Fin de fresca, adiós al verano, por Alberto Piernas

2026/09/17

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En verano de 1999, lo más cercano que existía a una red social era ese momento en que todas las puertas de la calle Alfareros, en el pueblo de mis abuelos, quedaban entreabiertas, las sillas se disponían en un corrillo y se murmuraba acerca del tiempo o las noticias. Incluso de una cosa llamada Internet, que ya nombraba el joven Víctor al bajar de la moto y sentarse un rato a comer ganchitos.

Aquel recuerdo conectó con el murciano pueblo de Mazarrón, donde hace unos años descubrí una tradición de cada mes de septiembre llamada fin de fresca, la cual consiste en la reunión de todos los vecinos en torno a largas mesas donde se celebra una “cena de sobaquillo” para despedir el verano. Pilar, una maravillosa guía que me acompañó durante una visita a Mazarrón para escribir un artículo, me contó que todos los vecinos tienen siempre esa sensación de melancolía al terminar de cocinar las tortillas de patatas y la ensaladilla rusa del fin de fresca, porque saben que será la última noche de reunión del verano.

A la fresca durante el eclipse

A la fresca durante el eclipseA.Piernas

En un mundo donde muchos destinos se maquillan para agradar al turista, perdiendo su identidad, espacios públicos en grandes ciudades y pequeños pueblos han comenzado a recuperar el gesto de sacar la universal silla monobloque y sentarse junto a otras personas a hablar del tiempo, los sucesos o incluso los cuchicheos vecinales.

Quizás no esté todo perdido: este verano, en concreto el día del eclipse, los amigos nos reunimos en la terraza de mi edificio y compartimos cervezas mientras la Luna hacía el amor con el Sol, a pesar de las miradas esquivas de algunos de mis vecinos,  terminaron acercándose y compartiendo un vino.

En el barrio madrileño de Lavapiés, recientemente se instaba al vecindario a reservar su silla en una noche a la fresca bajo el lema “La calle es nuestra”, igual que en Saint-Denis, en París, o con el sopar a la fresca en el Cabanyal de Valencia, no exento de polémica en las últimas semanas debido a las quejas de los hosteleros. Y en pueblos como Cullera, también en Valencia, el ayuntamiento modificó su ordenanza de Movilidad, en 2016, para favorecer el uso de las calles vecinales en las que tomar la fresca en lugar del tránsito de coches y motocicletas.

Porque quizás haya un clamor popular, sutil y silencioso, que anhela un gesto tan sencillo como sacar la silla. Un rescoldo de intimidad en un mundo de capitalismo voraz donde la victoria llega en forma de pantuflas, cuencos de aceitunas, charlas y, si es posible, móviles bocabajo.

Espacios públicos en grandes ciudades y pequeños pueblos han comenzado a recuperar el gesto de sacar la universal silla a la calle

Una tradición arraigada en el sur de Europa que conversa con otros lugares donde encontramos gestos comunitarios (y fresquitos) igual de poderosos: en el norte de Bali, los vecinos comen dulces bajo grandes carpas rosas tras salir del templo comunal. Y en la Gran Manzana, los jóvenes se asoman al famoso stoop neoyorquino, contemplando la ciudad desde las escaleras que sobresalen en los edificios industriales. Incluso en Bangkok, donde hace dos años pasé las noches en el barrio de Samsen junto a los vecinos de un pequeño hotel, hablando del comportamiento de los hombres tailandeses en las apps de citas.

Porque quizás, en un mundo donde la pantalla se convierte en un impersonal punto de unión, algunos gestos comunitarios esenciales merecen ser rescatados. O, al menos, sentir la luminosa melancolía de preparar la última tortilla del verano para todos los vecinos.