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Transformar los residuos orgánicos de la cocina, la huerta o el jardín en fertilizante es una práctica cada vez más utilizada tanto en producciones familiares como en pequeñas huertas. Entre las alternativas aparece el humus de lombriz o vermicompost, un abono obtenido mediante la transformación de materia orgánica con participación de lombrices y microorganismos.
Su elaboración parece sencilla, pero exige algunas condiciones básicas. Exceso de agua, poca aireación, una alimentación desequilibrada o la incorporación incorrecta de materiales pueden provocar malos olores, acumulación de una sustancia viscosa o una descomposición demasiado lenta.
La primera cuestión es diferenciar dos procesos que suelen confundirse. En el compostaje tradicional, la descomposición puede atravesar fases de temperaturas elevadas. El vermicompostaje, en cambio, necesita condiciones compatibles con la supervivencia de las lombrices, por lo que no debe exponérselas a las altas temperaturas que puede alcanzar una pila de compost activa.
Por eso, cuando se utilizan residuos frescos que pueden calentarse durante su degradación, una alternativa es realizar un precompostaje y recién incorporar las lombrices cuando el material haya perdido el exceso de temperatura.
El producto final tiene múltiples usos. Aporta materia orgánica y nutrientes al suelo, favorece su estructura y porosidad y contribuye a una mejor retención de humedad. También promueve la actividad de microorganismos y permite reciclar residuos que, de otro modo, terminarían entre los desechos domiciliarios.
Demasiada humedad
Una señal de alerta es la aparición de material excesivamente húmedo, compacto o con aspecto de “baba”. Generalmente indica un desequilibrio entre los residuos incorporados.
Los restos de frutas y verduras, césped fresco y otros materiales con mucha humedad necesitan combinarse con componentes secos y ricos en carbono, como hojas secas, pequeños restos vegetales, paja o cartón sin plastificar ni tratamientos inconvenientes.
Si predominan los primeros y además se agrega demasiada agua, disminuyen los espacios con oxígeno y comienza a deteriorarse el proceso. La solución consiste en incorporar material seco de manera progresiva, mezclar cuidadosamente y controlar la humedad. El contenido debe permanecer húmedo, pero no empapado ni con agua acumulada en el fondo.
El éxito del humus de lombriz depende de mantener un equilibrio adecuado entre humedad, aireación y cantidad de residuos. Cuando esas condiciones se respetan, restos orgánicos que normalmente terminarían como basura pueden convertirse en un abono natural de gran valor para recuperar y mejorar la calidad del suelo.
¿Y si aparece moho?
Encontrar hongos o moho no significa necesariamente que todo se haya perdido. Los hongos también participan en la degradación de la materia orgánica y su presencia puede formar parte del proceso.
Distinto es cuando aparecen simultáneamente olor desagradable, exceso de líquido y una masa demasiado compacta. En ese caso probablemente existe falta de oxígeno.
Un compost o vermicompost saludable debería tener un olor similar al de la tierra húmeda. Si comienza a desprender olor a podrido, es una advertencia de que predominan procesos anaeróbicos.
Para corregirlo conviene revisar la humedad, agregar componentes secos y mejorar la aireación. En el compost tradicional puede recurrirse al volteo. En una lombricompostera, en cambio, la intervención debe ser más cuidadosa para no alterar excesivamente el ambiente donde viven las lombrices.
Cuando aparecen plantas
Otra situación curiosa ocurre cuando empiezan a germinar semillas entre los residuos. En una pila de compost tradicional, esto puede indicar que el material no alcanzó temperaturas suficientes para inactivar algunas semillas.
Pero no corresponde buscar temperaturas de alrededor de 60 grados dentro de una lombricompostera, porque esos valores resultan perjudiciales para las lombrices. Es una de las diferencias importantes entre ambos sistemas.
Si se pretende reducir previamente la viabilidad de semillas o determinados organismos mediante temperatura, esa etapa debe realizarse durante un compostaje previo y dejar enfriar el material antes de incorporarlo al sistema con lombrices.
¿Por qué tarda tanto?
Tampoco existe un plazo idéntico para todas las experiencias. La velocidad depende del clima, cantidad y tipo de residuos, población de lombrices, humedad, aireación y dimensiones del recipiente o cama.
Si pasan los meses y los residuos prácticamente no cambian, habrá que revisar el sistema. Demasiada sequedad puede frenar la actividad biológica, pero el exceso de agua también es perjudicial porque desplaza el oxígeno. Trozos demasiado grandes, temperaturas extremas o una cantidad insuficiente de lombrices respecto del alimento disponible también pueden retrasar el proceso. Una recomendación sencilla es cortar o fraccionar los residuos de mayor tamaño antes de incorporarlos. Cuanto mayor sea la superficie disponible para la acción biológica, más fácilmente podrán degradarse.
También conviene evitar sobrealimentar la lombricompostera. Agregar grandes cantidades de residuos antes de que las lombrices puedan procesarlos puede favorecer fermentaciones, calentamiento y olores.
