Elegir un melón o una sandía entera tiene algo de apuesta. No vemos la pulpa, no podemos probarla y acabamos haciendo lo de siempre: levantar la pieza, apretarla, darle un par de golpecitos y poner cara de entendido. El problema es que no existe un truco exterior infalible. Lo que sí hay son varias señales que, usadas juntas, aumentan bastante las posibilidades de acertar.
Además, melón y sandía no se comportan igual después de la cosecha. La sandía debe llegar madura a la tienda, porque una vez separada de la planta no aumenta de forma apreciable su contenido en azúcares. Y con el melón hay que afinar más: un cantalupo puede seguir cambiando de aroma y textura después de recogido, mientras que el melón piel de sapo, tan habitual en España, tiene un comportamiento no climatérico. Dejar una pieza poco dulce varios días en casa no va a convertirla por arte de magia en un melón estupendo.
Por eso, si estamos comprando estas frutas de verano en plena temporada, merece más la pena mirar peso, color, firmeza, zona de apoyo y estado de la piel que confiar en una sola prueba. Y si queremos afinar todavía más la compra en estos meses, la guía de alimentos de temporada en agosto ayuda a situar cuándo están en uno de sus mejores momentos.

La sandía no madura después de cortarla de la planta
Este es el dato que más cambia la compra. Una sandía verde no se arregla esperando. Puede perder algo de agua o deteriorarse, pero no va a ganar el dulzor que le faltaba al ser recolectada. Por eso conviene acertar antes de llevárnosla a casa.
La primera pista útil es la llamada mancha de suelo o de apoyo, la zona de la corteza que estuvo en contacto con la tierra. En una sandía suficientemente madura suele pasar de blanca o muy pálida a un amarillo crema. Si esa zona es prácticamente blanca, es una señal de que la fruta pudo recogerse demasiado pronto.
También interesa comparar piezas de tamaño parecido. Una buena sandía debería sentirse pesada para su tamaño. No es una prueba directa del azúcar, pero sí ayuda a descartar ejemplares que hayan perdido demasiada agua o que resulten anormalmente ligeros.
La corteza debe estar firme, entera y sin zonas blandas, grietas profundas, golpes importantes o áreas hundidas. El color exacto cambia con la variedad, así que no tiene sentido buscar un verde concreto para todas las sandías. En muchas variedades, una corteza excesivamente brillante puede acompañar a una fruta menos madura, mientras que al avanzar la maduración el aspecto se vuelve algo más apagado.

¿Sirve darle golpecitos a la sandía?
Sirve, pero bastante menos de lo que parece cuando vemos a alguien aporreando media frutería. Algunas guías agrícolas describen un sonido más grave, apagado y hueco en la sandía madura, frente a un sonido más agudo o metálico en una inmadura. Otras fuentes de extensión agrícola advierten de que el golpeo, por sí solo, no permite determinar con fiabilidad la madurez.
La conclusión práctica es sencilla: el sonido puede ser una pista secundaria, especialmente si comparamos dos o tres piezas parecidas, pero no debería ganar a señales más claras como la mancha amarilla de apoyo, el peso y el buen estado de la corteza. Si una sandía tiene una gran mancha blanca y pesa poco, un golpecito convincente no la rescata.
Tampoco conviene obsesionarse con supuestas señales virales como cicatrices, líneas marrones o dibujos de la piel a los que se atribuye un contenido extraordinario de azúcar. No hay una marca exterior universal que garantice una sandía dulce.

Cómo elegir un melón piel de sapo en su punto
Con el melón aparece otro problema: muchos consejos mezclan variedades que maduran de manera distinta. Para un piel de sapo, debemos buscar una pieza firme, pesada para su tamaño y sin áreas húmedas, grietas, golpes blandos ni signos de podredumbre.
En estudios realizados con este tipo de melón, la madurez de cosecha se relaciona con un pedúnculo más lignificado y una cicatriz de unión bien desarrollada, una tonalidad algo amarillenta cerca de esa zona, una piel verde más mate y una zona de apoyo que empieza a perder el verde y toma tonos más claros o amarillentos. Son pistas mejores que esperar un perfume intenso.
Y aquí está uno de los errores habituales: el piel de sapo no tiene por qué oler mucho cuando está en su punto. El aroma resulta bastante más útil en variedades como Galia, cantalupo o algunos melones de pulpa aromática. Si exigimos el mismo olor a todos, podemos dejar pasar un piel de sapo estupendo o terminar comprando uno demasiado evolucionado.
La prueba de apretar los extremos también necesita matices. En un piel de sapo la pieza debe seguir claramente firme. Una base muy blanda, zonas que ceden con facilidad o una corteza pegajosa son malas señales. En variedades como honeydew o cantalupo, en cambio, una ligera cesión en el extremo floral puede formar parte de la madurez de consumo.

