3 de octubre, 2026 - 06h00
Es penoso volver sobre los mismos graves temas de institucionalidad. El irrespeto a la libertad de expresión que tanto irrita al Gobierno. La manipulación de la justicia que tanto daño le hace a la sociedad porque corroe sus cimientos y solo favorece al Gobierno que la ejerce.
Lucha contra las narcomafias. Estemos claros, ninguna estrategia armada será exitosa mientras la declaratoria de ilegalidad genere un negocio de tan alto valor; la única solución real es la legalización de las drogas y centrarse en un problema de decisión individual y salud pública, que no es fácil, pero permite evitar casi todos los enormes daños colaterales.
Hay dos posiciones. Hablo seguramente con ignorancia legal, pero intento seguir el camino del sentido común. O creemos que solo es un tema de grave violencia o que es realmente una guerra contra enemigos internos sostenidos por poderes internacionales. Dos tesis que pueden ser aceptables y aceptadas, pero estando claros: son absolutamente diferentes. En la primera se aplican las reglas del desorden interno; en la segunda, las de la guerra, lo cual no impide el respeto de los derechos humanos y otras salvaguardas que existen en cualquier conflicto armado. Hay experiencias internacionales, muy complejas todas, con resultados diversos: el método Bukele de atrapar a los pandilleros casi en un solo golpe y luego intentar corregir los inevitables errores, la guerra abierta poniendo a los militares en el territorio, la guerra de baja intensidad que solo frena los avances cada cierto tiempo, las negociaciones con mano dura en las que se ceden ventajas a las mafias a cambio de que el Estado siga teniendo “la sartén por el mango” o las negociaciones tibias en las cuales con o sin esa intención se acaba cayendo en enormes corruptelas y graves riesgos posteriores... ¿Hay más? Pero hay que escoger un camino.
Yo tomo el segundo, y el Gobierno se ha declarado desde hace un buen tiempo en esa dirección (para los malpensados, coincidir en esto no quita mi independencia frente a un Gobierno que poco aprecio). Se han dicho cosas importantes:
-Ningún Estado derrota aislado a un enemigo que no reconoce fronteras, porque los criminales ya globalizaron su cooperación al compartir rutas, logística, finanzas y tecnología. De ahí el importante apoyo americano.
-Es inadmisible que las mafias cooperen entre sí con mayor eficacia que los Estados.
-Por mucho tiempo el crimen organizado fue tratado solo como un problema policial. Pero actualmente controlan territorios, penetran instituciones, sustituyen a la autoridad legítima, erosionan el Estado de derecho y las sociedades. Y se convierten en una amenaza para la paz.
Y el presidente propuso al menos dos acciones concretas: un mecanismo internacional para rastrear y congelar los flujos financieros ilícitos del crimen organizado transnacional; una plataforma permanente de intercambio de información entre policías, fiscalías y unidades de inteligencia financiera que permita a los Estados anticiparse en lugar de reaccionar.
Me parece sensato, porque esta debe ser una prioridad nacional, donde hay que escoger el sendero que nos parezca más efectivo y justo, más allá de oposiciones y gustos políticos. (O)