Los datos siempre es mejor expresarlos en números: 78 goles en 18 partidos, a 4,33 de promedio por juego. Ese saldo dejó la fecha de entre semana de la Champions League. Descomunal. Hubo encuentros de 6-0, 6-3, 4-3, 4-2, 4-1, 3-3… Para todos los gustos. Fue en la segunda jornada de lo que se llama fase de liga, que la protagonizan 36 equipos. Los que dirimirán el título. Ya en la primera fecha se habían convertido 69 goles, a 3,83 por juego. Impresionante también. Y, como todos sabemos, el gol es la razón esencial de este deporte. No obstante, aunque es el objetivo máximo, el gol no es todo; cuentan las emociones. En el choque Manchester City 2 - Paris Saint Germain 4, además de los seis tantos, se registraron adicionalmente una docena de situaciones de gol netas, 36 remates al arco, 17 de ellos entre los tres palos, y grandes atajadas de Donnarumma y Safonov. No nos daban tiempo para anotar cada incidencia de peligro.
Un canto al fútbol, a la no especulación, al ataque por ataque. Casi no hay lugar para tácticas; todo es avanzar, quebrar líneas, buscar la meta rival. Son como ejércitos que se enfrentan a campo abierto a bayoneta limpia. A lo que dé. Se dio un puñado de espectáculos superatractivos. El Real Madrid, volviendo a lo mejor de su historia, perdía ante la Roma en Italia 3-1 hasta el minuto 82 y ganó 4-3 con tres goles similares de córner. El Inter, en Milán, mordió el polvo ante el Brujas; 3-4 con tres tantos de un joven italiano: Nicolò Tresoldi. No hay posibilidad de ver un fútbol mejor, desde la puesta en escena, la propuesta ofensiva, la emotividad y finalmente el resultado. Si alguien espera más que esto, se equivoca; no hay más. Y si alguien cree que hace 40, 50 o 60 se jugaba mejor, también está errado: ni por asomo había este despliegue, esta intensidad, este afán de victoria, estos shows.
La Champions ha tomado el estilo británico de ir con todo hacia adelante, con más potencial, con menos, con mejor o peor juego, pero todos a la carga. Es una competición realmente apasionante, la mejor del mundo entre clubes. La UEFA la cuida, le hace retoques periódicos para mejorarla y el producto es fabuloso. Uno se prepara para ver un duelo colosal entre dos equipos líderes, como Manchester City y el PSG, y no queda defraudado: en un 90 % o más de las veces sale un partido épico. Y, a medida que avanzan las instancias, más emoción aún. Buena parte de la popularidad del fútbol mundial se debe a la Champions, que se mira en los cinco continentes. No hace falta ser aficionado de tal o cual club; enamora a todos.
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Pero ¿qué sucede de este lado del agua…? Todo lo contrario, nuestra Copa Libertadores, que supo tener épocas de alto impacto, no seduce de igual manera. Le interesa, naturalmente, a los hinchas de los equipos que están disputando un encuentro, no a los neutrales. Después de haber espectado martes y miércoles choques espectaculares de Champions, el jueves nos frotamos las manos para deleitarnos con una semifinal de Libertadores: la tradicional garra de Estudiantes frente al jogo no bonito pero sí más atildado de Flamengo. Dos multicampeones con cuatro coronas cada uno. En lo previo, ¿qué mejor semifinal…? Resultado: una decepción, un cero a cero rotundo, ordinario, áspero, inviolable. No pudieron romper el celofán. Ni una sola jugada de gol en cien minutos. Estudiantes pujó, insistió, machacó, aunque sin claridad, sin ideas, sin calidad ni ingenio. Nunca pudo romper el entramado defensivo flamenguista. Y todo ello sin contar los roces, las brusquedades, las entradas durísimas, los manotazos. En ese campo ganó Estudiantes.
Más que desilusionante, inquietante. ¿Por qué nuestro fútbol continental está tan lejos de Europa…? La mayoría responderá que es por una cuestión de presupuesto; sin embargo, Flamengo tiene una caja anual para el rubro futbolístico de 220 millones de dólares. Similar a muchos clubes europeos, muy superior al del Brujas de Bélgica, por ejemplo, que tuvo una grandísima actuación y le marcó cuatro goles al Inter a domicilio. No todo pasa por lo económico, sino por la idea, el planteamiento, el espíritu, la actitud frente al juego. Y no hace falta tener el plantel del Real Madrid para realizar un fútbol atractivo; el Brujas no tiene una nómina estelar, pero lo buscó: fue a ganarle al campeón italiano en su casa. La intención es diferente. Esa responsabilidad recae en los directores técnicos; ellos dan la idea a sus jugadores. Pero así como no aparecen nuevos talentos, tampoco sobran entrenadores en América del Sur. Ramón Díaz, ya con 67 años, está por desembarcar por cuarta vez en el banco de River. Estaba para la jubilación, pero lo requieren. No abundan. En Brasil importan técnicos porque no tienen, por eso decimos que la mejor noticia para el fútbol argentino es que en noviembre se firmaría la renovación del contrato de Lionel Scaloni para la selección por cuatro años. Cuando se tiene uno bueno, no hay que soltarlo. Hoy, todo proceso exitoso en fútbol empieza por el técnico, no por los jugadores.
A nivel de selecciones, lo venimos subrayando desde el Mundial: muy flaca Sudamérica. Recordamos el aluvión que desató Estados Unidos sobre Paraguay (4-1), con potencia y bello estilo; el magnífico triunfo de Noruega sobre Brasil; la rotunda victoria de México ante Ecuador; la penosa actuación de Uruguay (terminó 37.º); incluso el monólogo de España frente a Argentina en la final, aunque apenas fue 1-0. Hay una declinación futbolística muy marcada.
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Conmebol ha aumentado considerablemente los premios de los torneos continentales, que ahora son millonarios. Ha mejorado sus torneos en los distintos aspectos: todo es más prolijo, mejor organizado, pero el show es mediocre. Los goles suelen ser un reflejo del juego. La Libertadores muestra una media de gol de 2,13 por partido, la Champions casi la dobla: 4,08. Y si se contaran las acciones peligrosas, que son parte importante de la emoción que genera este deporte, la proporción debe ser de diez a uno. Hasta hace quince años, Argentina y Brasil ganaban casi todos los mundiales sub-20, que es donde se suben al escenario las nuevas estrellas. Ahora, de los últimos seis torneos se ganó uno solo: Uruguay, en 2023. Pero esa camada celeste se quedó en el título: no hay uno solo de los 21 campeones que se haya consolidado como figura en primera división. En Uruguay hablan de “generación fallida”.
¿Cuál es la razón de tanta diferencia…? La mentalidad de los entrenadores primero, está dicho, también la falta de figuras. No aparecen. No se trabaja en formación. Para justificar cualquier negocio (o negociado), la FIFA, la Conmebol y las asociaciones nacionales ponen por delante que los ingresos serán “para el desarrollo del fútbol”. Pero no se ve tal desarrollo. Alguna que otra aparición aislada. A propósito, el viernes Boca derrotó a Talleres de Córdoba 2-1, el gol de triunfo fue de Leonel Flores, el juvenil que, comentamos en la columna anterior, había deslumbrado jugando apenas 13 minutos contra Bolivia. Y venía de hacerle otros dos a Unión. Pero es un brillo entre cientos de piedras. Y hay que esperar a ver si se consolida.
Hay un “fútbol que le gusta a la gente” (aquella vieja frase adjudicada a César Luis Menotti), pero ese fútbol está en Europa, en la Champions. En Sudamérica dejó de existir. (O)