El eslabón invisible: por qué la logística puede salvar más vidas de las que creemos

2026/09/14

Javier Cuello

Javier Cuello es CEO y cofundador de una plataforma tecnológica para la gestión de muestras de laboratorio (Foto: Movant Connection)

Cuando pensamos en errores de diagnóstico, la imaginación suele viajar hacia el interior de un laboratorio: un reactivo vencido, un equipo mal calibrado, un profesional distraído. Es una imagen cómoda, porque ubica el problema dentro de las cuatro paredes donde se procesan las muestras. Pero los datos cuentan otra historia, mucho menos intuitiva y mucho más incómoda: más del 70% de los errores que ocurren en un laboratorio clínico no suceden dentro del laboratorio. Suceden antes. Suceden en la llamada fase preanalítica, ese tramo que va desde el momento en que el paciente llega al mostrador hasta que ese tubo efectivamente llega a un analizador.

La magnitud del problema resulta difícil de ignorar. En Estados Unidos, los errores preanalíticos tienen consecuencias clínicas para más de 10.000 personas cada día, todos los días: diagnósticos equivocados, tratamientos demorados, procedimientos innecesarios y, en muchos casos, consecuencias con riesgo de vida, para más de 3.500.000 personas por año solo en ese país. No es un problema marginal ni anecdótico: es sistémico, y ocurre a una escala que rara vez se discute públicamente.

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Es un dato que sorprende la primera vez que se escucha, y que después resulta obvio. La fase preanalítica no es un detalle técnico menor: es, ante todo, un problema logístico. Implica transportar un material biológico vivo, sensible a la temperatura, al tiempo, a la vibración y a la manipulación, con múltiples manos intermedias y condiciones que cambian minuto a minuto. Y sin embargo, mientras la medicina diagnóstica avanzó a pasos agigantados en las últimas cuatro décadas con nuevos marcadores, biología molecular e inteligencia artificial aplicada a la lectura de imágenes, el tramo que conecta al paciente con el laboratorio prácticamente no cambió. Seguimos moviendo muestras más o menos de la misma manera que hace 40 años: conservadoras portátiles, planillas en papel, controles manuales y mucha confianza en que “todo va a llegar bien”. Una cuestión de fe, y no de ciencia.

Esa confianza, la mayoría de las veces, se cumple. Pero cuando falla, falla en silencio: una ruptura de la cadena de frío, un tubo expuesto a temperaturas extremas, una demora que altera la estabilidad de un analito. Todo eso puede traducirse en un resultado incorrecto, con el costo humano y económico que eso implica.

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Lo más desafiante es que, una vez que la muestra sale del laboratorio, queda literalmente fuera del alcance de quienes la van a procesar. Por eso, aunque hoy existieran sensores capaces de detectar que algo se está por estropear en el camino, esa información llegaría casi siempre demasiado tarde: cuando la muestra ya está sobre la mesada, el daño ya está hecho. Frente a este límite, la única estrategia verdaderamente eficaz no es detectar el problema cuando ya ocurrió, sino anticiparlo antes de que suceda. A eso decidimos llamarlo con una conjunción que suena contradictoria: “trazabilidad predictiva”: usar inteligencia artificial para analizar patrones históricos de rutas, tiempos, temperaturas, operadores y condiciones de transporte, y así predecir con un nivel alto de confiabilidad en qué envíos futuros es más probable que aparezca una falla, para poder actuar antes de que ocurra.

Este desafío se vuelve cada vez más urgente por una tendencia que resultó omnipresente hace pocos días en la conferencia 2026 de la ADLM (Association for Diagnostics & Laboratory Medicine): la microextracción. Cada vez es más común extraer sangre no solo en un laboratorio central, sino en farmacias, puntos de recolección barriales o directamente en microtubos que después deben viajar distancias mayores hasta el centro de procesamiento. Esto multiplica los puntos de origen y, en consecuencia, el riesgo. La preanalítica deja de ser un problema acotado a un puñado de rutas conocidas y se convierte en una red mucho más dispersa y compleja de gestionar.

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En ese contexto, algunas innovaciones logísticas empezaron a mostrar caminos posibles. El uso de drones es una de ellas: en 2021, en Mar del Plata, una empresa especializada en trazabilidad de muestras de laboratorio concretó el primer envío inteligente de ese tipo realizado en el país, en alianza con una de las compañías de drones más grandes del mundo, un hito que puso a la Argentina en el mapa de la innovación logística en salud. Esa prueba dejó, además, un hallazgo contraintuitivo: el transporte aéreo resultó más benigno para las muestras que el terrestre, principalmente por menores tiempos de viaje y menor agitación. La imagen instintiva de un dron como algo más riesgoso que una camioneta se cayó frente a los datos.

Salud
El verdadero desafío está en entender con precisión cuál es el dolor real de los pacientes y del sistema de salud (Foto: Shutterstock)

Dos años después, esa misma tecnología de trazabilidad automatizada fue puesta al servicio de un escenario todavía más crítico: un convenio con una reconocida universidad especializada en ciencias de la salud permitió aplicarla al traslado de órganos para trasplante, donde cada minuto y cada grado de temperatura resultan críticos para el paciente receptor. Hoy ese camino sigue avanzando: está en curso el proceso para obtener la autorización que permita, en la Argentina, trasladar órganos para trasplante utilizando drones, un paso que podría consolidar al país como caso de referencia regional.

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Vale la pena detenerse en algo que suele pasar desapercibido: hoy, casi nada de esto es “difícil” de construir. Los sensores se convirtieron en un commodity, accesibles y económicos, y el desarrollo de software nunca fue tan barato como ahora. El verdadero desafío está en entender con precisión cuál es el dolor real de los pacientes y del sistema de salud, y en diseñar soluciones que sean fáciles de implementar y económicamente accesibles para que se puedan adoptar a escala, y no queden reservadas a unos pocos centros de excelencia.

La próxima gran mejora en la calidad diagnóstica de la medicina probablemente no venga de un nuevo reactivo ni de un equipo más sofisticado. Vendrá de algo mucho más terrenal: de resolver, con inteligencia y sentido común, el trayecto silencioso que recorre una muestra antes de llegar al laboratorio. Ese eslabón invisible, durante cuarenta años postergado, es hoy uno de los frentes donde más se puede ganar —o perder— en la calidad de un diagnóstico.

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