La amenaza existencial - La Tercera

2026/10/03

Como otras transformaciones de la historia, la globalización ha venido desde el comienzo con una carga de amenaza y otra de promesa. La globalización “oficial” empezó, por un lado, con el desarrollo del ICBM (Intercontinental Ballistic Missile), el primer proyectil que podía liquidar a un enemigo a miles de kilómetros de distancia; y por otro, con la red de comunicaciones a distancia que hizo a Marshall McLuhan acuñar la acogedora expresión “aldea global”.

Setenta años después, con varias pátinas más de globalización, y la aparición de nuevas amenazas y la desaparición de otras, la discusión sobre la inteligencia artificial se toma el planeta. Entre otras cosas, porque necesita más dinero, más recursos naturales, más paciencia y más miedo que ninguna otra tecnología en la historia.

La IA es la principal tentación de muchas economías del mundo que sienten la amenaza del estancamiento, desde Japón hasta Chile. Las grandes tecnológicas ya libran una lucha silenciosa para que esos gobiernos les abran las puertas de par en par, con pocos controles o regulaciones. Trump participa con entusiasmo de esa ola. Hasta el lunes pasado parecía preocupado, pero el martes invitó a la Casa Blanca a casi 30 líderes de las tecnológicas y salió con un “acuerdo voluntario” para supervisar los modelos de IA. En su caso se trata, además, de conservar la ventaja sobre China y Europa, y dejar en Estados Unidos los enormes capitales que esto está requiriendo.

La reunión se produjo 60 días después de que se conociera el incidente de Hugging Face, denunciado por la propia Open AI. Según su versión, agentes de un modelo interno semejante a GPT 5.6 Sol escaparon de su entorno de aislamiento, crearon un modo de comunicarse y luego coordinarse, lograron entrar a internet y se infiltraron en el sitio de Hugging Face, especializado en instrumentos para AI. Como un pistolero en una armería.

El relato de Open AI es altamente antropomórfico, lo que ha sembrado sospechas entre sus pares. Los “agentes” se habrían reunido en una “conspiración” para salir de su aislamiento, en alguna parte se habrían “sacrificado” unos cuantos para resolver un problema y los que siguieron adelante llegaron a tomarse un módulo de Open AI. La raíz de todo habría sido, dijo su comunicado, “la temeridad o la disposición a realizar acciones dañinas en la búsqueda específica de una tarea”. Como culminación, Open AI anunció que retrasaría la presentación de su modelo GPT 6.1 Astra, que habría alcanzado “capacidades cibernéticas críticas” (intervenir sistemas externos).

Algunos escépticos, como Daron Acemoglu, piensan que sólo se trata de instrucciones mal dadas. Otros creen que esas instrucciones contienen detalles malvados (como la “persistencia” y los “resultados perfectos”). Y aun otros estiman que todo podría ser una estrategia para asegurar mayor financiación, aunque el CEO de Open AI, Sam Altman, descartó la anunciada salida a Bolsa para el 2026. Quien sí se propone reunir un millón de millones de dólares es Darío Amodei, CEO de Anthropic, pese a que su folleto para inversionistas advierte que la IA entraña “riesgos existenciales para la humanidad”.

Tal como demostraron las armas atómicas, la sola amenaza existencial no detiene una competencia; hasta es posible que la exacerbe. La principal diferencia del caso de la IA es que depende de un conjunto de recursos que han estado y están en disputa. Uno de ellos es el agua, que se usa masivamente para enfriar las máquinas de cómputo de la IA; algunas empresas han hallado soluciones excéntricas (como los fondos marinos o la idea de Elon Musk de llevarlos al espacio), pero que plantean otras dificultades.

Otro es la energía, que algunos consideran el mayor cuello de botella de estos proyectos. También se trata de un uso intensivo, que ha llevado a algunas empresas a instalarse junto a plantas de energías alternativas; esto no ha impedido que a veces suba el costo de la energía para todos los vecinos, razón por la que Trump pidió a sus invitados del martes que en lo posible no afecten a las localidades con alzas en los precios de la electricidad.

El tercer recurso esencial son los datos para “entrenar” (alimentar) a sus sistemas. Estos son costos que las tecnológicas han hecho lo posible por no pagar, utilizando fuentes oscuras e instrumentos desconocidos. Puede presumirse, cierto, que sus costos, ya astronómicos, subirían exponencialmente. Pero es probable que este campo sea el que ofrezca dificultades más perdurables, dada su creciente judicialización.

Con todo, es el último el que presenta los problemas mayores, empezando por Estados Unidos. Las elecciones de medio término, a inicios de noviembre, amenazan con dejar a Trump sin el control de las cámaras, entre otros factores debido a la resistencia de grandes comunidades a la instalación de data centers, enormes, áridos y ruidosos recintos donde se almacenan y procesan los datos. Estas instalaciones, que el 71% de los estadounidenses rechaza tener en su vecindario, empiezan a amenazar la cultura rural, que el Partido Republicano ha luchado por representar. En algunos lugares, como Texas, el tamaño de los data centers proyectados compiten con el de los pueblos; los republicanos se enfrentan a ruidosas y crecientes manifestaciones.

Cabe suponer que las tecnológicas tratarán de evitar las dificultades en casa trasladándose a sitios donde encuentren menos resistencia. No es difícil imaginarlas mirando el Chaco paraguayo, el Altiplano boliviano, la pampa argentina, el desierto chileno…

En Chile, el gobierno de Boric elaboró un Plan Nacional de Data Centers que se proponía aumentar sustancialmente esas instalaciones, que hoy son 36, con una capacidad instalada de modestos 255 megawatts. El gobierno de Kast ha acogido con entusiasmo ese plan, procurando ampliarlo y acelerarlo más allá de los nuevos 34 proyectos que quedaron encaminados desde el cuatrienio anterior. El plan del gobierno busca atraer hacia Tarapacá, Atacama, Punta Arenas, Valparaíso y otros puntos, a pesar de que la gran mayoría de los data centers instalados rodean Santiago. Quilicura es la comuna más abundante en data centers -la “capital de Sudamérica”, la llama el folleto chileno. Habría que ver cómo le ha ido a Quilicura.

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