Un eclipse total convirtió Canarias en el centro de la ciencia internacional en 1959: hubo aviones a 20.000 metros, cambios atmosféricos, animales desconcertados y una consecuencia que marcaría el futuro de la astronomía española.
Publicado por
Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
Creado: 7.08.2026 | 12:05
Actualizado: 7.08.2026 | 12:06
El 2 de octubre de 1959 no fue una mañana cualquiera en Canarias. Los periódicos llevaban días anunciando con precisión casi obsesiva la hora a la que el Sol comenzaría a desaparecer. Científicos españoles y extranjeros habían desembarcado en las islas cargados de instrumentos. En Los Rodeos podían verse aeronaves estadounidenses destinadas a estudiar el fenómeno desde alturas extraordinarias. Y entre buena parte de la población circulaban historias mucho menos científicas sobre lo que podía ocurrir cuando, en pleno día, llegara la oscuridad.
A las 10:17 de la mañana comenzó el espectáculo en Santa Cruz de Tenerife. Poco más de una hora después, hacia las 11:41, la Luna ocultaba completamente el Sol en las zonas situadas dentro de la franja de totalidad. Durante algo más de dos minutos, una parte del archipiélago experimentó una de las escenas naturales más extrañas que podían contemplarse en aquellos años: el día se convirtió súbitamente en una suerte de noche.
Las páginas de El Día permiten reconstruir hoy aquel episodio casi minuto a minuto. Las noticias de hemeroteca hablan de expediciones científicas internacionales, observaciones desde las cumbres, experimentos atmosféricos y hasta un reactor estadounidense preparado para estudiar el eclipse a unos 20.000 metros de altura. Pero también prestaron atención a acontecimientos bastante más cotidianos: gallinas que regresaban al gallinero, personas que afirmaban haber visto extrañas sombras y cambios medibles en el viento y la presión atmosférica.
Más de seis décadas después, el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) ha recuperado esta historia en el artículo “El año 1959: el del eclipse del ‘fin del mundo’ y del germen del Instituto de Astrofísica de Canarias”, permitiendo entender que aquel eclipse fue mucho más que una curiosidad astronómica. En cierta manera, ayudó a colocar los cielos canarios en el mapa internacional de la astrofísica.
Canarias se convirtió durante unas horas en el centro de la astronomía
Los eclipses totales tenían entonces una importancia científica especialmente elevada. No existían los observatorios espaciales actuales y determinados aspectos de la corona solar podían estudiarse con especial detalle durante los breves minutos en los que la Luna ocultaba el brillante disco del Sol.
Canarias ofrecía además unas condiciones extraordinarias. La combinación entre altitud, cielos despejados y una atmósfera favorable había despertado interés entre los astrónomos desde décadas atrás. El eclipse de octubre de 1959 ofrecía una oportunidad difícil de repetir y provocó la llegada de investigadores procedentes de diferentes países.
La prensa lo reflejó ampliamente. Una de las páginas de El Día anunciaba que había «científicos de muchos países europeos y americanos» en Canarias para estudiar el fenómeno. Otra información publicada la víspera explicaba que una comisión experimental británica formada por diez miembros se encontraba en Tenerife y que científicos de varias nacionalidades estaban instalados en Jandía.
El despliegue tenía algo de acontecimiento propio de la carrera tecnológica que estaba transformando el mundo. Los recortes hablan de telescopios, espectrógrafos, polarímetros y otros instrumentos distribuidos por distintos puntos de las islas. En el Centro Meteorológico de Santa Cruz de Tenerife, por ejemplo, el estadounidense Mr. Brook instaló un polarímetro destinado a estudiar la luz de la corona solar.
Todavía más espectacular resultaba la operación aérea. Según la información recuperada por el IAC, las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos trasladaron hasta Los Rodeos grandes aparatos como el Lockheed C-130A Hercules y el Douglas C-124 Globemaster. Un F-101B Voodoo tenía la misión de elevarse hasta aproximadamente 20.000 metros para realizar observaciones del eclipse. En la España de 1959, semejante despliegue debía de parecer casi ciencia ficción.

El eclipse total de Sol del 2 de octubre de 1959 oscureció una franja de unos 100 kilómetros que atravesó el noreste de Tenerife, Gran Canaria y el suroeste de Fuerteventura.
Izaña detectó algo que no podía verse mirando al cielo
El eclipse no solamente proporcionó fotografías espectaculares. Mientras miles de personas levantaban la vista, los instrumentos meteorológicos estaban registrando otra historia.
Una crónica publicada después del fenómeno apareció bajo un titular rotundo: “Curiosidades del eclipse de Sol”. El periódico destacaba las «perturbaciones atmosféricas producidas por el fenómeno» y resumía uno de los resultados obtenidos en las alturas de Tenerife: “En Izaña descendió la presión y aumentó la velocidad del viento”.
Aquellos cambios tenían especial interés porque permitían estudiar qué ocurre en la atmósfera cuando desaparece bruscamente una fuente fundamental de calentamiento: la radiación solar. Durante un eclipse total, el terreno y las capas inferiores de la atmósfera dejan de recibir temporalmente la misma cantidad de energía. El descenso de temperatura puede modificar de manera transitoria las condiciones atmosféricas locales.
Los testimonios recuperados posteriormente por el IAC muestran que esas alteraciones no quedaron únicamente registradas en instrumentos. Francisco Abreu Plaza contó décadas después, en el año 2009, que había experimentado fuertes ráfagas de viento mientras pilotaba un avión de cabina abierta. Su relato conecta de una manera extraordinaria la experiencia humana con las mediciones que la prensa publicó en aquellos días.
