Cuando países desarrollados o grandes organizaciones globales evalúan decisiones, distinguen entre táctica y estrategia. La diferencia entre ambas radica en que esta última refiere a cambios estructurales que exigen horizontes temporales más extensos, lo que implica mayor incertidumbre, riesgos y costos dado que en el largo plazo lo endógeno se vuelven exógeno. Por ello, las decisiones estratégicas se toman bajo incertezas, ya sea porque los objetivos son lejanos en el tiempo o porque revisten un alto grado de complejidad. Navegar en alta incertidumbre exige iterar distintos escenarios posibles, su probabilidad de ocurrencia y planes de acción para cada caso. Aquí, suelen existir tres situaciones diferentes; cuando sabemos que sabemos, cuando sabemos que “no” sabemos y cuando no sabemos lo que desconocemos.
Pensando en la nueva realidad global, podemos decir que sabemos que hay un conflicto incierto cuyo final llevaría al mundo a un contexto diferente de aquel en el que se originó. Sabemos que “no” sabemos cuál será su duración, la rotura de varias treguas aumenta la incerteza de como concluirá. Pero surge un tercer escenario que adquiere verosimilitud si la disputa se extiende in-eternum, cuyas secuelas excedan a los escenarios previstos hoy, y es que estemos convergiendo a un nuevo orden global que supere en sus consecuencias a un conflicto bélico.
¿Existe alguna probabilidad que el mundo pueda retroceder a un modelo imperial, más unilateral como en el siglo 18 o 19? Si bien este escenario es de moderada probabilidad, la misma dejó de ser cero. Crece entre economistas la preocupación de si el sistema diplomático actual y prácticas comerciales podrían reducirse a la interacción vertical, hostil y asimétrica de un monopsonio.
Asumamos que hay tres escenarios posibles. El primero sería que el conflicto termine en el corto plazo y sus costos queden encapsulados en dinámicas disruptivas de precios relativos, pero que al finalizar la disputa vuelvan a los niveles de precios preexistentes. Aquí, podría no haber efectos tan negativos para la Argentina u otros emergentes y hasta positivos para algunos sectores con potencial exportador, ya que las grandes naciones, impulsadas por el temor, buscarán diversificar fuentes de suministro de alimentos y energía.
Existe un segundo escenario “que sabemos que no sabemos”; esto es, si el conflicto se dilata diluyendo precisiones sobre su final. Aquí, la volatilidad de precios relativos sería percibida como presiones inflacionarias más sostenibles, por ende, las naciones centrales subirán la tasa de interés, aumentando el costo del conflicto para los países emergentes, dado que, dispararía un flujo de capitales hacia las economías avanzadas, revalorizando el dólar, que deterioraría además el precio de las commodities. Una suba de tasas de interés sería crepuscular para la Argentina por el financiamiento necesario para las inversiones en curso, las bajas reservas, la inexistencia de un mercado de capitales propio por defaults y experiencias alquimistas de eruditos a la violeta y el menor valor de nuestras exportaciones.
Pero habría un tercer escenario con moderada probabilidad de ocurrencia, lo desconocido, quizás el más desfavorable. Esto es, que el conflicto se extienda indefinidamente y aparezcan nuevos participantes, migrando la percepción de que lo que realmente ocurre no es una guerra, sino la discusión de un nuevo orden global geopolítico y comercial. La posible vuelta a un mundo más “imperial” tendría serias consecuencias. Uno o dos grandes ganadores en lugar de comerciar con reglas acordadas impondrían prácticas monopsónicas que el resto acataría a cambio de “pertenecer al club”. Cabe notar, que además de imponer las reglas del intercambio, un monopsonio (o duopsonio) fija precios, cuotas y mercados. Podríamos estar asistiendo a la repetición del proceso ocurrido en el siglo 18 en “la guerra de los siete años” entre Francia y el Reino Unido, por las tierras del noreste de lo que es hoy Estados Unidos. En esta guerra con origen comercial que duró de 1756 a 1763, Francia cedió sus territorios en Canadá y Lousiana y se considera el inicio de lo que sería por dos siglos el liderazgo imperial y comercial del Reino Unido.
¿Es posible un retorno al modelo imperial en el siglo XXI? Emergen dos dinámicas disociadas que imprimen cierta verosimilitud a tal cambio. La primera vinculada a la actualidad, una sociedad viviendo una realidad pixelada con internet, una dependencia (¿dominancia?) aceptada a cambio de una mayor y veloz compensación de placer en el mundo digital, la web, las redes y la IA. La Sociedad Argentina de Psicoanálisis debate por estos días sobre la complacencia y pasividad de la sociedad para con estas “nuevas dependencias” donde las personas entregan su intimidad y más interno sentir, su conocimiento, sus macrodatos a cambio de que no exista frustración ni espera y obtengamos entretenimiento o respuesta en forma inmediata. Una “negociación asimétrica” con final imprevisible.
La segunda, vinculada a la historia. La exitosa expansión durante siglos del Imperio Romano excedió a la variable militar, solo utilizada para invadir. Su éxito se basó en la aceptación posterior de los pueblos conquistados, quienes percibían una mayor previsibilidad y calidad de vida con las practicas impuestas. Roma integró los territorios a su sistema político, legal y económico, imponiendo el derecho romano para dirimir conflictos, fomentar la confianza jurídica, el comercio y una economía más predecible que aumentaba la prosperidad. Otra notable contribución fue la urbanización, caminos, acueductos, que mejoraron la higiene y sanidad pública reduciendo así la mortalidad. Y por supuesto, la elite local recibía la ciudadanía romana.
La creciente migración global sugiere que habría algo de espacio para lo anterior. Potencias quizás con ambiciones imperiales se convierten en playas de desembarco de sociedades hastiadas de dictadorzuelos y pobreza, a cambio de algo de prosperidad, empleo y algún derecho. Miles de jóvenes educados emigran a diario aferrados a sus “balsas de talento” mientras los menos afortunados se arrojan a riesgo a los mares, mercenarios de fronteras y patrullas migratorias. La antigua fatamorgana de “patria y hogar” agoniza hoy en la realidad pixelada de pasaportes extranjeros y la soñada “green card”.
Si bien la realidad actual es confusa y compleja de predecir, cambiará. ¿Se puede hacer algo? Una vez más, los argentinos contamos con activos valiosos y escasos hoy por hoy, recursos naturales, capital humano, paz (sin conflictos limítrofes, religiosos ni étnicos) y bajo envejecimiento poblacional. Esto mejora nuestra posición competitiva en un posible nuevo orden global. Pero, para hacer realidad esta nueva oportunidad, debemos pensar y acordar estratégicamente, dado que un mundo mas incierto nos exigirá navegar en densa niebla. Pensar mas allá, superando disputas de vanidad infundada, de táctica cortoplacista donde estuvimos empantanados por décadas . Al decir de Borges, necesitamos “migrar de Homero a Hesíodo” reduciendo nuestra narrativa épica y heroica a otra que nos induzca más al aprendizaje y la reflexión. Los argentinos nos debemos estrategia, ceder con altruismo inmediatez y corto plazo para que nuestros hijos vivan una Argentina mejor que la nuestra.
El autor es economista por la Universidad de la Plata y Máster en Finanzas (Ucema). Profesor de las universidades de La Plata y Di Tella