
Cada 1 de octubre, el mundo destina una jornada a visibilizar a los adultos mayores. Este año, esa fecha coincide con un creciente cuerpo de evidencia científica que confirma algo que muchas personas de vida longeva ya intuían: la compañía de un animal puede transformar su calidad de vida.
La Universidad de Michigan publicó los resultados de su Encuesta Nacional sobre Envejecimiento Saludable, con una muestra de 2.698 adultos de entre 50 y 95 años. Los datos son contundentes: el 55% de los mayores de 50 años tiene al menos una mascota, y entre quienes tienen animales, el 83% asegura que les dan un sentido de propósito, el 71% dice que les ayudan a disfrutar la vida y el 64% afirma sentirse querido gracias a ellos. Los perros y los gatos son los más frecuentes, con el 70% y el 50% de los casos respectivamente.
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Según el mismo informe, el 70% de los dueños de mascotas mayores de 50 años siente que el animal los conecta con otras personas. La interacción con mascotas reduce el aislamiento y fomenta la integración comunitaria, dos factores determinantes para el bienestar en la vejez. A eso se suma que el 63% de los tutores afirma que su animal les ayuda a reducir el estrés.
Hay especialistas que llevan ese principio a la práctica mediante programas de Intervenciones Asistidas con Perros (IAP) en residencias, centros de día y hospitales, en consonancia con los valores del Día Internacional de las Personas de Edad, proclamado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
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Carmen Pérsico, presidenta de la Fundación Caral, describió en diálogo con Infobae cuál es la necesidad que aparece con mayor frecuencia entre los adultos mayores que participan en estas intervenciones: “Una de las necesidades que observamos con mayor frecuencia es la necesidad de conexión, de afecto y, sobre todo, de motivación”.
Pérsico señala que el aislamiento y la falta de iniciativa para relacionarse son síntomas habituales, y que la presencia del perro opera como un puente: “No exige, no juzga y genera un vínculo espontáneo. A partir de una caricia, una mirada o simplemente de la expectativa de volver a encontrarse con el perro, comienzan a producirse pequeños cambios: conversar, sonreír, levantarse, caminar o compartir la actividad con otras personas”.
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El diseño de cada encuentro no responde a un modelo único. Según explicó la presidenta de la fundación, cada sesión se organiza en función de las posibilidades de cada participante y de los objetivos fijados junto con los profesionales de la institución. Las actividades pueden incluir caricias, cepillado, caminatas, juegos o ejercicios de motricidad, siempre en coordinación con kinesiólogos, psicólogos y terapeutas.

“El perro puede convertirse en una enorme fuente de motivación para que la persona participe y se comprometa con las actividades propuestas, pero siempre respetando sus capacidades, sus tiempos y sus preferencias”, afirmó Pérsico.
Lo que más sorprende al equipo es la velocidad del cambio: “Lo que más nos impacta es el cambio que muchas veces se produce durante el propio encuentro”. Personas poco comunicativas comienzan a llamar al perro, acariciarlo o contar experiencias con animales de su historia personal.
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“El perro también genera conversación entre los propios residentes y con el personal. Aparecen recuerdos, emociones y temas que permiten establecer nuevos vínculos”, describió. La fundación advierte, no obstante, que cada persona responde de manera distinta, y que la interacción nunca debe forzarse.
La selección y el entrenamiento de los animales siguen protocolos estrictos. La Fundación Caral trabaja principalmente con boyeros de Berna y schnauzer miniatura, y el proceso de incorporación de cada perro comienza antes de su nacimiento, con la elección de los progenitores. La crianza, la socialización temprana y la habituación gradual a distintos entornos forman parte de una evaluación permanente.
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“Entrenar a un perro no significa enseñarle a tolerarlo todo. Si durante una intervención muestra señales de cansancio, estrés o incomodidad, se retira”, subrayó Pérsico, y agregó que el bienestar del animal tiene, para la organización, la misma importancia que el de las personas que participan en el programa.
Más allá del bienestar general, la terapia asistida con animales (AAT) (es decir, la participación planificada y profesional de animales en contextos de rehabilitación) muestra resultados clínicos documentados en los casos más complejos. Un metaanálisis publicado en la revista Geriatric Nursing analizó seis ensayos clínicos controlados y aleatorizados sobre el efecto de la AAT en pacientes con Alzheimer, la forma más frecuente de demencia. Las conclusiones son directas: las intervenciones asistidas con animales reducen de forma significativa el deterioro cognitivo y los síntomas de depresión en esa población.
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El mecanismo detrás de ese efecto es bioquímico. La interacción entre humanos y animales activa respuestas que reducen el cortisol, es decir, la hormona del estrés, y estimula la liberación de oxitocina, serotonina y endorfinas, sustancias asociadas al bienestar y la relajación. A nivel físico, el estudio registra mejoras en la competencia motora y en la independencia para realizar actividades básicas de la vida diaria.
Esa evidencia coincide con los ejes de trabajo de la Fundación Caral. Según comentan expertos de Royal Canin que acompañan a la Fundación, los programas están a cargo de equipos interdisciplinarios que incluyen profesionales de la salud, psicología, terapia ocupacional y educación canina positiva. Los animales actúan como catalizadores sociales, es decir, como agentes que eliminan barreras de comunicación y generan un entorno de empatía y pertenencia.
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Un estudio publicado en la revista Age and Ageing aborda un ángulo específico: el impacto de las intervenciones con animales sobre la participación ocupacional de personas con demencia, es decir, su capacidad de involucrarse en actividades cotidianas con sentido personal. La investigación concluye que los perros de asistencia tienen el potencial de facilitar experiencias positivas vinculadas a la identidad, la competencia y la adaptación de cada persona.
Por su parte, desde la Universidad de Arizona subrayan que los animales aportan beneficios que van más allá del afecto: reducen síntomas de depresión, ansiedad y deterioro cognitivo, aumentan la actividad física y mejoran la frecuencia cardíaca y la presión arterial. El mismo recurso señala que la compañía animal ayuda a los adultos mayores a permanecer integrados en sus comunidades, un aspecto que los profesionales de la salud deben incorporar en sus evaluaciones clínicas.
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Los expertos de la universidad plantean un aspecto que pocas veces se discute: cuando un adulto mayor debe ingresar a un centro de cuidados y no puede llevarse a su animal de compañía, esa pérdida se suma a la de su hogar y su independencia. Por eso, el documento recomienda que los profesionales de la salud planifiquen de forma anticipada el cuidado del animal en caso de hospitalización, mudanza o pérdida de capacidad cognitiva, e identifiquen instituciones con políticas que permitan la convivencia con mascotas o el acceso a programas de terapia asistida.