Eclipse total, por Miguel Ángel Moratinos

2026/09/07

El pasado 12 de agosto, millones de ciudadanos se movilizaron para presenciar y vivir un momento histórico: el eclipse total. La Luna se interpuso entre el Sol y nuestro planeta Tierra, y lo oscureció durante poco más de un minuto. El impacto científico, social, económico y personal afectó a millones de personas en todo el mundo.

Esta experiencia me ha llevado a extrapolar la situación que vive la humanidad y a considerar que estamos muy cerca de un “eclipse total” en el desarrollo de nuestra propia existencia.

Donald Trump, hablando ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 23 de septiembre del 2025

Donald Trump, hablando ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 23 de septiembre del 2025SARAH YENESEL / EFE

Tres realidades se interponen entre nuestra condición humana y nuestro planeta, del mismo modo que la Luna se interpuso entre el Sol y la Tierra.

La primera es de carácter medioambiental: la lucha contra el cambio climático ya no puede ser rechazada. Este año hemos asistido, de nuevo, a un sinfín de inundaciones, tifones, incendios, terremotos y sequías. Hace falta una acción climática inmediata y permanente. Las medidas parciales no son suficientes; hay que modificar el modelo económico y social que, hasta ahora, como señala el científico francés André Michel, ha medido su valor en la destrucción. Por ello, este científico reclama defender el valor de “lo creado, de la resiliencia y de la regeneración de la vida”.

La segunda, interrelacionada con la primera, es el estado bélico mundial. El “no a la guerra” no es un eslogan político utópico; es una necesidad. ¿De qué serviría salvar el planeta si no somos capaces de salvar a la humanidad? Las guerras no concluyen en “seis días”, ni siquiera en tres semanas… Los altos el fuego no se respetan; se interpretan de manera unilateral y la diplomacia ha desaparecido.

Las supuestas negociaciones se llevan a cabo por empresarios, militares o agentes de inteligencia, y se ignoran las normas internacionales y las propuestas que la humanidad ha ido construyendo a lo largo de varios siglos para, precisamente, como bien dice el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, “evitar a las futuras generaciones los horrores de la guerra”.

Hay que crear un lobby por la paz, frente al poderoso lobby de la guerra. Frente a la economía de guerra, necesitamos una respuesta que no resida únicamente en el reforzamiento del Estado de derecho, sino que, como defiende el profesor Michel, “construya una economía más amplia, más atractiva y próspera, fundada en la protección, la restauración y la regeneración de lo vivo”.

Hay que modificar el modelo económico y social que ha medido su valor en la destrucción

Estas dos prioridades se ven afectadas por un tercer desafío: la IA. Esta inteligencia ha entrado en nuestras vidas como un elefante en cacharrería. Su acogida inicial fue entusiasta. Nadie puede negar el lado positivo de la IA, pero pocos se han planteado el lado poco conocido de sus consecuencias. Nuestra reacción debe ser de responsabilidad para evitar consecuencias irreversibles por no haber reaccionado a tiempo.

Expertos, científicos, empresarios y medios de comunicación se reúnen para discutir la IA, pero falta una dirección clara sobre cómo abordar este debate. La ONU ha tratado de centralizar un marco normativo universal, pero, desgraciadamente, por el momento este objetivo no se ha conseguido. Los “comités de sabios” proliferan, aunque, en general, están conformados por técnicos y científicos muy favorables a promover inversiones trillonarias en nuevas capacidades de IA.

Se invierten millones y millones en IA, pero no se invierte prácticamente nada en inteligencia humana. Además, las consecuencias existenciales para los seres humanos han quedado relegadas.

Prácticamente no hay filósofos, antropólogos, sociólogos ni líderes religiosos en los órganos de estudio y reflexión sobre la IA. La única guía en este sentido nos vino a través de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV. Su Santidad recomendó cinco principios y descargó todo su peso moral y ético para defender al ser humano como centro esencial de nuestra comunidad. No aceptó las tesis de un ser humano híbrido –mitad robot, mitad persona–. Exigió una democratización de la IA y rechazó el control de unos oligarcas que quieren monopolizar y decidir el futuro de los avances científicos para imponérnoslos sin reflexión. Si no somos capaces de reaccionar a tiempo, construiremos, como bien señala el Papa, una nueva torre de Babel que no tardará en hundir la solidaridad y justicia por la falta de solidez.

Otro gran escritor italianosuizo, Giuliano da Empoli, reclama un mayor sentido crítico al dar la bienvenida a la IA. En su libro Depredador , identifica a estos nuevos depredadores del uso y abuso de esta tecnología. Existe una sólida conexión entre estos oligarcas y los nuevos “señores de las TECH”. No debemos ser sumisos ante los “nuevos gurús de la tecnología”. El autor indica que la IA no es un simple acelerador del poder; es, sobre todo, una forma de poder. Si la automatización se centraba antes en los medios, la IA se interesa por los fines. Establece sus propios objetivos y desarrolla una capacidad que hasta ahora todos creíamos reservada a los seres humanos. Por ello, Empoli afirma que “el poder de la IA no tiene nada de democrático ni de transparente. Más que artificial, la IA es una forma de inteligencia autoritaria”. Además, existe el riesgo de que incluso no vaya a reforzar nuestra inteligencia, sino nuestra estupidez.

Estos tres desafíos pueden llevarnos hacia una senda pesimista. Sin embargo, los tres retos deben lograr despertarnos de un sueño irreal de autosatisfacción y resignación. La historia de la humanidad ha sido una constante lucha por la supervivencia y el desarrollo de nuestra consciencia y bienestar.

La capacidad humana nos permite entender la complejidad de la existencia y también debe permitirnos replantear una nueva acción en la que el ciudadano universal haga finalmente las paces con la naturaleza y los seres vivos, ponga punto final a las guerras y desarrolle sus nuevos descubrimientos al servicio de todos los ciudadanos del mundo. No es un planteamiento utópico; es el único posible.

Por ello, si nos hemos movilizado para conocer y vivir un fenómeno astronómico de un minuto y medio, ¿por qué no podemos movilizarnos con urgencia y durante el tiempo que sea necesario para evitar un eclipse total de la humanidad?