10 de septiembre, 2026 - 06h00
Las relaciones entre la prensa y el poder han sido tradicionalmente complejas. Su historia está marcada por conflictos latentes y discrepancias abiertas, por suspicacias y enfrentamientos.
Es la historia de un entorno de recelos en el que los dos conviven. Informar y mandar son dos realidades que no pueden coexistir sino con eventuales y, a veces, frecuentes disputas. Las treguas siempre han sido precarias, porque las lógicas de cada uno son distintas, los principios son otros, y no pueden estar en paz por mucho tiempo.
La tarea de la prensa es informar y opinar, esto es, narrar lo que ocurre en el país y en el mundo y formar conceptos sobre los acontecimientos que provoca la sociedad o el poder, siempre con sujeción a la verdad. La razón de ser del poder, en cambio, es gestionar el interés público, lograr obediencia legítima, respetar los derechos, expresarse a través de mandatos y conseguir que la gente progrese y viva en paz. Cuando hay Estado de derecho, la acción del mando está condicionada y limitada por una red de normas jurídicas, y además por el principio de responsabilidad pública, que le coloca al poder en la indispensable tarea de rendir cuentas y explicar el uso que hizo del transitorio encargo de gobernar. Sin duda, más cerca de las libertades cívicas está la prensa que el poder. Y el hecho evidente, pero difícil de admitir, es que el poder, aquí y en todas partes, con frecuencia percibe a la libertad como estorbo a su permanente coacción en pro de la obediencia.
El ejercicio del poder se traduce en una suma de hechos públicos. La República no es sino la res publica y, como tal, debe vivir en la vitrina de la opinión, sometida a constante escrutinio y expuesta a la crítica.
La tarea de la prensa es ejercer con responsabilidad el derecho a publicar y a opinar sobre lo que ocurre. Es, pues, la mala conciencia del poder, y de allí la naturaleza poco cómoda de sus vínculos y la sucesión de enfrentamientos que hacen de su historia una crónica de forcejeos entre la libertad de informar y las tendencias del poder a sustraerse a la tarea crítica.
Desde Watergate, y aun antes, el periodismo de investigación ha “creado” hechos políticos no porque eso busque necesariamente, sino porque la democracia es el único sistema político que se sustenta en el voto, que es la íntima confesión del ciudadano basada en la credibilidad hacia un hombre o un programa. La lealtad con el voto debe reflejarse en los actos que nacen del hecho de gobernar, y todo eso es materia prima de la noticia y de la crítica. De allí la trascendencia de lo que la prensa dice y su responsabilidad, y la importancia de las garantías que deben rodear a quienes se ocupan de los hechos noticiosos.
Poder y prensa no pueden jamás ser aliados incondicionales, a menos que los medios renuncien a su independencia. Las lógicas que inspiran al poder y a la prensa son esencialmente distintas. Pueden coincidir en los grandes temas del país, pero desde las tareas y perspectivas de cada cual, respetando los espacios y con riguroso apego a sus principios y obligaciones. (O)