El pez, harto de morderse la cola, por Jordi Basté

2026/10/11

El pez que se muerde la cola está a punto de dimitir. Lleva años dando vueltas por la política española y ahora le espera otra campaña electoral. La precampaña ya es intolerable: unos y otros lanzándose el cadáver de Maricarmen por la cabeza. Tanta prisa por señalar culpables y tan poca por sentarse a encontrar soluciones.

Los asuntos que deberían pactarse acabarán gritándose. Primero, la inmigración. Un país que necesita trabajadores debe prever dónde vivirán y qué servicios necesitarán. Pero hablar de planificación proporciona menos votos que alimentar el miedo o despachar cualquier inquietud con una etiqueta. ¿Dónde van a vivir? ¿Saturaremos aún más los servicios públicos?

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Quique García / Efe

Segundo, la vivienda. Quienes llegan necesitan un techo donde muchos de los que ya estaban tampoco pueden pagarlo. Jóvenes, familias con dos sueldos, vecinos de toda la vida expulsados hacia las afueras. Se alejan buscando alquileres asequibles, pero el problema viaja con ellos: aumenta la demanda y los precios suben también allí.

Tercero, la movilidad. La casa se desplaza cuarenta kilómetros; el puesto de trabajo sigue en el mismo sitio. Vivir en el extrarradio exige transporte público. Si Rodalies falla y los autobuses no aumentan al ritmo de la población, el ahorro del alquiler se paga con horas de vida. O con un coche para incorporarse al atasco.

Solo hay una salida posible: pactos de Estado, acuerdos, diálogo...

El pez ya tiene la cola en la boca. Necesitamos trabajadores, faltan viviendas asequibles y quienes encuentran una lejos del centro no tienen garantizado cómo llegar al trabajo. Cada administración conserva, eso sí, una enorme capacidad para explicar por qué la culpa es de otra.

Solo hay una salida: pactos de Estado, acuerdos, diálogo... Decidir dónde construir, para quién y con qué servicios. Ver grúas levantadas. Comprometer presupuestos y calendarios que sobrevivan a las elecciones. Aceptar propuestas ajenas y renunciar a alguna propia.

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Ahora es imposible. Pactar es reconocerle alguna virtud al adversario, justo cuando todos se preparan para presentarlo como una calamidad.

Mientras tanto, mañana alguien saldrá de un piso que apenas le permite llegar a final de mes para esperar un tren que debería llevarlo al trabajo. Tendrá tiempo de sobra para escuchar las promesas que le vienen.