Nelsa Curbelo: Elogio de la vejez | Columnistas | Opinión

2026/08/05

5 de agosto, 2026 - 07h00

Los debates políticos actuales, con sus duras afirmaciones y respuestas entre connotados actores de la vida pública, han llevado a la ciudadanía a reflexionar sobre asuntos de interés nacional. Y eso, en sí mismo, ya es una buena noticia.

De allí nacen preguntas: ¿Cuándo una persona mayor pierde el derecho a pensar, criticar o participar en la conversación pública? ¿A partir de qué edad una idea vale menos solo porque quien la expresa ha vivido muchos años? Hay personas que no llegan a los 30, cuyas ideas son rígidas como la piedra. Y hay otras de 80 que siguen aprendiendo, leyendo, cambiando de opinión cuando la realidad las interpela y sembrando preguntas allí donde otros solo ofrecen certezas.

Hay viejos sabios y viejos necios. Hay jóvenes generosos y jóvenes crueles. La edad no garantiza virtudes.

Algunos gobernantes de edad avanzada dejaron huellas profundas. Churchill volvió a ser primer ministro a los 76 años y gobernó hasta los 80, condujo la reconstrucción británica después de la Segunda Guerra Mundial. Nelson Mandela asumió la presidencia a los 75 e impidió una guerra civil tras el apartheid. Konrad Adenauer llegó al poder a los 73, permaneció hasta los 87 y es considerado uno de los arquitectos de la Alemania democrática de la posguerra. En tiempos de crisis, muchas sociedades confiaron el timón a quienes habían acumulado más experiencia. En nuestro país, Osvaldo Hurtado, con sus 87 años, continúa siendo una de las voces más activas del debate nacional y sigue provocando verdaderos tsunamis de opinión.

Las sociedades suelen confiar sus tareas más delicadas a quienes poseen experiencia. Nadie busca al cirujano más inexperto para una operación compleja ni al piloto con menos horas de vuelo para cruzar un océano.

Sin embargo, en la vida pública ocurre, a veces, exactamente lo contrario: una idea puede ser descalificada no por su contenido, sino por la edad de quien la expresa.

Nuestra política tiende a exaltar la juventud. Se puede votar desde los 16 años y existen cuotas de participación. Todo ello puede ser valioso, pero la experiencia de estos años también nos obliga a preguntarnos si el simple relevo generacional, por sí solo, ha mejorado la realidad social, política, económica o ética del país.

No basta con contar cuántas personas participan. La pregunta decisiva es cómo participan, qué aportan, qué las vuelve indispensables para construir un país donde la ciudadanía recupere la confianza y pueda vivir con seguridad y con oportunidades.

Cuando falta la mirada de quienes han atravesado muchas décadas, suele faltar también profundidad, serenidad, perspectiva y esa capacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio. Y cuando eso ocurre, toda la sociedad se empobrece. En el momento decisivo que vive el Ecuador hacen falta todas las voces y todas las manos para volver a poner al país de pie. Quienes han visto muchos amaneceres suelen reconocer antes las tormentas. En lugar de excluirlos o desautorizarlos, quizá sería más inteligente escucharlos. Los años también regalan una forma de libertad: la de opinar sin deberle nada al miedo ni a la ambición.

Una democracia madura no teme a la vejez. Porque también la experiencia es una forma de futuro. (O)