Viví un déjà-vu este fin de semana cuando Lionel Scaloni intentó restarle tensión histórica a la semifinal entre Argentina e Inglaterra. Tuve un flashback a una entrevista que hice hace 40 años con Diego Maradona antes de otro Argentina-Inglaterra en un Mundial, el de “la mano de Dios”.
Le preguntaron al seleccionador argentino en una rueda de prensa el domingo si el factor Malvinas condicionaría los ánimos de sus jugadores. “Es un partido de fútbol, punto,” respondió Scaloni. “No hay más que eso”.
Le hice la misma pregunta a Maradona en el césped del estadio Azteca en México en junio de 1986, 24 horas antes del famoso partido de cuartos de final contra Inglaterra, cuatro años después de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas.
“¡No! ¡Nooooo! ¡ Parala, loco!”, me respondió. “¡Cómo son ustedes los periodistas! ¡Siempre lo mismo, buscando un quilombo donde no lo hay!”.

Sabía que Maradona mentía, como sé que Scaloni miente hoy. En 1986 Argentina ardía por venganza. En el 2026, bueno, sigue ardiendo. Que las Malvinas sean británicas –o “inglesas”, como dicen allá– es una espina de fuego clavada en la conciencia colectiva de los argentinos. Entiendo el porqué.
Viví en Buenos Aires de pequeño. En el colegio mi profesora, la Señorita Cora, nos enseñaba que las Malvinas eran argentinas; los ingleses, unos “piratas”. Era una especie de lavado de cerebro al que se sometía y al que, supongo, se sigue sometiendo a los argentinos desde una tierna edad. Lo supongo porque después de clasificarse el sábado para la semifinal contra Inglaterra, los jugadores argentinos recordaron las Malvinas y a Maradona y se pusieron a cantar en el vestuario sobre la paliza que pensaban darle a “los piratas”.
Que las Malvinas sean británicas es una espina de fuego clavada
Argentina ganó a Inglaterra en 1986 por 2 a 1 con dos goles de Maradona, uno el mejor de la historia de los Mundiales, el otro con la mano. Yo estaba en el Azteca aquel día. Los 120.000 espectadores en el estadio vimos que fue mano, pero el árbitro no. Hablé después con César Luis Menotti, el legendario entrenador argentino. “Mejor,” me dijo. “¡Mejor que fuera con la mano! Así les dolió más a los hijos de puta de los ingleses”.
La obsesión con las Malvinas se remonta a los años cincuenta. El presidente Juan Domingo Perón vio la oportunidad de desviar la atención de su caótica gestión apelando al nacionalismo, identificando a un enemigo externo. Le hizo un favor a la junta militar que tomaría el poder poco después de su muerte. A principios de 1982, tras seis años de represión salvaje, la gente empezó a perderle el miedo a la junta.
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En marzo 30.000 porteños salieron a la calle gritando “¡Se va a acabar la dictadura militar!”. Yo estaba ahí, en mis comienzos como periodista. El 2 de abril las tropas del general Leopoldo Fortunato Galtieri invadieron o, según el punto de vista, “recuperaron” las Malvinas, iniciando la guerra que dos meses y medio después Argentina perdería. Empezó siendo una jugada brillante. Desesperada pero brillante. Despertó el reflejo pavloviano deseado.
La misma gente que se había manifestado contra Galtieri unos días antes apareció ante la Casa Rosada, junto a 70.000 compatriotas más, para festejar el glorioso hito.
Al tema Malvinas, una anécdota para los ingleses, se suma otro motivo por el cual Argentina-Inglaterra es el clásico intercontinental más reñido del mundo, lo más parecido que hay a nivel selecciones del rencor histórico que anima las llamas de un Barça-Madrid.
Ningún argentino de más de cierta edad olvida el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en Wembley en 1966. Argentina tenía una gran selección, candidata para ganar lo que hubiera sido su primera Copa del Mundo. Pero su capitán, Antonio el Caudillo Rattín, fue expulsado en el minuto 35. Inglaterra ganó 1 a 0.
Los hinchas ingleses llaman a los argentinos “Animals!”
Fue el inicio de una agria rivalidad futbolística, marcada por el juego sucio y las expulsiones –sin excluir la de David Beckham en 1998 gracias a una pícara provocación de (¿quién si no?) Diego Simeone–. Los hinchas ingleses entraron en la costumbre de llamar a los argentinos “ Animals!”; los argentinos se deleitaron con el cántico que se oirá el miércoles en Atlanta, “¡El que no salta es un inglés!”.
Rattín murió el sábado. Hablé con él en Buenos Aires hace unos 20 años. Recordamos su famosa expulsión. “Los ingleses –declaró– son los hipócritas más grandes del mundo. Mirá su historia: son unos mentirosos, unos tramposos y unos ladrones”. Si se da la tragedia de una victoria inglesa hoy, y si una vez más en este Mundial el árbitro tiene algo que ver, todo un país se hará eco de él.