Millones de semillas de tomate pasaron años fuera de la Tierra dentro de una plataforma de la NASA. No estaban ahí para alimentar a los astronautas ni para cultivar tomates en el espacio: formaban parte de un experimento que buscaba descubrir qué ocurría con ellas después de permanecer tanto tiempo en órbita.
En 1984, la NASA envió al espacio alrededor de 12.5 millones de semillas de tomate. La idea era recuperarlas después, plantarlas en la Tierra y dejar que miles de estudiantes comprobaran si seguían germinando y creciendo con normalidad.
Las semillas pasaron casi seis años en órbita
Las semillas formaban parte del programa SEEDS (Space Exposed Experiment Developed for Students), desarrollado por la NASA, el centro de investigación Langley y la compañía Park Seed. Fueron colocadas en cinco contenedores sellados dentro del Long Duration Exposure Facility (LDEF), una plataforma diseñada para estudiar cómo distintos materiales y experimentos resistían una estancia prolongada en el espacio.
El objetivo era comparar las que habían viajado en órbita con otras del mismo tipo que habían permanecido en la Tierra. Así, los investigadores podían comprobar si el entorno espacial había provocado alguna diferencia en su capacidad para germinar y desarrollarse.
El LDEF fue lanzado el 6 de abril de 1984 y debía permanecer en órbita durante un periodo mucho más corto. Sin embargo, problemas con el calendario de los transbordadores retrasaron su recuperación hasta enero de 1990, cuando el Columbia finalmente llevó la plataforma de vuelta a la Tierra.
Durante ese tiempo, las semillas estuvieron expuestas al entorno orbital, incluida la radiación, aunque permanecieron dentro de los contenedores del experimento. La plataforma no era una nave tripulada: llevaba decenas de experimentos destinados a estudiar los efectos de una estancia prolongada en el espacio.
La NASA convirtió las semillas en un experimento para millones de estudiantes
La segunda parte del proyecto ocurrió en la Tierra. Después de recuperar el LDEF, la NASA y sus colaboradores prepararon más de 132,000 kits para escuelas; cada uno incluía semillas que habían viajado al espacio y otras que habían permanecido en la Tierra como grupo de control.
Los estudiantes podían plantarlas, observar su germinación y comparar el desarrollo de ambos grupos. Para marzo de 1990, los kits habían llegado a unos 64,000 profesores y 40,000 aulas, con alrededor de 3.3 millones de estudiantes, desde jardín de niños hasta universidad, mientras que el programa alcanzó todos los estados de Estados Unidos y 30 países.
Así, una investigación que había comenzado en órbita terminó convertida en miles de pequeñas pruebas realizadas en las aulas. Los estudiantes tenían que observar los resultados, compararlos y enviar sus datos para que fueran analizados.
Las semillas sobrevivieron al espacio, aunque algunas sí cambiaron
Los resultados fueron menos espectaculares de lo que podría sugerir la historia. Las que habían estado en el espacio tuvieron una tasa de germinación de 73.8%, frente a 70.3% para las utilizadas como control; además, las primeras germinaron en promedio en 8 días, mientras que las terrestres tardaron 8.3 días.
Los estudiantes y los investigadores también registraron algunas características inusuales en determinadas plantas. Entre ellas hubo ejemplares que desarrollaron una hoja en lugar de una flor y semillas que produjeron plantas albinas.
La NASA consideró que algunos de estos casos podían estar relacionados con mutaciones provocadas por la radiación, aunque se trató de observaciones aisladas y no de un cambio general en las plantas.
Otros análisis posteriores encontraron diferencias en la estructura de las semillas expuestas al espacio. Algunas capas parecían presentar una mayor porosidad, una posible explicación para ciertas diferencias observadas durante el crecimiento, y aun con esas variaciones, el resultado general fue claro: las semillas podían germinar y desarrollarse después de casi seis años en órbita.
El verdadero experimento ocurrió cuando regresaron a la Tierra
Las semillas demostraron que una larga estancia en órbita no les impedía germinar, pero el proyecto terminó teniendo un alcance mucho mayor. Lo que comenzó como una prueba para estudiar los efectos del entorno espacial acabó llevando una pequeña parte de la NASA a miles de aulas.
Los estudiantes no solo recibieron semillas que habían pasado años en órbita. También tuvieron que observar, comparar resultados y trabajar con datos obtenidos de sus propios experimentos.
Después de casi seis años en el espacio, aquellas semillas volvieron a la Tierra para terminar en un lugar mucho más cotidiano: las aulas. Ahí, más que demostrar cuánto podía soportar una semilla, ayudaron a que millones de estudiantes comprobaran por sí mismos cómo una hipótesis se convierte en ciencia cuando se enfrenta a los datos.
Imágenes | Pexels, NASA
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