
En la Antártida, en los Valles Secos de McMurdo, el glaciar Taylor termina en una cascada conocida como las Blood Falls (“Cataratas de Sangre”). Allí, una salmuera hipersalina rica en hierro emerge desde debajo del hielo y cae hacia el lago Bonney; al entrar en contacto con el aire, el hierro se oxida y tiñe el flujo de un tono carmesí intenso.
Un nuevo estudio concluye que la salmuera que alimenta las las Cataratas de Sangre de la Antártida probablemente procede de agua de mar antigua atrapada bajo el glaciar Taylor, una hipótesis respaldada por análisis moleculares, genéticos y microbianos.
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El trabajo, publicado hoy en la revista Nature Geoscience, se basa en 167 muestras de agua, sedimento y aire de la zona cercana a la cascada y de los Valles Secos de McMurdo.
La cascada rojiza, situada al final del glaciar Taylor en el valle Taylor de la Antártida Oriental, descarga una salmuera rica en hierro hacia lago Bonney. Ese hierro se oxida al entrar en contacto con el aire y tiñe el flujo, una explicación que sustituyó la antigua idea de que el color provenía de algas. Estudios previos ya habían planteado un origen marino para la salmuera a partir de firmas químicas y bacterias detectadas en el líquido.
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El nuevo trabajo aporta pruebas moleculares y genéticas adicionales que refuerzan esa explicación, aunque no fijan con precisión cuándo quedó atrapada.

El estudio fue dirigido por la microbióloga Angela Zoumplis de la Universidad de California en San Diego y destacó que las Cataratas de Sangre podría conservar descendientes de una comunidad marina aislada durante millones de años. El lugar fue descubierto en 1911 por Thomas Griffith Taylor.
La salmuera hipersalina pudo actuar como refugio al mantener bolsas de agua líquida bajo el hielo y permitir la supervivencia de algunos organismos. Ciertos linajes pudieron pasar largos periodos en estado latente antes de reactivarse cuando las condiciones lo permitieron.
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Si esa interpretación es correcta, las Cataratas de Sangre preservaría descendientes vivos de un ecosistema anterior a la actual capa de hielo antártica. El estudio perfila esa zona como un caso de interés para investigar ecosistemas relictos y reconstruir cambios ambientales del pasado.

Para caracterizar los microorganismos presentes, los investigadores analizaron muestras de las Cataratas de Sangre, de la región más amplia de los Valles Secos de McMurdo y de ambientes marinos cercanos.
El objetivo fue determinar si en la cascada existe una comunidad microbiana distintiva, posiblemente remanente de condiciones antiguas. “Los hallazgos de este estudio revelan un predominio de linajes eucariotas marinos en el área de las Cataratas de Sangre”, escribieron los investigadores en el estudio.
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La misma señal apareció entre los procariontes, aunque con menor intensidad. “Esta señal marina es menos prominente pero aún detectable en la estructura procariótica”, añadieron los autores.
El estudio comparó las comunidades microbianas de las Cataratas de Sangre con muestras oceánicas cercanas y con otros puntos de los Valles Secos. Las Blood Falls compartía poco más del 9% de sus eucariotas con el océano, frente a alrededor del 1% en el resto de la región.

El equipo analizó ARN ambiental para distinguir organismos activos de restos genéticos persistentes en forma de ADN. Ese examen indicó que varios de esos eucariotas estaban activos dentro del sistema de salmuera.
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Entre ellos había grupos asociados con frecuencia al océano, como diatomeas, dinoflagelados, haptófitos y ciliados. Muchos diferían genéticamente de sus parientes marinos actuales, algo compatible con un aislamiento prolongado.
El trabajo también revisó una explicación alternativa: que las bacterias marinas y otras señales asociadas al agua de mar llegaran desde la costa por los fuertes vientos de los Valles Secos. El aire cerca de las Cataratas de Sangre contenía solo una pequeña fracción de microorganismos marinos.
Ese resultado sugiere que los vientos actuales no explican por completo la composición microbiana de la cascada. El viento pudo influir en el pasado, pero su efecto actual es probablemente insignificante.
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La fecha exacta del atrapamiento de la salmuera sigue abierta. Según los investigadores, ese proceso ocurrió hace más de un millón de años o al menos 1,5 millones de años.
Esa diferencia figura entre las incertidumbres que el propio estudio deja pendientes. Harán falta análisis genéticos más exhaustivos y un mapeo más preciso de los microorganismos para establecer cuándo el glaciar del valle Taylor cubrió la salmuera.