Don Miguel: el ojo, la cabeza, el corazón | El Dia

2026/08/07

Antes de internet, antes de que existieran las aplicaciones para buscar jugadores por todo el mundo, antes de que conociéramos la palabra “scouting”, la forma de encontrar jóvenes promesas del fútbol era caminar las plazas, ir a los clubes de barrio y mirar. Y en aquellos tiempos no hubo quizás un mejor ojo para el talento que el de Don Miguel Ignomiriello: tuvo como pupilos a históricos del fútbol argentino como Antonio Rosl, Aldo Pedro Poy y Mario Alberto Kempes; también al “Trinche” Carlovich (aunque lo dejó libre por vago) y al uruguayo Juan Ramón Carrasco; en la recordada “Selección fantasma” convocó a cracks incipientes como Fillol, Bochini y Trobbiani; y, claro, forjó a aquella Tercera de Estudiantes que mató y mató hasta ser campeona del mundo. Tenía, parecía, la varita mágica para encontrar jugadores. Aunque, advertía siempre pícaro Don Miguel, recordaba aquellos apellidos ilustres de nuestro fútbol, pero “de los errores me olvidé”.

La acumulación de nombres que pasaron bajo su ala indica, de todos modos, un altísimo grado de acierto: ese ojo parecía verlo todo, estar en todos lados. Y es que pedía ojos prestados: había construido una vasta red de espías (los amigos que le dio el fútbol) que le informaban de la aparición de prometedores juveniles en rincones recónditos. Y él, donde iba, donde lo llevaba el fútbol, dejaba su tarjeta: “Avisenme si hay algún jugador destacado”, decía. Contaba su amigo Rubén Koroch que de vacaciones en su San Francisco natal, fue a acompañar a un concuñado, que viajaba por trabajo, hasta “un pueblito en Santa Fe, donde había un almacén de ramos generales, 10 casas y dos arcos con una cancha de fútbol. Nos pusimos a hablar de fútbol… y el hombre del almacén me cuenta que hace unos meses había pasado un señor, había dejado una tarjeta, que si alguna vez veía un jugador de fútbol, que no deje de llamarlo, que él lo va a probar: me muestra la tarjeta, y era la tarjeta de Miguel”. Hasta allí, un pueblito olvidado al costado del camino, había llegado Ignomiriello.

Una cabeza para estudiar

Con el talento que encontraba, fue armando equipos memorables: el Lobo del 62, el Estudiantes campeón del mundo y el Central campeón de 1971, todos se nutrieron de jóvenes que nadie había visto salvo él. Chicos que, repetía muchas veces, viajaban hacia el sueño del futbolista profesional con un bolsito y mucha ilusión: a ellos, sentía, les podía exigir el cumplimiento de su estricto método de preparación (que incluía entrenamientos en doble turno, rutinas físicas y cuidado en la alimentación, todo inédito en su tiempo) porque tenían hambre de gloria.

El jugador entrenaba y el ojo de Don Miguel miraba todo. Y anotaba todo en una libreta: el peso de los chicos antes y después de los partidos, las comidas, el peso de las camisetas transpiradas, goles, rendimiento contra equipos chicos y grandes, cuántas veces quedaba alguien en offside.... Y comparaba las variables: si un jugador pesaba menos en el segundo tiempo y lo amonestaban, ¿era indisciplina o reflejo de su cansancio? A partir de allí, pensaba soluciones inéditas: vitaminas en forma de chocolates, sales que anticiparon a la Gatorade. 

Su fe estaba puesta en eso: el trabajo, el ingenio para encontrar soluciones y pelearla con lo que había a mano. Así había salido adelante un hijo de inmigrantes que se ganaban el pan en el mercado para alimentar a sus 12 hijos, que jovencitos tuvieron también ellos que decirle adiós al colegio y a la juventud, y salir a trabajar. Y la misma fe en el esfuerzo exigía de sus jugadores juveniles, forjando una conducta profesional que no existía ni en la Primera. Imagínese: eran tiempos donde había tres o cuatro entrenamientos de fútbol por semana, apenas unos partiditos entre titulares y suplentes, trote alrededor de la cancha, poco más. En ese contexto, Don Miguel fue contracultural y, como suele ocurrir con los adelantados, no faltaron los que se conjuraron contra él: Don Miguel se peleaba con todos, o, en realidad, peleaba por lo que creía, por lo que quería ver, lo que quería construir.

Sus detractores se quejaban, pero sus jugadores todavía hoy resaltan su legado. Cada vez que salía de compras se encontraba con algún ex dirigido que lo saludaba efusivamente (dirigió hasta pasados los 80 así que conocía a todos). “Usted me enseñó a vivir, a comportarme”, le decían emocionados. Don Miguel, con casi 100 años, no solo los recordaba: se acordaba también de algún negocio que habían tenido en tal calle, de sus hijos, de alguna anécdota de hace 50, 60 años. 

Una memoria insuperable, una cabeza para estudiar en un laboratorio. Y un corazón, claro. Se acordaba de todos porque tenía un corazón humano, preocupado por el hombre, por su familia, por sus cosas, antes que por el jugador; preocupado por cuidar a ese chico que se hacía grande dentro de un mundo tan cruel como el fútbol. 

El corazón sobre todo

Un corazón sano. Un corazón criado, repetía siempre, al aire libre, al sol, al que le adjudicaba buena parte del secreto de su longevidad y bienestar. El resto, decía, era suerte: “Hay que tener estrella”. 

Allí, al sol con una pelota, fue feliz: quizás se acordaba de todo, también, porque uno se acuerda de donde fue feliz, y Don Miguel fue muy feliz en el fútbol. Ese camino le dejó amigos infinitos, que pasaban horas en su quincho repasando ese anecdotario infinito del que hacía gala, que iba de Di Stéfano a Calderón. Aglutinador como fue siempre, siguió organizando hasta el final cada mes sus famosos asados (que preparaba él y acompañaba siempre con buen vino). “La amistad”, decía, “es la base de todo”.

Así vivió, como quiso, como creía que había que vivir, Don Miguel. Fútbol, familia, amigos: 99 años bien vividos. Hasta el final siguió rodeado de amigos y familiares. Hasta el final siguió ordenando todo lo que había alrededor de manera metódica, obsesiva: desde las compras semanales hasta la distribución de la pieza, todo era objeto de análisis. Y hasta el final, claro, siguió mirando fútbol: el día que Argentina venció a Inglaterra en el último Mundial, llamó a todo el mundo y, conmocionado por el despliegue de tesón de esa Selección a la que admiraba por su cultura de trabajo y esfuerzo, les repitió a todos, una y otra vez, entre lágrimas: “Este es mi país, esta es Argentina”.

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