El MAGA (haz a Estados Unidos grande otra vez) visto desde Liliput

2026/10/04

Dentro de un mes, el día 8 de noviembre, hará trescientos años de la publicación en Londres del libro de un desconocido autor irlandés, Jonathan Swift, que ha llegado a nuestros días conocido como Los viajes de Gulliver. Por mucho que se trate de una obra que no necesite a estas alturas de tarjeta de presentación, ya que es probablemente tan conocida y tan poco leída como El proceso de Kafka o 1984 de Orwell, pero gracias a las versiones cinematográficas, empezando por la de Walt Disney, de 1934, que convierte a Gulliver en un gigantesco Mickey Mouse, ha devenido con el tiempo en una especie de cuento para niños. Craso error.

Swift, decano de la protestantísima catedral de San Patricio de Dublín entre 1713 y su muerte en 1745, era a la vez un incansable autor de novelas, ensayos y poemas satíricos. Dotado con una imaginación desbordada, desplegaba en sus escritos una corrosiva ironía envuelta en un humor que tanto desconcierta como te hace reír.

En un ensayo que aborda el problema de qué hacer con la gran cantidad de hambrientos niños pobres de solemnidad que mendigaban por las calles, no sólo invita a los ciudadanos de bien comérselos, sino que les facilita unas recetas como para chuparse los dedos. En otro, instruye al servicio doméstico en las mejores maneras de entregarse a las mieles de la más absoluta vagancia o cómo engañar y mentir sin rubor a sus fastidiosos empleadores.

'Los viajes de Gulliver' era un brillante y divertido bulo literario con visos de desenmascarar el colonialismo británico

A su publicación, Los viajes de Gulliver era un brillante y divertido bulo literario con visos de desenmascarar la cara oculta del colonialismo británico que tanto daño hacía a Irlanda y a sus otras colonias de ultramar. En sus primeros dos viajes, Lemuel Gulliver visita Liliput, una isla en la que él es un descomunal y, por tanto, poderoso gigante, sólo para verse luego, en Brobdingnag, convertido en un insignificante e indefenso enanito rodeado de gigantes.

Ni que decir tiene que, en ambos países imaginarios, aunque la estatura de Gulliver ni crece ni disminuye, lo que importa es el tamaño y cómo se percibe. Es decir, no tan sólo nuestra manera de concebir y comparar lo grande con lo pequeño, sino cómo distinguimos entre la superioridad y la inferioridad. Dicho de otra manera, lo que pone en entredicho y ridiculiza Swift sin piedad, es la supuesta superioridad de los colonizadores europeos que esclavizaban y expoliaban a pueblos enteros que consideraban inferiores.

Se diría que Donald Trump, obsesionado como está con el tamaño, padece el síndrome de Lemuel Gulliver en Liliput. ¿Cómo se explica si no el MAGA o su afán por anexionar, comparar, invadir o apropiarse de otros países? Él siempre se ve a sí mismo el más grande, el más poderoso, el más inteligente, el más listo, como asimismo a su país, que ha de seguir creciendo hasta convertir el resto del mundo en liliputienses, gente pequeña, débil, inferior, que merece ser gobernado por una gran potencia superior. ¿Superior en qué? En todo, desde una hamburguesa, pasando por una bomba o la inteligencia artificial.

Si Washinton se zampa -debe de pensar Trump- Canadá, Groenlandia, México y Venezuela, ya puede considerarse más grande en extensión que Rusia o China. O puesto que Irán no es más es un pequeño juguete diabólico para liquidar cuanto antes y la UE una ridiculez política que obra en manos de un hatajo de afeminados comunistas trasnochados de cabaré, pues ¡a por ellos!

Lo que no comprende Trump o sus seguidores es que después de él Estados Unidos podría arribar a Brobdingnag, país al que ya arribaron los disminuidos británicos del Brexit.