El ’escándalo’ de Raphael y Loles León: así dejaron KO a España

2026/08/08

El público se puso en pie. El fervor levantó la grada. Una mujer estaba haciendo todo aquello que no podían hacer las mujeres. Sórdido para algunos, una acto de libertad para otras. Loles León estaba reivindicando el “ahora nos toca a nosotras”. Porque para abrir camino, a veces, hay que escandalizar. Y de eso iba la canción de Raphael. “Hagámoslo”, pues. 

Sucedió en Hola Raffaella, en los Estudios Buñuel pletóricos del año 1992. Raffaella Carrà y su compañero Sergio Japino eran maestros de las puestas en escena auténticas. A veces, no hacía falta ni siquiera presentar a las estrellas invitadas. Así pasó con aquella actuación de Raphael, que venía a demostrar estar a la vanguardia con un tema con rap incorporado. Muy a tono de las últimas tendencias del momento. De repente, la canción empezó a sonar. Aunque nadie sabía de dónde venía el sonido. “¿Qué pasa?”, preguntó Raffaella antes de ponerse a buscar debajo de los cojines. Como si fuera David, El Gnomo. Pero la realización del show ya nos daba la primera pista. Solo a los espectadores: Raphael estaba bailándose encima detrás de la puerta de entrada del decorado. Él, mirando a cámara. Él, con su gestualidad desbordante. Él, listo para jugar. 

Y entró. Y saludó. Y se dejó llevar. Hasta subirse encima de la mesa del salón de Raffaella. Loles León, prácticamente copresentadora del programa, fue detrás. Había que completar el arco narrativo de una actuación que empezó con suspense, celebrando la sorpresa con un asombrado “de dónde viene la música”, prosiguió con el cantante danzando con todos los que estaban en el plató y se remató con la estampa que quedaría en el imaginario del rubor colectivo: Loles restregándose con Raphael, de arriba a abajo. La danza del toqueteo hizo suyo el nombre de la canción. Sacando los colores, a propios y extraños. 

Visto con los ojos de hoy puede parecer una salida de tono inapropiada, que no respeta los espacios corporales, aunque para aquella ingenua España tal refriegue, catártico, fue una redención. Un acto de liberación. Ellas bajo la claridad de los focos hacían lo que ellos habían abusado desde las sombras del poder. La diferencia estaba en que aquí existía la saludable ironía del cabaret, que con la provocación rompía los corsés de la tóxica moral. 

Loles León bailó como forma de reivindicar la seducción compartida. Raphael lo permitió, claro. Incluso lo disfrutó. Sabía que estaban haciendo historia ante una España que todavía no estaba acostumbrada a estos menesteres. De ahí las sonrisas infantiles que provocaba un mero manoseo cómplice. 

De hecho, la realización fue hábil mostrando los planos de reacción de aquel público festejando, con bien de sonoros suspiros, aquella tele desatada. Había que contar bien esta historia. Algo estaba cambiando en prime time. Y Raphael, ya sin su americana, se acercó a su audiencia. A dejarse bailar con ellos, también. Porque Raphael es de todos.   

Cuando terminó el número, Loles León preguntó a Raphael si se había pasado... Raphael contestó que había sido perfecto. "Todo el país estará hablando de la canción". Razón tuvo. Se mezclaron tres artistas, Raffaella, Raphael y Loles León, con la inteligencia para desafiar los prejuicios sociales hasta levantarnos del sofá. Con la mejor herramienta: la creatividad de la tele que cuenta una historia, no se queda en hacer un playback atado a pie de micro. Una historia que nos retrata, nos delata, nos desmonta y, al final, termina sacándonos la transparente risa de la travesura de épocas más despreocupadas. Y que con las cosas del crecer no se nos puede arrebatar.