Hace unos meses mi prima viajó desde Toronto con su esposo y su hijo para conocer, por primera vez, las playas de la Riviera Maya. Como millones de turistas, llegaron imaginando arena blanca y agua turquesa. En cambio, lo primero que encontraron fue el olor del sargazo y una enorme franja café cubriendo la playa. El pequeño nunca pudo disfrutar el mar como lo había soñado. La decepción de una familia puede parecer una anécdota, pero cuando esa misma escena se repite miles de veces deja de ser una historia personal y se convierte en un problema económico, ambiental y de competitividad para todo un país.
Cada verano México libra la misma batalla. Decenas de miles de toneladas de sargazo llegan a las costas del Caribe, hoteles despliegan cuadrillas de limpieza desde la madrugada, municipios destinan recursos extraordinarios para retirarlo de las playas y la Secretaría de Marina instala barreras para contener parte del problema.
Durante el primer semestre de 2025, Quintana Roo retiró más de veinte mil toneladas de sargazo, mientras investigadores de la Universidad del Sur de Florida reportaban que el Gran Cinturón Atlántico alcanzó cerca de treinta y ocho millones de toneladas, el mayor volumen registrado desde que comenzó el monitoreo satelital en 2011. Lo que hace apenas una década parecía un evento extraordinario hoy se ha convertido en la nueva normalidad. El cambio climático es parte de la explicación, pero no la única. El calentamiento del océano, los cambios en las corrientes marinas, el aporte de nutrientes de grandes cuencas como el Amazonas y el Congo, el polvo del Sahara y la variabilidad natural han creado las condiciones para que enormes masas de sargazo crucen el Atlántico y lleguen cada año al Caribe mexicano.
¿Qué vamos a hacer con un fenómeno que probablemente incremente y seguirá acompañándonos durante las próximas décadas?
La respuesta de México sigue siendo reactiva. Invertimos millones de pesos en recoger el sargazo una vez que llega a la playa. Esa estrategia puede reducir parcialmente el impacto sobre el turismo, pero no modifica el problema de fondo. Es equivalente a secar el piso mientras el agua continúa entrando por la puerta.
Seguimos tratando al sargazo como basura cuando el resto del mundo comienza a tratarlo como materia prima. En Finlandia, Origin by Ocean lo convierte en ingredientes para las industrias cosmética, alimentaria y química. En Estados Unidos, CarbonWave produce biocuero, bioespumas y materiales para empaque, mientras SOS Carbon desarrolla soluciones para interceptarlo en el mar antes de que llegue a las costas. En México, BioPlaster lo transforma en bioplásticos, materiales de construcción y biofertilizantes, y Thrasos 3D lo utiliza para fabricar arrecifes artificiales impresos en 3D que contribuyen a restaurar ecosistemas marinos. Lo que para nosotros sigue siendo un residuo, en otros lugares ya es una oportunidad económica y ambiental.
La pregunta entonces deja de ser cómo retirar más rápido el sargazo y pasa a ser: ¿Por qué México no está liderando esta industria?
Somos uno de los países más afectados por este fenómeno. Tenemos universidades, centros de investigación, emprendedores y capacidades industriales para desarrollar soluciones propias. No falta conocimiento; falta capital. Durante años hemos financiado la limpieza de playas, pero no empresas capaces de convertir ese mismo problema en actividad económica.
¿Dónde está el fondo nacional para innovación en sargazo? ¿Dónde están los programas de la banca de desarrollo para escalar estas tecnologías? ¿Dónde están los fondos de capital emprendedor especializados en economía azul? ¿Dónde están las grandes cadenas hoteleras invirtiendo en las empresas que podrían reducir uno de sus mayores riesgos operativos?
Esperar que la Marina, por sí sola, resuelva un problema de esta magnitud es tan irreal como pensar que una brigada de bomberos puede detener el calentamiento global. La limpieza seguirá siendo necesaria, pero nunca suficiente. El verdadero cambio ocurrirá cuando el sector privado descubra que el sargazo puede generar más valor económico transformado que enterrado.
Los biomateriales, fertilizantes, biocombustibles, cosméticos y materiales de construcción elaborados a partir de algas forman parte de una industria con enorme potencial de crecimiento a medida que el mundo sustituye materias primas intensivas en carbono. México tiene la oportunidad de convertirse en un actor relevante, pero esa ventana no permanecerá abierta indefinidamente. Aunque buena parte de los nutrientes que alimentan el sargazo provienen de grandes cuencas de otros países, también debemos asumir nuestra responsabilidad: seguimos descargando aguas residuales y contaminantes al Golfo y al Caribe, mientras degradamos manglares y arrecifes que protegen nuestras costas.
Los problemas ambientales no respetan fronteras. Un ecosistema degradado en un continente puede afectar la economía de otro. Una decisión agrícola tomada a miles de kilómetros puede modificar el equilibrio de un océano completo. El siglo pasado construyó instituciones para administrar el comercio internacional. El siglo que vivimos tendrá que construir instituciones capaces de gestionar externalidades ambientales que cruzan mares, continentes y cadenas de valor.
México tiene todo el derecho de exigir mayor cooperación internacional para entender y enfrentar un fenómeno cuya escala supera la capacidad de cualquier país. Pero esa exigencia tendrá mucha más fuerza cuando también asumamos nuestra propia responsabilidad. Cada año seguiremos contando toneladas de sargazo retiradas de nuestras playas. Esa es una métrica del fracaso. La del éxito llegará cuando midamos empresas creadas, patentes registradas, inversión movilizada, empleos generados y tecnologías mexicanas exportándose al mundo gracias a un problema que decidimos dejar de esconder bajo la arena.
La historia económica está llena de países que transformaron un problema en una ventaja competitiva. Durante décadas parte de la riqueza de México salió del subsuelo en forma de petróleo. Quizá una de las industrias climáticas más prometedoras del futuro no nazca bajo nuestros pies, sino flotando sobre el mar. El día que dejemos de preguntarnos cuánto cuesta recoger el sargazo y empecemos a preguntarnos cuánto valor puede generar, habremos entendido que adaptarse al cambio climático no consiste solo en resistir sus impactos, sino en construir las economías que prosperarán gracias a las soluciones. Esa decisión no depende del océano; depende de nosotros.