El fenómeno del Niño no debe ser observado únicamente como una amenaza climática lejana. Para Ecuador representa un riesgo productivo, sanitario, logístico, económico y social que puede afectar de manera directa a una de las actividades más importantes del país: el sector camaronero.
La industria del camarón ha demostrado capacidad de innovación, adaptación y crecimiento. Sin embargo, gran parte de sus piscinas, laboratorios, empacadoras, vías de acceso, estaciones de bombeo y centros logísticos se encuentran en zonas costeras expuestas a lluvias intensas, inundaciones, cambios de salinidad, fallas eléctricas y deterioro de la infraestructura.
El riesgo no proviene solamente del aumento de la temperatura del mar. El verdadero peligro surge cuando coinciden varios factores: agua más caliente, menor oxígeno disuelto, lluvias extremas, reducción brusca de salinidad, ingreso de sedimentos y contaminantes, interrupción de carreteras, fallas de energía y debilitamiento de los controles sanitarios.
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En estas condiciones, el camarón puede experimentar estrés, menor consumo de alimento, alteraciones en la muda, crecimiento desigual y mayor susceptibilidad a enfermedades. No significa que el Niño produzca automáticamente mortalidades ni brotes sanitarios. La ciencia exige prudencia: cada evento depende de su intensidad, duración, ubicación y de la capacidad de manejo de cada empresa. Pero la incertidumbre no debe convertirse en inacción.
Las camaroneras necesitan revisar desde ahora sus muros, canales, compuertas, reservorios, drenajes y estaciones de bombeo. También deben asegurar generadores eléctricos, combustible protegido, aireadores móviles, repuestos, rutas alternativas y protocolos de cosecha anticipada. El monitoreo de temperatura, oxígeno, salinidad, pH, amonio y nivel del agua debe ser continuo y conectado con alertas operativas.
Las empacadoras enfrentan un desafío igual de crítico. Una inundación o interrupción vial puede retrasar la llegada del producto, saturar las áreas de recepción, reducir la disponibilidad de hielo y comprometer la cadena de frío. Por ello requieren energía redundante, reservas de agua, cámaras alternativas, trazabilidad térmica, proveedores sustitutos y planes claros para operar con capacidad limitada.
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La respuesta también debe ser económica y financiera. Los bancos, cooperativas y aseguradoras deberían diseñar líneas de crédito preventivo para infraestructura, automatización, eficiencia energética y adaptación climática. Financiar la prevención es más rentable que financiar la recuperación posterior a una pérdida masiva.
El Estado debe coordinar información climática, niveles de ríos, estado de carreteras, disponibilidad eléctrica y alertas sanitarias. Los gobiernos locales deben limpiar drenajes, controlar rellenos, proteger vías y evitar nuevas construcciones en áreas de alta exposición.
La protección de manglares y humedales también forma parte de la solución. Estos ecosistemas pueden reducir erosión, amortiguar inundaciones, retener sedimentos y proteger comunidades. No sustituyen a la ingeniería, pero fortalecen la defensa territorial.
El mensaje central es claro: el Niño no puede evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse. La resiliencia no comienza cuando llega la lluvia. Comienza meses antes, con información, inversión, mantenimiento, coordinación y decisiones responsables.
Proteger al sector camaronero significa proteger empleo, exportaciones, alimentación, comunidades costeras y estabilidad económica nacional. La mejor alerta no es la que genera miedo, sino la que transforma conocimiento científico en acción. (O)
Jorge Ortiz Merchán, máster en Economía y Políticas Públicas, Durán
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