Michael Ignatieff: El mundo libre

2026/09/16

Michael Ignatieff

15/09/2026

Actualizado 16/09/2026 - 07:06h.

Quienes vivieron la época de la Guerra Fría recuerdan un lugar imaginario llamado el mundo libre. Era el lugar en el que los europeos occidentales creían vivir, mientras que, según se nos decía, los europeos del Este, los rusos y los chinos vivían detrás del alambre de espino. La historia era cierta en parte: había alambre de espino y, de nuestro lado, había una cierta forma de libertad, pero la historia también era una mentira. Aquel 'mundo libre' incluía el Irán del Sah, el Chile de Pinochet y la España de Franco. No tenían nada de libres, pero eran anticomunistas y, por tanto, formaban parte del club. El líder del club, Estados Unidos, proclamaba su propia libertad, pero no concedió a sus ciudadanos negros el derecho al voto en el sur del país hasta 1965.

Así pues, el 'mundo libre' era una mentira noble, pero tenía su utilidad. Nos ayudaba a imaginar el mundo en el que queríamos vivir. La retórica del mundo libre permitió a dirigentes, de Kennedy a Reagan, articular una verdad: que el Muro de Berlín no era un hecho de la vida que hubiera que aceptar para siempre, sino una abominación moral. El 'mundo libre' ayudó a los mejores de nuestro lado a establecer vínculos de solidaridad con los mejores del 'otro lado': por ejemplo, con los disidentes soviéticos y con los héroes de Solidaridad polaca y de la Carta 77 checoslovaca. Cuando Havel decía que quería que la sociedad checa se convirtiera en un lugar 'normal', normal quería decir la libertad cotidiana, ordinaria, que existía al otro lado del alambre de espino. En los años setenta y ochenta, los pueblos de Portugal, España y Grecia sabían que pertenecer al 'mundo libre' era una mentira, porque la OTAN y los estadounidenses colaboraban con sus regímenes para negarles la libertad. Por eso, cuando derrocaron sus dictaduras, lo hicieron, en parte, para incorporarse al 'mundo libre' que les habían prometido pero que nunca habían llegado a disfrutar.

Del mismo modo, en Asia, los pueblos de Taiwán, Corea del Sur y Filipinas que derrocaron a sus tiranos respaldados por EE.UU. lo hicieron para transformar el 'mundo libre', que se había convertido en una broma ideológica a su costa, en algo real y tangible.

Finalmente, en 1989, la noche en que cayó el Muro de Berlín, las lágrimas en los rostros de quienes atravesaban sus brechas eran lágrimas de reconocimiento. Aquella noche, al menos, el 'mundo libre' no parecía un sueño. La propia gente acababa de hacerlo realidad. Aquellos días de euforia son ahora un recuerdo lejano.

Somos como dolientes en el interminable y largo funeral de aquel mundo. La muerte del mundo libre comenzó poco después de 1989. Los pueblos de los Balcanes ansiaban incorporarse a él, pero cuando tuvieron la oportunidad, en los años noventa, sus élites nacionalistas les ofrecieron una democracia basada en el gobierno de la mayoría étnica y en la limpieza de las minorías étnicas.

Cuando la democracia llegó a Rusia a comienzos de los noventa, las élites rusas, ante la posibilidad de incorporarse al mundo libre, aprovecharon el caótico derrumbe del imperio soviético para enriquecerse. La democracia murió entre el caos, la desintegración del Estado y una corrupción desenfrenada. Putin tomó el poder y extinguió la libertad rusa. Veintiséis años después, está enviando a los jóvenes rusos al horno de la guerra para impedir que Ucrania se incorpore al mundo libre.

A medida que la democracia vacilaba y era sustituida por el caos o la tiranía, los presidentes estadounidenses, desde Bush hasta Biden, así como sus aliados europeos, siguieron actuando como si creyeran que lideraban el mundo libre. La retórica estadounidense llevó a muchos iraquíes y afganos a creer que, con la ayuda de sus amigos estadounidenses y de sus aliados europeos, ellos también podrían incorporarse al mundo libre. El sueño terminó con el hundimiento del orden en Irak y el caótico abandono de Afganistán por parte de EE.UU.

El mundo libre está muriendo, y el presidente estadounidense le ha asestado el golpe de gracia. No hay tirano ni autócrata al que Donald Trump no elogie mientras extorsiona a sus aliados democráticos. Exalta su amistad con el odioso tirano de Corea del Norte, al tiempo que reduce los ejercicios militares estadounidenses con su antiguo aliado democrático en Seúl. Dice al dirigente de un Estado democrático que lucha por su supervivencia que «no tiene las cartas» y le niega las defensas antimisiles que protegerían a su población civil de los ataques nocturnos.

Si este vandalismo político fuera obra de un solo hombre, podríamos imaginar que, en algún momento después de 2028, sería posible regresar sin peligro a los ideales del mundo libre. Pero la realidad es más sombría. La idea de que EE.UU. debe defender a los pueblos libres está tan degradada en la opinión pública estadounidense que las flagrantes traiciones de Trump a los aliados libres no provocan ningún grito de indignación en el Congreso ni ninguna tormenta en la opinión pública. Las elecciones de mitad de mandato se decidirán por el precio de la gasolina, no por la traición de Washington a los ideales que, desde la II Guerra Mundial, se suponía que debían sustentar su política exterior.

Las potencias medias –Canadá, los europeos– siguen defendiendo la libertad más allá de sus fronteras. Se mantienen fieles a su compromiso con Ucrania mientras EE.UU. se aleja, pero su propia supervivencia en un mundo de depredadores se ha convertido ahora en su prioridad fundamental. Cuando los aliados dejan de compartir una identidad común como miembros del mundo libre, la única pregunta que queda es quién prevalecerá y quién se someterá. Canadá es el primero de los aliados de EE.UU. en aprender esta incómoda verdad. El primer ministro Carney abandonó las negociaciones con Washington porque los estadounidenses exigían que Canadá alineara su política económica exterior con la de EE.UU. y renunciara a su soberanía económica. Los europeos han elogiado el valor de Canadá, pero el valor consiste a veces en tener la capacidad de reconocer la realidad. En esta nueva realidad, cada Estado está solo. Debe proteger sus industrias fundamentales de la competencia exterior, al tiempo que invierte enormes recursos en crear las infraestructuras necesarias para seguir siendo competitivo en una lucha global por la supervivencia económica. Todas las formas de dependencia pueden convertirse en armas y todas las dependencias de las cadenas de suministro y de los recursos constituyen vulnerabilidades.

Trump ha matado al 'mundo libre' en nombre de una idea fija proteccionista que acelerará su declive imperial. Europa, Canadá y las democracias de África y Asia son lo que queda del 'mundo libre'. Sobre ellas –y no sobre EE.UU.– recae la carga, pero también la oportunidad de mantener viva esa identidad. Durante la Guerra Fría, esta idea nos permitió imaginar un mundo mejor. Puede volver a hacerlo, recordándonos que compartimos unos valores –la libertad y la democracia– y no solamente intereses económicos, y que no podremos conservarlos para nosotros mismos si no los defendemos juntos.

Michael Ignatieff

es filósofo, escritor y fue galardonado con el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2024