El derecho a fracasar, por Antoni Gutiérrez-Rubí

2026/10/11

Hace unos días leí una entrevista al filósofo Costica Bradatan que me hizo reflexionar sobre nuestra relación con el fracaso. El autor de Elogio del fracaso plantea una idea provocadora en una época obsesionada con el éxito: quizá fracasar no sea solamente algo que nos sucede y condiciona, sino también una experiencia necesaria para comprender quiénes somos y cuáles son nuestros límites.

Vivimos bajo una cultura que premia el rendimiento y convierte cada trayectoria en un escaparate donde hasta el fracaso debe ser productivo y ejemplar. Hay que triunfar, mejorar, avanzar... Incluso cuando fracasamos, se nos pide hacerlo bien: aprendiendo de los errores, reinventándonos, convirtiendo el tropiezo en oportunidad. “Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, en palabras de Samuel Beckett.

   

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Bradatan nos propone tomarnos en serio el fracaso. Nos recuerda que no controlamos tanto y todo como creemos, que somos vulnerables y que nuestras certezas son más frágiles de lo que nos gusta admitir. Y quizá por eso el fracaso tenga también una dimensión política democrática.

El filósofo señala algo revelador: los discursos autoritarios y populistas tienden a ordenar el mundo entre ganadores y perdedores. Sus adversarios son “perdedores”, sus políticas son “fallidas” y el líder se presenta como encarnación del éxito. No ofrece solo un programa: ofrece una promesa emocional. Conmigo, tú también ganarás. Del fracaso al fracasado hay un paso… y es peligroso.

Una sociedad que teme demasiado fracasar es más vulnerable a quien promete eliminar la incertidumbre fácilmente

La política convertida en competición permanente tiene una consecuencia peligrosa: quien pierde deja de ser alguien que piensa distinto para convertirse en alguien que no vale. El fracaso deja de ser una experiencia humana (de la que hay que aprender) y se convierte entonces en un estigma. Y una sociedad que teme demasiado fracasar es más vulnerable a quien promete eliminar la incertidumbre fácilmente.

La democracia debe funcionar de otra manera: no promete ganar siempre. Se construye sobre la posibilidad del error, de la rectificación, de la alternancia y del desacuerdo. Parte de su grandeza no está en negar el fracaso, sino en haber creado mecanismos para convivir con él. Bradatan habla también de la humildad como “el respeto desinteresado por la realidad”.

Es una idea profundamente política. La humildad democrática consiste en aceptar que la realidad no se adapta a nuestros deseos, que ninguna mayoría posee toda la razón y que ninguna victoria electoral convierte una opinión en verdad. Tal vez necesitemos recuperar el derecho a fracasar. No como excusa para la incompetencia, sino como vacuna contra la arrogancia autoritaria y contra la obsesión por tener siempre razón. Una sociedad que no tolera el fracaso acaba necesitando culpables. Una sociedad que sabe convivir con él puede permitirse aprender. Y ahí radica también una diferencia esencial entre democracia y autoritarismo: la democracia sabe que puede equivocarse. El autoritarismo necesita demostrar que nunca lo hace.