Dos conciertos y una renuncia, por Lázaro Azar

2026/07/19

Con cuánta frecuencia escuchamos decir que, en nuestro ámbito musical, suele haber muy poco que ver y mucho menos que comentar durante el verano. Nada más alejado de la realidad, pues la actividad continúa y no pocas veces con muy buenas propuestas… ¡y muy buenos chismes! Y así como dicen que “para muestra, un botón”, qué mejor prueba de ello que el fin de semana pasado: asistí a sendos conciertos dedicados a dos de mis compositores favoritos, y recibí una noticia bombástica.

El viernes 10, la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM) consagró a Tchaikowsky el primero de dichos conciertos. Durante muchos años, esta orquesta pudo preciarse de ser la mejor del país. Contra lo que muchos podrían creer, el declive que ha venido evidenciando no puede atribuírsele únicamente a la ausencia de su fundador, el añorado Enrique Bátiz, sino a un par de factores a cuál más devastadores:

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Crédito: Cortesía de Carlos Viveros

Crédito: Cortesía de Carlos Viveros

Por un lado, Kronos ha pasado factura a gran número de sus atrilistas, algunos de los cuales figuran en su plantilla desde hace más de medio siglo. Por otro, el recorte presupuestal y la rígida normatividad impuesta por el gobierno actual han llevado a que, de ser la agrupación que invitaba a los mejores directores y solistas que venían a México, ahora deba arreglárselas con talento local al que han llegado a tardar más de la cuenta en saldarle sus cada vez más mermados honorarios. En consecuencia, cada vez son menos las figuras de primer nivel que aceptan colaborar con esta agrupación a la que, de encima, basta ver su agenda para constatar que está siendo sobre explotada: la traen puebleando y presentándola hasta en el AIFA.

El aguacero que cayó esa tarde en Toluca no ahuyentó a los melómanos que colmaron la sala y estuvieron a nada de dar portazo en la Sala Felipe Villanueva. No era para menos: tener en el podio al Maestro Rodrigo Macías será garantía, pero no es lo mismo ir con la certeza de que saldrá uno alborozado tras escuchar Música como la que sabía componer la tía Piotr, que ir con la incertidumbre de a qué sonarán los ruiditos de tantos compositores vivos que suele programar, y que por algo no merecen una segunda audición.

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Tenía varios meses sin escuchar a la OSEM y celebro que, finalmente, lograron jubilar a varios de sus fundadores y a uno que otro alacrán cuya conducta poco abonaba al ambiente interno de esta orquesta que ahora presentó el segundo de los ballets creados por Tchaikowsky, La bella durmiente, Op. 66. Lo que es saber componer: cuánto lucieron con sus solos Luis Vital y Asaf Kolerstein, concertino y primer chelo, respectivamente. Aplaudo también la brillante participación de Merced Irene Reyes, la nueva arpista (espléndida, su introducción al Adagio – Pas d’action) y a los no menos de quince talentosos jóvenes que han llegado para reforzar el cuerpo y la sonoridad a las cuerdas.

Ojalá y pronto esa renovación se expanda a la sección de alientos, donde urge refrescar también algunos de sus atriles; por lo pronto, ¡qué gozada fue este concierto! El público ovacionaba espontáneamente al término de cada número, vital y apasionadamente dirigidos por Macías, a quien le reconozco cuán atinada fue la elección de sus tempi y su conocimiento del carácter de cada danza, así como algo fundamental: su capacidad de darle vida a la partitura… “detallito” que fue lo que más añoré un par de días después, cuando asistí al Palacio de Bellas Artes para escuchar el programa Brahms que ofreció la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM).

Desde sus inicios, la OSM ofrece temporadas veraniegas con programas muy taquilleros, coronados con solistas del más alto nivel. Lamentablemente, también suele ceder a la tentación de presentar como “estreno” cualquier cosa que se les ocurra. En tiempos de Jorge Velasco, su fundador, eran capaces de decir que escucharíamos por primera vez en México obras tan populares como la obertura de El rapto en el serrallo o El Danubio azul, por el mero hecho de que “ahora sí” se tocarían con la pandereta, el pito o cualquier chirimía que dizque venía “en la orquestación original”. De no ser porque alzó la voz David Rivera, que lo tocó en 2017 con la Orquesta de Cámara de Bellas Artes, en la primera versión de su cartelera actual anunciaban como estreno Distant Light, el concierto para violín de Vasks que interpretó Vadim Gluzman en el primer programa de esta temporada.

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Lejos estoy de ser de los que creen que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero recuerdo con especial cariño la época en que el Maestro Herrera de la Fuente estuvo al frente de la OSM, ya que sin delegar la responsabilidad a un “consejo artístico”, su programación era mucho más atractiva y sus solistas, mejores y más variados. No como ahora, que ya perdí la cuenta de cuántos años lleva viniendo la letárgica y anodina señorita McDermott. Además, y a pesar de cuánto se pitorreaban de que “parecía que estaba tejiendo chambritas” por su gesto con la batuta, si algo tenía el Maestro Herrera, era esa profundidad, refinamiento y vitalidad que tanto se echa de menos en Carlos Miguel Prieto, su sucesor.

Seamos claros: no por mucho que alguien se zangoloteé hasta desencuadernarse sobre el podio, está siendo vital. La vitalidad es algo interno, un bullir que te atrapa… y no experimenté el domingo 12. En la primera parte contaron con la extraordinaria Lilya Zilberstein, quien hace seis semanas cerró el Festival de Mayo tocando con la Filarmónica de Jalisco el mismo Concierto en re menor, Op. 15 que ahora volví a escucharle. Como siempre, ella estuvo impecable, pero el acompañamiento que le brindó el ingeniero, distó de estar a su nivel.

Desde la primera nota que tocó la orquesta, el sonido estaba apagado. Muerto. Y cuando ella irrumpió en el compás 91, su pianísimo fue más sonoro que toda la masa orquestal. Más que acompañarla, Prieto se esmeró en lastrarla. Hacer Música no es contar compases. Ella tan fogosa… y él, por mucho que sude y brinque, tan sangre de atole. La Sinfonía en do menor, Op. 68 no corrió con mejor suerte. Estuvieron las notas, pero era como escuchar un poema sin inflexión ni relieve alguno. Pecó de soporífera, y me temo que va a pasar mucho tiempo para que vuelva a animarme a ir a un concierto con la OSM, a pesar de que traigan solistas fuera de serie, como la Maestra Zilberstein.

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Y ahora, la primicia: a pesar de que su trabajo ha dejado muy buen sabor de boca, de que volvimos a tener producciones con nivel profesional y que ha ofrecido una programación tan variada como equilibrada, me entero que Marcelo Lombardero tiene su boleto para regresarse esta semana a su país. Renunció a dirección de la Ópera de Bellas Artes tras que le recortaran el presupuesto. Así, no puede hacer nada, y menos si a más de tres semanas, sigue sin recibir respuesta de las autoridades que lo contrataron. ¿Pensarán dársela, cuando regresen de vacaciones?