Esta es la 101.ª entrega de ‘Después de los 60’, la sección de testimonios sénior donde recogemos experiencias vitales en esta etapa de la vida. Nos puedes hacer llegar tu historia a [email protected].
Loli García lleva siete décadas entre barro fresco y el olor a tierra caliente y minerales tostados del horno de cerámica. Esta alfarera de Níjar tiene 79 años y un entusiasmo vital que ya querrían muchos jóvenes: sigue yendo todos los días al taller familiar a pintar a mano sus piezas, con alegría y delicadeza. “Yo era la menor de cuatro hermanos y ellos siempre estaban en la alfarería trabajando al salir del colegio. Aunque era pequeñita, yo quería ir con ellos: empecé con 7 u 8 años, y con 10 ya pintaba cerámica que se vendía; lo llevo en la sangre”, asegura Loli, que confiesa que para ella nunca ha sido un trabajo. “Ha sido mi vida: un placer, una ilusión, una vía de escape para los problemas”. Nunca quiso dedicarse a otra cosa, y hoy es una de las últimas artesanas que resisten en la provincia de Almería.
“Soy de la sexta generación de alfareros de mi familia, y para mí supone una gran tranquilidad que haya relevo generacional. ¡Ya me puedo ir tranquila al otro barrio! Ahora están mi hijo y mis nietos, porque mis tres hermanos ya han fallecido”, explica. Recuerda llevarle los cacharros al horno a su padre en la infancia. “Mi hermana se quedaba arreglando la casa porque a mí no me gustaba, y yo le cambiaba el trabajo. Mis dos hermanos hacían torno y mi hermana y yo pintábamos la cerámica”, relata Loli.
“Era un trabajo muy duro y muy laborioso porque hoy se puede comprar el barro, pero antes había que hacerlo”. En su familia, trabajaban contentos. “Nunca nos quejábamos, nos daba muchísima alegría. Yo fui tremendamente feliz, y eso que trabajé de nueve de la mañana a doce de la noche, parando para comer, gran parte de mi vida”.
La pasión por el oficio es tan grande que Loli arrastró a él a su marido. “Me casé con un agricultor, pero yo lo hice alfarero”, se ríe. “Es una profesión que engancha: después de un proceso tan largo y que lleva tantas horas, ves un plato que has hecho tú con las manos, que ha secado fuera, que has pintado con amor, y te da un orgullo enorme. Son objetos con alma”, asegura.
Esta andaluza se sigue levantando cada mañana y va a la alfarería “un ratico”, dice. A la una vuelve a casa, prepara la comida, se echa una buena siesta, vuelve otra vez a la alfarería y a las siete o a las ocho coge a sus dos perritos y se va a caminar a la montaña. También va a clases de yoga y de gimnasia. “¡Soy muy activa!”, pregona. “La verdad es que tengo una jubilación muy bonita”.
Con casi ochenta años, la alfarería no solo es un hobby, sino también un bálsamo para sus dolores. “Igual me duele la espalda, pero entro por la puerta y se me pasa”. El oficio la ha acompañado en los momentos buenos y en los malos. “Todas las personas sufrimos; he criado a cuatro hijos, he trabajado codo con codo con mi marido. Siempre tuvimos mucha complicidad: igual nos enfadábamos, pero antes de salir del taller ya habíamos hecho las paces”, recuerda. El peor momento de su vida fue cuando enfermó. “Yo tenía 70 años y él 74, y cuatro años después, falleció. Fue durísimo: estuve tan triste que pasé un tiempo sin pintar cerámica, pero cuando me vi con fuerzas para volver a hacerlo, me dio un subidón”.
Si estás todo el día en el sillón, solo piensas en lo malo y tu mente sufre mucho; tener las manos ocupadas hace que tengas la cabeza distraída
Loli García
79 años
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Cree que a su edad, tener un propósito vital y moverse es esencial para no marchitarse. “Hay que hacer algo, lo que sea. Puede ser costura, puede ser un huerto, puede ser un taller de ganchillo. O pueden empezar con la cerámica, que da mucha paz. Qué más da que pintes un dibujo bonito o feo. ¡Aunque sea un garabato, lo has hecho tú y de corazón!”, señala. “Si estás todo el día en el sillón, solo piensas en lo malo y tu mente sufre mucho”, se lamenta. “En cambio, tener las manos ocupadas hace que tengas la cabeza distraída; puede hacerte muy feliz, porque hay mucho más que hacer las cosas de casa”. Para ella, nunca es tarde. “Nadie es mayor; solamente puedes estar más cansado, pero el trabajo no tiene edad”.
¿Qué dibuja en las piezas Loli García? Los mismos dibujos que le enseñó su abuela setenta años atrás, cuando era una niña inquieta y curiosa. “Para aprenderlos les ponía nombres, como mi arbolito o mi pajarillo. También rayas, manchas, pinticas, todo lo que se ha hecho antiguamente. Quiero que cuando yo me vaya, que los dibujos de mi abuela y de todas las abuelas anteriores sigan para adelante, nos trasciendan”, anhela. Ha perdido el cálculo de cuántos miles de piezas habrá pintado a lo largo de siete décadas. “Miles y miles, desde luego”.
Historias séniors
‘Después de los 60’
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Está convencida de que la buena compañía es el mejor ingrediente para tirar adelante. “A mí mis nietos me dan una alegría enorme. También ha sido una suerte poder vivir toda la vida en la casa en la que nací, en Níjar. Lo único importante es ser feliz, porque a las personas mayores nos quedan cuatro días, y yo me he propuesto esos cuatro días pasármelos muy bien”.