También se habló de un fenómeno visual especialmente llamativo. En Puerto de la Cruz algunas personas observaron las denominadas «sombras volantes», bandas o sombras ondulantes que pueden hacerse visibles inmediatamente antes o después de la totalidad debido a las irregularidades atmosféricas que afectan a la escasa luz solar restante. Para quien desconociera el fenómeno, el efecto debía resultar desconcertante.
Las gallinas se fueron a dormir y los gallos anunciaron un segundo amanecer
Si los científicos miraban espectrógrafos y barómetros, los animales reaccionaban siguiendo señales mucho más elementales.
La crónica de El Día dedicó incluso un apartado a la “reacción de los animales”. El periódico señalaba que las gallinas se habían recogido cuando comenzó la oscuridad. Algunas miraban hacia arriba «en actitud semejante a cuando merodea un aguilucho», mientras otras se dirigieron tranquilamente a la cama.
El IAC ha recuperado recuerdos similares a partir de testimonios recopilados en 2009 por el Museo de la Ciencia y el Cosmos y el propio Instituto. Dolores de la Rosa recordaba cómo las gallinas corrieron a refugiarse en los gallineros de las azoteas. Y cuando regresó la luz ocurrió algo todavía más curioso: según el recuerdo de Asunción de la Rosa, los gallos comenzaron a cantar como si estuvieran presenciando un nuevo amanecer.
La escena explica mejor que cualquier definición qué significa experimentar un eclipse total. Para un observador actual resulta sencillo consultar con antelación cada fase del fenómeno. En 1959 la información científica convivía con rumores, supersticiones y un acceso al conocimiento mucho más limitado.
De ahí surgió uno de los recuerdos que todavía acompañan al eclipse: el temor al «fin del mundo». Y es que pudieron recogerse testimonios de personas que escucharon aquella expresión y de otras que reaccionaron con considerable sentido del humor. Santiago Padilla Castilla recordaba que su abuelo Juan quiso comer cuanto antes: si realmente llegaba el final, prefería que lo sorprendiera con el estómago lleno.
Un eclipse ayudó a sembrar el futuro Instituto de Astrofísica de Canarias
Detrás de las anécdotas había una consecuencia mucho más duradera. El eclipse llegó cuando empezaba a estudiarse seriamente el potencial astronómico de las cumbres canarias.
Según explica el IAC, la posibilidad tenía antecedentes lejanos. El astrónomo Jean Mascart había propuesto ya en 1910 la instalación de un observatorio astronómico en los altos de Guajara. Décadas después, José María Torroja y el padre Antonio Romaña impulsaron el estudio de las condiciones astronómicas de Izaña.
Para desarrollar aquella prospección se recurrió a un joven físico recién licenciado llamado Francisco Sánchez. Su trabajo debía analizar durante un periodo inicial las condiciones que ofrecían los cielos de Tenerife. Lo que se encontró terminó demostrando que Canarias disponía de unas características excepcionales para la observación astronómica.
Sánchez acabaría convirtiéndose en fundador y primer director del Instituto de Astrofísica de Canarias. Por eso el eclipse de 1959 ocupa un lugar singular en la historia científica de las islas: no creó por sí solo la astrofísica canaria, pero actuó como un poderoso catalizador en el momento en que comenzaba a demostrarse el enorme valor de aquellos cielos.
Hay además una poderosa fotografía histórica detrás de todo aquello. Mientras algunos de los instrumentos científicos más avanzados disponibles llegaban a Tenerife para perseguir durante unos minutos la sombra de la Luna, Canarias continuaba viviendo las dificultades económicas y sociales propias de la España de posguerra. El mismo periódico que describía expediciones astronómicas internacionales publicaba noticias sobre emigración y problemas económicos. Ciencia de vanguardia y vida cotidiana convivían en unas mismas páginas.

El eclipse de 1959 coincidió con las primeras investigaciones sistemáticas destinadas a determinar la calidad de las cumbres canarias para la observación astronómica.
El día que duró poco más de dos minutos y dejó una huella de décadas
La totalidad atravesó una franja de aproximadamente 100 kilómetros que alcanzó el noreste de Tenerife, Gran Canaria y el suroeste de Fuerteventura, según la reconstrucción histórica publicada por el IAC. Durante algo más de dos minutos y medio, quienes estaban correctamente situados pudieron contemplar la corona solar alrededor del disco negro de la Luna.
Después volvió la luz. Los gallos cantaron, los instrumentos dejaron sus registros y los científicos comenzaron a estudiar los resultados. En los periódicos aparecieron nuevas historias: cambios atmosféricos, observaciones de la corona, sombras extrañas y pequeñas anécdotas que habían pasado inadvertidas mientras todo el mundo miraba hacia arriba.
El episodio adquiere hoy otra dimensión. España volverá a experimentar un eclipse total de Sol el 12 de agosto de 2026, 67 años después de aquella jornada canaria. El fenómeno de 1959 sirve así como una extraordinaria cápsula del tiempo sobre la manera en que una sociedad se enfrentaba a un acontecimiento astronómico antes de internet, los teléfonos móviles y las retransmisiones en directo.
En Canarias, además, aquella sombra dejó algo que sobrevivió a los pocos minutos de oscuridad. Contribuyó a confirmar el interés científico de unas islas que acabarían acogiendo observatorios de referencia internacional y una institución dedicada a investigar el Universo.
Los habitantes de las islas vieron desaparecer el Sol en 1959. Los científicos, paradójicamente, comenzaron a ver con mayor claridad el futuro de la astronomía en Canarias.
Referencias
- Instituto de Astrofísica de Canarias. El año 1959: el del eclipse del “fin del mundo” y del germen del Instituto de Astrofísica de Canarias. Instituto de Astrofísica de Canarias. Publicado el 16 de julio de 2026. Consultado el 7 de agosto de 2026.