Un cantalupo no se elige igual que un piel de sapo
Los cantalupos son climatéricos: pueden seguir madurando después de la cosecha, sobre todo en aroma, color y ablandamiento. Eso no significa que se vuelvan más dulces. El contenido de azúcar no aumenta después de separarlos de la planta, de modo que una recolección demasiado temprana tampoco se soluciona del todo en el frutero.
En un cantalupo buscamos una retícula exterior bien formada y marcada, buen peso, ausencia de golpes y un color de fondo que haya perdido parte del verde inmaduro. Cuando se acerca al punto de consumo, el aroma se hace más evidente. Si está excesivamente blando o desprende un olor muy intenso, alcohólico, a disolvente o fermentado, probablemente ya se ha pasado.
El honeydew y otros melones de piel lisa ofrecen señales distintas. En ellos, la piel puede avanzar desde tonos verdosos hacia blanco crema o amarillo suave, hacerse más cerosa y desarrollar un aroma reconocible. El extremo floral puede ceder ligeramente cuando el fruto está listo para comer.
La regla útil, por tanto, no es «aprieta cualquier melón». Es saber qué variedad tenemos delante y utilizar las señales que realmente corresponden a ella.

Qué mirar si compramos melón o sandía ya cortados
Comprar media pieza tiene una ventaja evidente: desaparece buena parte del misterio. Podemos ver directamente el color, la textura y el estado de la pulpa. En la sandía interesa una carne firme, jugosa y de color uniforme, sin grandes zonas reblandecidas, acuosas o con textura harinosa. En el melón, la pulpa debe verse firme y húmeda, pero no deshecha ni translúcida alrededor de las semillas.
La desventaja es que la fruta ya cortada exige más cuidado. En el comercio, una mitad o un cuarto deberían estar protegidos y refrigerados. La normativa española contempla una excepción limitada para melones y sandías recién cortados que pueden permanecer unas horas a temperatura ambiente bajo determinadas condiciones, pero como compradores normalmente no sabemos cuándo se hizo el corte. Si tenemos dos opciones, la pieza refrigerada es la elección más prudente.
En casa también conviene tratar la fruta cortada como un alimento refrigerado. Si tenemos dudas sobre dónde guardar cada producto, esta guía sobre cómo conservar frutas y verduras en casa y este repaso de alimentos que sí deben ir a la nevera sirven como referencia general.

Antes de cortar: lava también la corteza que no vas a comerte
Hay un gesto fácil de olvidar. La corteza del melón y la sandía debe lavarse antes de cortar, aunque vayamos a tirarla. Al pasar el cuchillo desde el exterior hacia la pulpa podemos arrastrar suciedad y microorganismos de la superficie.
La AESAN recomienda lavar las frutas bajo el grifo con la piel intacta y, en frutas de corteza dura como estas, utilizar un cepillo específico y limpio. Después podemos secarlas con papel de cocina o un paño limpio. No hace falta convertir el melón en una operación de quirófano, pero sí trabajar con manos, tabla y cuchillo limpios.
Una vez abiertos, debemos refrigerarlos y mantener la pulpa protegida. Además de reducir el riesgo microbiológico, evitamos que se resequen y que cojan olores de otros alimentos.

Señales de que nos hemos pasado de madurez
Una pieza madura no debe confundirse con una pieza pasada. En el melón, una textura excesivamente blanda, zonas hundidas, piel pegajosa, líquido alrededor del pedúnculo o un olor alcohólico y muy penetrante son señales de deterioro o sobremaduración.
En la sandía, desconfiaremos de las zonas blandas o hundidas, grietas con humedad, golpes importantes y pulpa visiblemente deshecha si la compramos cortada. Una sandía sobremadurada puede perder la textura crujiente y volverse más harinosa o acuosa.
Si la fruta está sana pero simplemente nos ha salido menos aromática o con una textura algo peor de la esperada, todavía podemos aprovecharla en preparaciones donde el conjunto tenga más importancia que comerla a mordiscos. Con el melón podemos hacer melón con jamón, un gazpacho de melón, una sopa fría de melón con jamón, un smoothie de melón o un helado de melón.
Con la sandía funcionan muy bien el gazpacho de sandía, el smoothie de sandía, los polos de sandía o un sorbete de sandía. También podemos incorporarlas a algunas ensaladas con fruta si la textura sigue siendo buena.

La chuleta rápida para acertar en la frutería
Si tenemos una sandía delante, buscaremos mancha de apoyo amarillo crema, buen peso, corteza firme y ausencia de golpes o zonas blandas. El sonido queda como comprobación secundaria. Y recordaremos lo más importante: si se recogió verde, esperar en casa no la hará más dulce.
Si compramos piel de sapo, nos interesan firmeza, peso, piel sana, tono menos brillante y señales de madurez alrededor del pedúnculo y la zona de apoyo. No necesitamos que huela como un cantalupo. Para Galia, cantalupo o honeydew, el aroma, el cambio de color y una ligera cesión en el extremo floral pueden tener más valor.
No podemos saber desde fuera los grados Brix exactos de una pieza ni garantizar que cada bocado vaya a ser perfecto. Pero sí podemos dejar de tratar melón y sandía como si respondieran al mismo truco. Combinar varias señales y conocer la variedad es bastante más útil que confiar toda la compra a un golpe de nudillos.
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