lo que imagina será una frontera cada vez más difusa entre tecnologías clásicas y biología. “Pero la verdad es que imposible saber exactamente qué, lo que sí es posible es plantearse cómo”.
Para recorrer esos caminos harán falta nuevas herramientas, pero también capacidades humanas que considera difíciles de reemplazar. “Necesitaremos -aún más- personas que piensen con su propia cabeza”, afirma, y enumera “pensamiento crítico, creatividad, colaboración, flexibilidad, trabajo en equipo y tolerancia a la incertidumbre”. “El conocimiento enciclopédico será cada vez más accesible; la diferencia estará en saber utilizarlo, integrarlo y convertirlo en respuestas”, anticipó.
En ese futuro también será central el intercambio entre generaciones. Giussi reivindica la experiencia de los fundadores y de quienes condujeron la empresa, pero entiende que debe combinarse con nuevas miradas para producir respuestas diferentes. “Poder hacer esa mezcla de generaciones produce un resultado superior”, señala.
Por eso, al definir qué significa “imaginar lo posible” a medio siglo del nacimiento de la empresa, vuelve sobre la propia trayectoria. “Vista para atrás, la propia existencia de INVAP en un país como el nuestro, con circunstancias tan cambiantes, ha sido un imposible posible”. Ese antecedente no garantiza el futuro, advierte, pero deja una orientación: conservar “esa actitud de ir por el problema” y mantener el ADN de buscar, una y otra vez, “cuál es el próximo imposible”.