Reflexiones sobre el deber ser
No les ha interesado pasar a la historia como estadistas.


La persona que ocupa el cargo de presidente de la República, por el mero hecho de su elección por sus iguales, es considerada como el primer ciudadano; y, dadas las importantes funciones de jefe de Estado y jefe de gobierno que desempeña, además de encabezar la jerarquía estatal, lo acreditan como el supremo dignatario de la nación.
Considerando su alta investidura, lo ideal sería que el individuo que se convierta en gobernante sea un ciudadano ejemplar, un patriota que ame a sus conciudadanos, un líder que esté dispuesto a sacrificarse por los habitantes de la nación, un servidor ferviente del interés general y un funcionario respetuoso de la ley y la institucionalidad democrática.
De suerte que el presidente debería ser un personaje para quien el desempeño del cargo signifique el mayor honor de su vida, y no una simple coyuntura para la grandiosidad y el enriquecimiento personal. Por lo tanto, el presidente debería verse a sí mismo como un afortunado ser humano que, a través del servicio público, puede, con inteligencia, entusiasmo y la disposición a escuchar y rectificar, contribuir a construir un mejor futuro para su patria.
La dignidad presidencial es altamente valorada y se la asocia con una importante misión y un liderazgo positivo singular. Lamentablemente, los politiqueros y sus patrocinadores no ven en la institución presidencial la oportunidad de servir a la nación, de luchar por el bien común, de proponerse causas justas y de mejorar las condiciones de vida de la población, sino que, por el contrario, la asumen como una suerte de “ábrete sésamo”, como un mero botín de piratas. “Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan”, afirma José Ingenieros.
La historia nos dice que la mayoría de quienes han asumido el cargo de presidente no les ha importado el gran honor y responsabilidad que supone ocuparlo, sino solo han reparado en el acceso a la dominación, los privilegios y la opulencia que les ha asegurado el ejercicio del poder público. De esa cuenta, no les ha interesado prestigiarse y pasar a la historia como estadistas, que dejen un importante legado moral, sino que, además de que se han conducido con arrogancia, intolerancia, cinismo, engaño y opacidad, se han dedicado a exprimir la cosa pública y enriquecerse demencialmente.
En mi opinión, ninguno debería optar a convertirse en gobernante sin que, previamente, exhiba un testimonio de vida intachable, demuestre que está comprometido con el libre juego de opiniones, declare su patrimonio y convenza que su pretensión se origina de una genuina vocación de servicio. De entrada, deben descartarse aquellos aspirantes que alienten y encarnen odio, resentimiento, desconfianza, supremacismo, venganza, criminalización, manipulación y deshumanización.
En todo caso, todo aspirante a presidente debería convencer que su estilo de liderazgo orienta y conforta a sus conciudadanos, que velará por su dignificación, que recurrirá a la conciliación de intereses y no a la confrontación, que no es demagogo ni clientelista, que asume que el bien común se traduce en procurar condiciones que garanticen la mayor ventaja para todos y no para algunos, así como que apuesta por la cooperación inteligente y la responsabilidad compartida en el plano internacional.
En suma, el próximo gobernante debería ser alguien que tenga el carácter y la entereza suficientes para someterse al imperio de la ley y rendir cuentas, así como para aceptar que, al final, lo que verdaderamente importa es que las personas pasen y las instituciones queden.
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