Hay una trampa en La Mosca que solo se ve cuando ya es tarde, como ocurre con casi todas las trampas, por otro lado. La película se presenta con la carátula de un producto de terror, con esa bicho inolvidable y aquel cartel heredero espiritual del de Alien: El Octavo Pasajero. Durante los primeros minutos te lo crees: un científico excéntrico, una máquina imposible, una periodista que husmea donde no debe. Pero cuando cuando te quieras dar cuenta, David Cronenberg no te estaba contando cómo un hombre se convierte en bicho. Te estaba contando algo bastante más incómodo, algo que reconoces aunque no quieras: cómo se ve, desde fuera, a alguien a quien quieres deshacerse poco a poco.
Cronenberg te vende una película de terror y te cuela una de amor
Para cuando aparece el primer susto, ya te ha pasado algo raro: te caen bien. Seth Brundle, el científico que interpreta Jeff Goldblum. Claro, es Jeff Goldblum, ¿cómo te va a caer mal? Es imposible. Junto a Veronica Quaife, la periodista de Geena Davis, los dos tienen una química genial: los dos actores se casaron al año siguiente de rodar la película. Cronenberg dedica la primera parte a construir esa relación con calma, sin prisa por asustar a nadie, dejando que el romance se asiente antes de darle de patadas en el suelo como si fuera un bolsa de ropa sucia. Y ahí está la jugada: si no te importara lo que les pasa, el terror sería solo desagradable; como te importa, el terror se vuelve triste. ¿Cuántas películas de miedo recuerdas que te hayan hecho querer a la pareja protagonista antes de empezar a hacerte daño? Las mejores del género, sin duda.
Si no te importara lo que les pasa, el terror sería solo desagradable; como te importa, el terror se vuelve triste
El resto de la película se sostiene sobre esa base sentimental, no sobre el gore o la espalda salpicada de pelitos extraños. La periodista sigue ahí cuando Brundle empieza a cambiar, cuando deja de ser el hombre del que se enamoró y se convierte en otra cosa que no reconoce. Podría marcharse, y nadie se lo reprocharía, pero se queda más tiempo del que el sentido común aconsejaría. Esa decisión, quedarse a mirar cómo alguien a quien quieres desaparece, es el verdadero motor del relato, y es también lo que separa a La Mosca de cualquier otra historia de científico loco de la época. El monstruo importa poco; lo que importa es el amor. Bonito, ¿no?
La transformación de Brundle no va de moscas
Hay un detalle importante que la propia película se encargó de discutir en su día. Mucha gente leyó la lenta descomposición de Brundle como una metáfora del sida, algo comprensible en 1986, pero Cronenberg siempre defendió que hablaba de algo más amplio: el envejecimiento y la enfermedad, eso que a todos nos toca tarde o temprano. Y basta fijarse en cómo está diseñado el proceso para darle la razón. Brundle no se llena de escamas de golpe: pierde el pelo, se le caen los dientes y las uñas, la piel se le mancha y se le agrieta como si el cuerpo, sin más, empezara a fallarle. Es el retrato de un deterioro, no de una mutación, a pesar del argumento de la peli, y por eso seguro que incomoda a cualquiera que haya acompañado de cerca a alguien con una enfermedad larga.
Aquí es donde la película conecta con esa idea de la que hablábamos al principio. Todos hemos sufrido por amor alguna vez; casi ninguno hemos tenido que ver, literalmente, cómo la persona que queríamos se convierte en algo que ya no responde a su nombre. La sensación que retrata Cronenberg no nos es ajena, porque cualquiera que haya visto apagarse a alguien reconoce el gesto de Veronica abrazando a Brundle cuando ya está deforme, en lugar de retroceder con espanto. No es un abrazo romántico al uso, es algo que tiene que ver con el amor, la caridad, el humanitarismo… Una pietà, artísticamente hablando. Es la clase de ternura que solo aparece cuando ya no queda esperanza, y probablemente sea el momento más honesto de toda la película.
El único Óscar de toda la carrera de Cronenberg fue para el maquillaje
Que una película como esta funcione emocionalmente tiene mucho que ver con lo bien hecha que está. El maquillaje que va descomponiendo a Goldblum, obra de Chris Walas y Stephan Dupuis, se llevó el Óscar de su categoría, y conviene subrayar un detalle: es el único Óscar que ha ganado jamás una película dirigida por David Cronenberg. 40 años después, ese trabajo artesanal sigue resultando más convincente que buena parte de lo que hoy se resuelve por ordenador, porque lo que se pudre en pantalla estaba físicamente ahí, construido a mano. La música de Howard Shore acompaña el desastre corporal, empezando juguetona y volviéndose sombría a medida que el cuerpo cede. Todo en la película empuja en la misma dirección: hacerte creer la transformación del protagonista.
Quedarse a mirar cómo alguien a quien quieres desaparece, es el verdadero motor del relato
En el centro de todo ese despliegue técnico está Goldblum, haciendo un trabajo marvilloso debajo de kilos de prótesis de látex. Su Brundle es divertido, arrogante y, cuando llega el momento, desgarrador, y consigue que sigas viendo al hombre dentro del monstruo hasta el último plano. La industria lo reconoció a medias: ganó el premio del cine fantástico al mejor actor, pero la Academia lo dejó fuera de sus nominaciones. El crítico Gene Siskel lo resumió sin piedad al señalar que a Goldblum probablemente lo habían dejado tirado porque los votantes veteranos de la Academia rara vez premian el terror. Es un diagnóstico que sigue siendo válido: hay que ser honesto y decir que los grandes galardones siguen mirando por encima del hombro a este género, por muy bueno que sea.
El terror corporal de autor sigue más vivo que nunca
Si todo esto te suena a arqueología, mira alrededor. No hace tanto, La Sustancia se plantó en los Óscar demostrando que una historia de cuerpos que se deshacen todavía puede conectar con el gran público; el propio Guillermo del Toro estrenó a finales de 2025 su versión de Frankenstein en Netflix, una de las películas que más he disfrutado de toda su carrera, otra historia de creación, deterioro y monstruos con alma; y el hijo de Cronenberg, Brandon, lleva años firmando pesadillas que exploran el cuerpo desde ese mismo lugar incómodo. El terror corporal de autor, ese que se toma en serio la carne y el dolor, no ha desaparecido; simplemente ha aprendido a mutar. De eso va el tema, al final.
La Mosca sigue siendo, probablemente, la mejor puerta de entrada que existe para entender ese subgénero del body horror, porque envuelve las ideas difíciles en una historia que cualquiera puede sentir. No hace falta ser un experto en Cronenberg para que te atrape; basta con haber querido a alguien Yo la vi por primera vez en televisión, a finales de los ochenta, sin tener del todo claro lo que me esperaba. Hay una escena concreta, la del parto, que me dejó tocado durante una buena temporada, y sospecho que le hizo exactamente lo mismo a media generación que creció con la película emitida a deshoras. Lo importante no es tanto lo que ocurre en la escena como el trauma emocional que transmite. 40 años después sigo acordándome de ella, aunque ya no sea la escena que más me importa de la peli. Lo que de verdad se queda es el último gesto con de amor con el que termina la peli, porque a veces querer a alguien consiste precisamente en eso. Si nunca le has dado una oportunidad, ya sabes lo que toca esta noche: la tienes en Disney+; y si hace tiempo que no vuelves a ella, quizá va siendo hora de comprobar si a ti también te sigue doliendo.
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