Su lema no engaña: “Poco para ver, mucho para contar”. San Basilio de Palenque es una pequeña comunidad colombiana con cerca 3.500 habitantes, situada unos 50 kilómetros al sur de Medellín que presume de ser “el primer pueblo libre de América”. Es decir, el primero fundado por esclavos liberados. Al entorno de su plaza Principal, se arraciman modestas construcciones de aire jamaicano. Es el punto de inicio para las visitas.
En un lugar destacado de esta plaza se levanta el busto del fundador, gritando al cielo tras romper sus cadenas. Benkos Biohó fue el líder de una rebelión de cimarrones –esclavos fugitivos– en la Colombia del siglo XVII, entonces Nuevo Reino de Granada. Biohó había nacido en las islas Bijagós de Guinea Bissau, en aquel tiempo la Guinea Portuguesa, y fue trasladado en un buque negrero a Cartagena de Indias junto a su mujer e hijos.

Tras escapar de su propietario, Biohó encabezó una expedición de una treintena de esclavos que se establecieron en una empalizada o palenque en la ciénaga de Matuna. Él se convirtió en rey y su esposa, Wiwa, en reina. Bajo su mando, los rebeldes rechazaron los intentos de portugueses y españoles para someter al pueblo. Hasta que en 1613 el gobernador de Cartagena acordó una tregua con Palenque de Matuna y aceptó su autonomía. Un siglo más tarde, en 1713, un decreto real reconocería San Basilio de Palenque –el cambio de nombre se produjo posiblemente a raíz de la llegada de una escultura de ese santo al municipio– como el “primer pueblo libre de América”.
Biohó, sin embargo, acabó siendo presa de los españoles. Pese al acuerdo de paz, lo arrestaron en 1619. Y dos años más tarde, lo ahorcaron y descuartizaron. Aun así, el palenque ya se había convertido en un símbolo de libertad y resistencia para los afrodescendientes.
Las paredes de Palenque muestran el orgullo por el idioma propio, mezcla entre español, portugués y lenguas de la familia bantú
En 2005 la Unesco lo declararía obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. Con ello San Basilio ingresó en el mapa turístico.
Pero ¿qué hay para ver?
Pues la historia y la cultura de este pueblo se narran en los grafitis de sus muros. Y lo primero que salta a la vista son las referencias al baile. En efecto: la música y la danza son parte de la esencia palenquera, de su vida social. Una de las variantes más características es el mapalé, baile frenético y sensual que emula los movimientos de un pez –el mapalé, justamente– fuera del agua. Igual de emblemática es la danza del pavo y la pava, divertida recreación del cortejo entre dos aves. Mención aparte merece el lumbalú, el ritual colectivo que acompaña a las almas de los difuntos en su transición al más allá. Dura nueve días con sus noches, en que el canto y el baile son fundamentales.

Las paredes de Palenque muestran asimismo el orgullo por el idioma propio. Consta de una mezcla entre español, portugués y lenguas de la familia bantú, básicamente el kikongo y el kimbundu. Se gestó por la necesidad de comunicación entre cimarrones de orígenes diferentes. Consolidándose a mediados del siglo XVII, se ha mantenido hasta nuestros días.
Cuatro expresiones de vocabulario básico palenquero: “asina ría” (buenos días), “¿ke asé?” (¿cómo va?), “mon a sé bien” (estoy bien), “kombilesa” (amigo, amiga) y “ata uto begá” (hasta luego). Por cierto: en vez de Palenque, escriben Palenge.
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Las leyendas también forman parte de los frescos. Es el caso de la historia de Catalina Luango, una joven de belleza sin par que fue raptada por Mohán, un espíritu del agua. Desde entonces habita en las profundidades de la ciénaga, en un Palenque invertido. Sin embargo, Catalina reapareció a la superficie con motivo del lumbalú de su padre. Es por ello que, en las ceremonias fúnebres, se la invoca como un personaje mítico que enlaza el mundo de los vivos con el de los muertos.
Pero grafitis aparte, un recorrido por el pueblo debe incluir algunos puntos clave. Por un lado, el edificio de la Guardia Cimarrona y la Casa de Justicia Ancestral y Comunitaria (en palenquero, Posá má chcechelo). Aquí es donde se administra una justicia propia, que convive con el sistema judicial colombiano.

La Guardia se ocupa de la protección de los lugareños, la prevención de conflictos y, en su caso, la mediación. Y la Posá es el espacio donde las partes en litigio acuden para buscar puntos de encuentro a través del diálogo. Entre los mayores del pueblo, hay personas de referencia cuya autoridad moral y conocimiento de la tradición las avalan para proponer soluciones aceptables.
Por otro lado, existen las casas de sabedores: espacios domésticos o comunitarios donde los curanderos ofrecen sus servicios. Se basan en el uso de plantas medicinales –un estudio de 2016 catalogó 135 en Palenque–, amuletos, prácticas manuales y rezos transmitidos de generación en generación.
Se puede visitar, por fin, una modesta casa-museo donde se exponen objetos de la vida cotidiana, artesanías y elementos del patrimonio cultural. Entre ellos, fotografías de cabellos de mujer trenzados en forma de mapas como los que utilizaban los esclavos para encontrar vías de escape. Era un método muy efectivo, que eludía el control de amos y capataces.
El último punto de la ruta puede ser otra estatua: la del boxeador Antonio Cervantes Reyes, alias Kid Pembelé. Hijo de San Basilio de Palenque, hizo historia en 1972 al conquistar el título mundial de peso superligero y dar así al boxeo colombiano su primer cinturón de campeón del mundo. Este es un deporte, por cierto, con gran raigambre en el municipio. Dan fe de ello, nuevamente, los grafitis.

Y a propósito, el deporte local ha incorporado recientemente a un nuevo ídolo. Se trata de la joven Yurelis Andreina Casianni, la primera jugadora profesional de fútbol palenquera. Debutó en febrero pasado como mediocampista del Orsomarso Sportivo Clube.
Delicatessen
El sancocho palenquero –una contundente sopa con gallina u otras carnes, yuca, ñame, plátano…–, el siluro –sea ahumado, frito, en sopa, etc.– y los dulces caseros a base de papaya o guayaba son representativos de la identidad local. La gastronomía de Palenque es rica en sabores y preserva sus raíces africanas. Es más: el libro de cocina Kumina ri Palange pa tó paraje, compendio de sus recetas tradicionales, fue escogido el mejor del mundo en el concurso Gourmand World Cookbook de 2014.